Rafael Uribe Uribe
Las encuestas de
ahora parecen un sainete, cada una imagina su propio relato, elige
protagonistas y afirma revelar “la verdad”; pero hay algo que muchos
ignoran, no solo miden la realidad, sino que algunas la fabrican, como en
cualquier encargo, “el que pone la plata pone las condiciones”.
No queremos
aseverar que las encuestadoras manipulan los resultados burdamente, es más
sutil, los datos los determinan la selección del territorio, el tipo de
muestreo, la manera de formular las preguntas y hasta el orden en que se hacen
y, eso, puede inclinar la balanza sin alterar los números. Una encuesta hecha
en estratos 4, 5 y 6 contará una historia diferente a la realizada en barrios
periféricos, municipios donde dominan los grupos armados ilegales o zonas
rurales donde la gente desconfía de cualquier persona con un formulario y,
hasta del joven que las hace; pueden ser “técnicamente válidas”, pero no
representan la realidad del país.
Se suma lo que
rara vez se discute, las encuestas son financiadas por campañas, medios o
grupos económicos con intereses definidos y, aunque las firmas serias insisten
en su independencia, el cliente influye, así sea indirectamente en el enfoque
y, este, en política, es casi todo.
El problema no
es que existan encuestas, radica en la fe ciega con la que muchos las leen, lo
hacen como si fueran radiografías del país cuando en realidad son fotografías
tomadas desde ángulos distintos, en fechas diferentes o con intenciones distintas.
Una encuesta puede ser rigurosa y útil, o puede convertirse en un instrumento
propagandístico que no dice “vote por X”, pero sugiere que “todo el
mundo ya lo está haciendo”.
En un país
desigual como el nuestro, donde la opinión no es uniforme sino dividida u
obligada por los grupos armados, la pregunta no es qué dice la encuesta, sino
dónde se hizo: ¿a quién escuchó?, ¿qué territorios se incluyeron o evitaron?,
¿qué silencios se ocultaron?, ¿quiénes y cómo se tomaron los datos?
Para confiar
en una encuesta, debemos analizarla con profundidad y buen juicio, ¿quién la
realizó?, ¿la muestra representa la diversidad del país? y, para ello, es
fundamental tener el acceso a los datos completos para evitar interpretaciones
torcidas, solo así se podrá valorar su credibilidad.
Las encuestas
seguirán existiendo e influyendo, lo mínimo que podemos es mirar la honestidad
de la encuestadora, la metodología y la transparencia, lo demás depende de
nosotros. El refrán es claro: “no comamos cuento”, revísemoslas con
seriedad y a fondo.
El Rincón de Dios
“La verdad es
como un río, cuanto más claro, más profundo.” San Agustín
