viernes, 25 de septiembre de 2026

Croacia 1

Andrés de Bedout Jaramillo
Andrés de Bedout Jaramillo

Es un país muy turístico, con unos 3 800 000 habitantes, menos que nuestro departamento de Antioquia. Sus campos inmensos, sembrados de maíz en terrenos planos y totalmente mecanizados, reflejan un ingreso per cápita que convierte a Croacia en un país poco desigual, habitado por personas con gran cultura ciudadana. En las calles se observa muy poca fuerza pública; en cambio, abundan extensiones de bosques bien cuidados y perfectamente delimitados para el turismo, con aforos regulados por días y horas, de modo que las infraestructuras en madera —sobre todo los caminos— soporten el peso y el tránsito de los visitantes. No se ve basura ni basureros en los recorridos: la gente respeta los entornos, carga sus desechos, incluso los excrementos de sus perros, hasta encontrar estaciones distantes unos 5 o 6 kilómetros, donde pueden depositarlos correctamente o acudir al baño para satisfacer necesidades fisiológicas.

Durante el recorrido pensábamos en el Parque Arví, en Guatapé o en las playas y tantos lugares hermosos de Colombia, donde la basura pulula aun cuando se instalan contenedores y existen comparendos con multas por arrojar desechos.

Este país fue azotado por las guerras mundiales y por el nefasto comunismo. Todavía quedan huellas, como la red de túneles en Zagreb, donde se protegían de los bombardeos. En verano, esos túneles ofrecen un frescor reconfortante. Uno supondría que los olores a orina serían predominantes, pero no: el lugar se mantiene limpio y sin olores, aunque sí aparecen diminutos zancudos que se pegan a la ropa, sin picar ni molestar.

Croacia es un país católico, como gran parte de Europa, donde predominan las antiguas catedrales. La de Zagreb, actualmente en restauración, es imponente y hermosa, a pesar de las estructuras que la cubren durante el proceso. Algo similar ocurre en Colombia, donde las reconstrucciones tras el reciente terremoto implican también restauraciones, con el consecuente doble costo.

Las ciudades se descubren caminando. Encontramos el funicular más pequeño del mundo: un recorrido de 66 segundos por 66 centavos de euro cada tiquete. También visitamos el Museo de las Relaciones Rotas, con cartas que narran miles de historias de rupturas, casi todas por esa fea costumbre de ver primero los defectos ajenos antes de corregir los propios.

En la soledad de las calles durante un domingo de verano, destacaban los almacenes de calzado de cuero hecho a la medida y las corbatas. En Croacia se dice que inventaron esta prenda, que hoy vuelve a imponerse en Colombia, otorgándole altura e importancia a los actos gubernamentales, donde se porta con elegancia y solemnidad.

Los embutidos de carne asados a la parrilla, en diferentes presentaciones y sabores, forman parte de su comida tradicional, al igual que el estofado de oso y la trucha asada.

En un país donde el turismo asciende a 20 000 000 de personas al año —casi siete veces su población— el desempleo es mínimo (2 %). Más del 30 % de los ingresos dependen del turismo, por lo que una catástrofe natural o una pandemia pondrían a Croacia en serias dificultades.

En Karlovac, ciudad pequeña y tranquila, estudiaron figuras como el sabio de la electricidad Nikola Tesla. Quienes han cursado ingeniería eléctrica o electrónica saben de quién hablamos. Aunque Tesla no inventó los vehículos que llevan su nombre, su legado inspiró la empresa Tesla, posteriormente adquirida por Elon Musk, quien hoy honra al gran inventor con carros eléctricos, satélites de comunicación, robots, cohetes y próximamente hasta celulares. En Karlovac visitamos el museo que honra su memoria.

Camino a Rastoke, nos encontramos con la pequeña Plitvice. Allí almorzamos trucha asada y estofado de oso, bajo un calor impresionante que nos llevó a refrescarnos en charcos bajo un viaducto, donde los croatas de la región se asoleaban y bañaban sus blancas y casi transparentes pieles.

Dormimos en Plitvice, en un hotel en medio de la nada, con techos muy inclinados. Al llegar, me golpeé la cabeza y casi pierdo el poco pelo que me queda. Madrugamos para el recorrido más importante del paseo, con todo lo necesario para un pícnic en el bosque, que mitigó el cansancio de los 6 kilómetros de caminata por senderos de madera rústica, bordeando lagos de aguas azules y cascadas que ofrecían un paisaje de paz y tranquilidad. Nuestra nieta Atenas, recién cumplidos 3 años, recorrió todo por sus propios medios. Luego del pícnic, subimos interminables escaleras de piedra hasta el transporte que nos regresó al hotel. El Parque Plitvice colmó nuestras expectativas con creces.

Salimos temprano hacia Zadar, ciudad costera sobre el mar Adriático cuya historia se remonta al año 50 a. C., con fuerte influencia romana visible en columnas y construcciones de la ciudad amurallada, al estilo de Cartagena. Muy codiciada, Zadar ha pertenecido a Venecia, Viena y Francia, y ha sido bombardeada innumerables veces. Hoy, su malecón está repleto de turistas de todas las nacionalidades, que disfrutan los sonidos del órgano tocado por las olas del mar y las luces de los paneles solares dispuestos en una gran brújula en el piso. No se ve un solo policía: los turistas se manejan solos y lo hacen bien, mientras pequeños equipos de limpieza recogen la basura.

Me imagino un malecón similar en Cartagena, con rueda de Chicago incluida, incrementando el número de turistas de todo el mundo, como ya ha sucedido en el malecón de Barranquilla y la ciénaga de Mallorquín.