Lucrecia Piedrahíta
El
valor de mercado global ha migrado un 90 % hacia los activos intangibles, mostrando
que el motor del desarrollo ya no es la infraestructura física.
La
economía mundial ha cambiado de naturaleza. Sin embargo, buena parte de nuestras
conversaciones sobre desarrollo siguen ancladas en categorías del siglo pasado.
Continuamos
preguntándonos cómo aumentar la productividad, cómo atraer inversión o cómo construir
más infraestructura. Son preguntas necesarias. Pero quizás estamos dejando de lado
una cuestión más profunda: ¿cuál es el principal activo económico de una
sociedad?
La
pregunta es más antigua de lo que parece.
A
comienzos del siglo XVI, cuando César Borgia buscaba consolidar y expandir
su poder en los territorios italianos, recurrió a Leonardo da Vinci. Lo incorporó
a su servicio como ingeniero militar, arquitecto y estratega. Leonardo estudiaba
sistemas hidráulicos, diseñaba fortificaciones, producía cartografías de precisión
y analizaba el territorio como un sistema complejo de información, movilidad y poder.
La
decisión resulta reveladora. La historia recuerda a Leonardo como uno de los grandes
artistas del Renacimiento, mientras que Borgia reconoció en él una inteligencia
capaz de conectar conocimientos distintos y transformar observación en acción.
Identificó una capacidad excepcional para comprender problemas complejos
y generar nuevas posibilidades.
El
valor
Cinco
siglos después, las economías más dinámicas del planeta siguen buscando exactamente
lo mismo.
Durante
gran parte de la historia, la riqueza dependió de la posesión de tierras, recursos
naturales, puertos o capacidad militar. Hoy esos factores continúan siendo importantes,
pero resultan insuficientes para explicar por qué algunas sociedades innovan
más que otras, crean más valor que otras o logran transformar industrias enteras
mientras otras permanecen rezagadas. La diferencia radica en su capacidad para
producir conocimiento nuevo y convertirlo en soluciones.
Esta
afirmación tiene consecuencias profundas. Si la principal fuente de riqueza
es la capacidad de generar nuevas ideas, entonces la discusión sobre desarrollo
debe incluir la calidad de la educación, la fortaleza de las universidades,
la inversión en investigación, la circulación del conocimiento y la capacidad de
una sociedad para fomentar el pensamiento crítico y la creatividad.
El
físico David Deutsch ha sostenido que el progreso humano depende de la producción
de mejores explicaciones sobre la realidad. La historia económica parece confirmarlo.
La imprenta, la máquina de vapor, la electricidad, internet o la inteligencia artificial
surgieron cuando alguien encontró una manera nueva de comprender el mundo. Las grandes
transformaciones económicas comenzaron como transformaciones en el conocimiento.
Por
eso resulta cada vez más difícil separar economía, ciencia, educación y cultura.
Todas forman parte del mismo ecosistema donde se generan las capacidades
que más valor producen. Las universidades, los centros de investigación, los laboratorios,
las bibliotecas, los museos y las industrias creativas cumplen una función estratégica
que rara vez aparece en los indicadores de corto plazo: amplían el horizonte
de lo posible.
La
escena entre Borgia y Leonardo contiene además una lección particularmente relevante
para nuestro tiempo. Borgia identificó el valor de una mente capaz de cruzar
fronteras entre disciplinas. Leonardo podía estudiar anatomía y arquitectura,
hidráulica y geometría, arte y matemáticas. Su singularidad residía precisamente
en esa capacidad de establecer conexiones inesperadas.
La
paradoja es que vivimos en una época que produce más información que ninguna
otra en la historia, mientras fragmenta el conocimiento en compartimentos cada vez
más estrechos. A medida que las tecnologías avanzan a una velocidad vertiginosa,
la capacidad de conectar perspectivas distintas se vuelve más escasa y
valiosa.
La
inteligencia artificial hace aún más visible esta tensión. Las máquinas procesan
información, reconocen patrones y ejecutan tareas complejas. Las preguntas verdaderamente
transformadoras surgen en las fronteras donde se encuentran la ciencia y
las humanidades, la tecnología y el arte, la economía y la cultura. Allí nacen
las ideas capaces de abrir nuevos caminos.
Los
recursos
Quizás
por eso la pregunta más importante para Colombia sea si estamos fortaleciendo
las capacidades que permitirán generar valor en las próximas décadas. Si
estamos formando personas capaces de conectar conocimientos, imaginar soluciones
y producir nuevas explicaciones sobre los desafíos que enfrentamos.
Hace
quinientos años, César Borgia entendió que el recurso más valioso
de su tiempo era una mente capaz de ver conexiones que otros no veían. Cinco
siglos después, la pregunta sigue abierta: en una economía donde el conocimiento
genera más valor que los activos físicos, ¿estamos invirtiendo en las capacidades
que producirán el futuro o seguimos administrando las herencias del pasado?
Columna
de Lucrecia Piedrahíta (arquitecta/curadora) para el periódico El Tiempo.
