Rafael Uribe Uribe
El nuevo Gobierno recibió un país descuadernado: el mayor déficit –del 7,8 %– y el mayor endeudamiento
de nuestra historia y, como si fuera poco, un dólar fortalecido por este déficit, el ingreso de divisas provenientes del endeudamiento, la coca, la
minería ilegal y las altas tasas de interés que termina restándole competitividad a muchas de
nuestras exportaciones.
Apenas dos días después de la posesión
presidencial, ocurrió lo impensable, el
terremoto más fuerte del siglo, golpe sísmico que no distinguió regiones
ni estratos, un desastre con daños estimados en al menos treinta billones de pesos.
Pero ahí no paró la cosa: grandes
incendios forestales afectaron varios
departamentos, muchos de ellos provocados por grupos terroristas con el
propósito de desestabilizar el Gobierno, como lo
anunciaron organismos de inteligencia locales y extranjeros. El Gobierno no se
quedó quieto: anunció
que presentará al Congreso un estatuto antiterrorista que incluye la
posibilidad de encarcelar a los narcoterroristas en barcos en altamar.
Con el terremoto emergió algo más profundo: un
Gobierno comprometido y la solidaridad
inmediata y espontánea de los compatriotas de bien, no de grupos
políticos, de millones de ciudadanos que, ante la tragedia, eligieron actuar
con generosidad y un sentido que parecía dormido.
Las primeras horas después del terremoto
fueron retrato fiel de lo que somos cuando dejamos de lado nuestras
diferencias: familias que abrieron sus puertas a desconocidos, jóvenes que se
organizaron para llevar agua, medicinas y alimentos, grupos de rescate de las víctimas,
empresas que movilizaron recursos sin esperar protocolos, instituciones que
respondieron con profesionalismo y humanidad. En medio del dolor, la patria
recordó que sabe unirse cuando la vida lo exige.
Ese gesto colectivo no borró la crisis fiscal,
ni la deuda, ni la complejidad política que enfrenta el país; pero reveló una
verdad: la nación conserva una reserva
moral capaz de sostener la reconstrucción que viene y que no depende
solo del gobierno sino de la cultura que nos ha permitido superar guerras,
pandemias, desastres y hasta gobiernos obscuros.
El nuevo Gobierno, enfrentado a una tragedia
sin precedentes, recibió también una oportunidad inesperada: gobernar un país
que dejó de pelear, que se reconoció como comunidad, que entendió que la
reconstrucción no será solo de infraestructura, también de confianza.
La tarea institucional ahora es clara:
transformar esta solidaridad en una política de Estado, convertir la empatía en
estrategia, la unión en narrativa nacional y el dolor en el punto de partida.
Porque si algo demostró el terremoto es que la
patria en crisis, endeudada, dividida, todavía
sabe responder y levantarse con grandeza lo que será clave en la
reconstrucción moral y material que el país hoy necesita.
El Rincón de Dios
“Sobrellevad
los unos las cargas de los otros, y cumplid así la ley de Cristo” Gálatas 6:2
