Luis Guillermo Echeverri Vélez
La
canción infantil se hizo como elemento didáctico para que los niños
aprendiéramos los números y a contar, pero la realidad de la vida pública de
nuestras democracias parece soportar el balanceo de dos elefantes
burocratizados, uno de izquierda y otro de derecha que cada cuatro años salen a
llamar un camarada. Será que eso nos puede durar eternamente, cuando vivimos
sobre la fragilidad presupuestal que carga el incremento constante del
clientelismo y el contratismo, siendo nuestra precariedad fiscal como la débil
tela que teje una araña para atrapar bichos, insectos livianos y mugre en
esquinas y recovecos dándole mal aspecto a las casas.
El
caso es que la democracia colombiana no aguante el balanceo de ambos elefantes
tentando hasta donde resiste la telaraña ante el desfalco continuo del Estado.
Aquí con la llegada de cada gobierno vienen los nombramientos a dedo para
llenar posiciones de responsabilidad a la verraca, ignorando el “qué, cómo y
dónde”; solo importa el “quién”, basta con que sea amigo, abogado o
administrador, con lo cual nos llenamos nuevamente de mediocres realizando
gestiones mediocres en medio de la continuidad de la administración de un
empobrecimiento continuo.
La
euforia de los cambios de gobierno crea un debate mediático personalizado,
mientras acrecienta la colección de los inútiles que mantenemos con nuestros
impuestos como muñecos de vitrina en el manejo de la cosa pública; una
actividad lucrativa correlacionada con cuánto se figura o aparece en las redes
y medios, dejando de lado los hechos, que deberían determinar su calificación
en función de su impacto cualitativo en el desarrollo y cuantitativo en el
crecimiento.
Nada
más importante para reflexionar hoy, que en las palabras de la filósofa y
escritora Allisa Zinovievna (Ayn Rand) autora de “La rebelión de Atlas”
que hace 75 años dijo: “Cuando adviertas que para producir necesitas obtener
autorización de quienes no producen nada; cuando compruebes que el dinero fluye
hacia quienes no trafican con bienes sino con favores; cuando percibas que
muchos se hacen ricos con el soborno y por influencias más que por su trabajo,
y que las leyes no te protegen contra ellos sino, por el contrario son ellos
los que están protegidos conta ti; cuando descubras que la corrupción es
recompensada y la honradez se convierte en un autosacrificio; entonces podrás
afirmar, sin temor a equivocarte, que tu sociedad está condenada.”
Estamos
en la era de las eficiencias donde solo van a sobrevivir los que tengan
conocimiento y energía. El resto es carreta porque este mundo ya no aguanta el
criterio estrecho ni la mediocridad.
Si
hoy no se digitaliza el Estado y se reduce el gasto público, si no se reduce la
burocracia, si lo que importa son las sillas musicales entre los mismos puestos
en entidades y gremios, si todo se queda en show, pachanga y likes, si
todos son abogados y administradores, y no ingenieros y biólogos, pronto
veremos cómo cae en picada la sociedad al decrecer en lugar de desarrollarse;
al barbarizarse en lugar de culturizarse; al embrutecerse en lugar de educarse;
al aceptar la miseria de la mediocridad como desmejora en la forma de vida
mediante la acumulación de inútiles e indigentes que provocan la acumulación de
pobreza por no construir una clase media sólida, culta, educada, laboriosa,
productiva y sana a partir de una nación segura y un Estado eficiente.
El
país necesita es eficiencias en la gestión pública que solo pueden resultar de
una transformación educativa y cultural para poder pensar en grande sobre las
bases de la legalidad y los valores democráticos. Bajémonos de los elefantes
ideológicos y construyamos sobre los principios sólidos de libertad y orden,
evolucionemos, que el mundo cambió. Cambiemos politiquería y clientelismo por
ciencia y conocimiento, desarrollemos el gran potencial del país.
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