Pedro Juan González Carvajal
Decir “yo amo a mi país”
puede significar dos cosas opuestas. En un caso, expresa un vínculo maduro con
la comunidad política a la que se pertenece. En el otro, es un grito que busca
silenciar, excluir y justificar abusos. La primera actitud se llama patriotismo.
La segunda, patrioterismo. Confundirlas es peligroso: bajo la bandera del amor
a la patria se han cometido tanto los actos más nobles como los más vergonzosos
de la historia. Distinguirlas no es semántica, es una defensa de la democracia.
1. Patriotismo: amor crítico
y responsable
El patriotismo es el afecto
por la propia comunidad política, pero no es un amor ciego. Tiene tres
componentes clave:
a. Apego a valores, no a
símbolos: el patriota ama la libertad, la justicia y la igualdad que su
constitución promete, no solo la bandera o el himno. Por eso puede criticar al Gobierno
de turno cuando traiciona esos valores. Ama al país que debería ser, y trabaja
para acercar el país real a ese ideal.
b. Incluyente: entiende
que la nación es plural. Cabe el indígena, el inmigrante, el opositor, el que
piensa distinto. La patria no es de un partido ni de una raza. El patriotismo
suma, no resta.
c. Responsabilidad: se
traduce en deberes concretos: pagar impuestos, respetar la ley, votar
informado, defender al débil, cuidar lo público. El patriota pregunta “¿qué
puedo hacer yo por mi país?”, no solo “¿qué me da el país?”.
El patriotismo acepta la
autocrítica. Reconocer los errores históricos como la esclavitud, violencia,
corrupción no es traición, es el primer paso para repararlos y no repetirlos.
2. Patrioterismo: el uso
instrumental de la patria
El patrioterismo es la
deformación del patriotismo. Toma sus símbolos, pero vacía su contenido ético.
Sus rasgos:
a. Apego a símbolos, no a
valores: reduce la patria a trapos, himnos y fechas. Exige ponerse la mano
en el pecho, pero no exige honradez ni respeto a la ley. Confunde forma con
fondo.
b. Excluyente y tribal:
define la patria como “nosotros contra ellos”. Quien critica es “vendepatria”,
“traidor”, “apátrida”. Sirve para crear un enemigo interno y justificar la
persecución. El patrioterismo necesita un chivo expiatorio para mantenerse
vivo.
c. Acrítico y obediente:
No tolera el disenso. “Mi país, con razón o sin ella”. Defiende al Gobierno no
porque sea justo, sino porque es “el nuestro”. Se usa para blindar al poder de
cualquier control.
d. Chovinista: Cree
que su país es superior por naturaleza y que los demás deben someterse. De ahí
al expansionismo y la xenofobia hay un paso.
El patrioterismo es ruidoso.
Se manifiesta en discursos, desfiles y arengas. Busca aplauso, no
transformación. Es rentable políticamente porque apela a la emoción más básica:
el miedo al otro.
3. Diferencias clave en la
práctica
Ante la crítica: la escucha y la usa para
mejorar. La censura como “traición”.
Ante el extranjero: coopera y aprende. desprecia
y teme.
Ante la ley: la respeta, aunque le duela.
La viola si “conviene a la patria”.
Ante la historia: reconoce luces y sombras.
Inventa un pasado glorioso sin manchas.
Objetivo: construir un país más justo.
Mantener al grupo en el poder.
Lenguaje: “Nosotros podemos mejorar”.
“Ellos nos quieren destruir”.
4. Por qué importa la
distinción
El patrioterismo ha sido la
coartada favorita de dictadores y corruptos. ¿Cómo cuestionas un robo si se
hizo “en nombre de la patria”? ¿Cómo defiendes derechos humanos si el que los
exige es “enemigo de la nación”? Alemania nazi, las dictaduras latinoamericanas
y varios nacionalismos actuales usaron patrioterismo para suspender libertades.
El patriotismo, en cambio,
fue el motor de las independencias, de los derechos civiles y de la resistencia
contra tiranías. Cuando un ciudadano denuncia corrupción -porque ama a su país-,
ejerce patriotismo. Cuando un político llama “apátrida” al periodista que lo
investiga, ejerce patrioterismo.
La patria no necesita
hinchas de estadio que solo gritan y agreden al árbitro. Necesita ciudadanos
adultos que la cuiden, la critiquen y la empujen. El patriotismo es incómodo:
obliga a mirar los defectos propios. El patrioterismo es cómodo: siempre la culpa
es del otro.
Una república sana fomenta
el primero y desconfía del segundo. Porque el amor verdadero a un país se
demuestra corrigiéndolo, no tapando sus vergüenzas con una bandera gigante. Y
porque sin patriotismo crítico, la patria se queda solo con patrioterismo. Y
eso ya no es patria: es pretexto.
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