María Cristina Isaza Mejía
La
derecha democrática no puede seguir destruyéndose mientras Cepeda avanza.
El
siguiente artículo lo escribo como una ciudadana que ha observado con atención
la contienda electoral, sin involucrarse en ninguna campaña en particular.
Hay
algo profundamente preocupante en esta campaña presidencial: las dos campañas
que deberían estar pensando desde ya en cómo construir mayoría para segunda
vuelta se están dedicando a destruirse mutuamente con una eficiencia que
debería alarmarnos a todos.
Y
el problema no es solo electoral: es cultural, emocional y narrativo.
Porque
mientras las campañas de Paloma Valencia y Abelardo de la Espriella se
desgastan en ataques cruzados, quien más gana es Iván Cepeda. Veo con
impotencia la incapacidad histórica de ciertos sectores colombianos para
construir un proyecto colectivo cuando más lo necesitamos.
Y
eso tiene consecuencias.
El
regalo narrativo que le están entregando a Cepeda
Aquí
aparece el verdadero problema estratégico.
Mientras
las campañas democráticas se destruyen mutuamente, sin darse cuenta están
ayudando a construir la imagen de Cepeda como: moderado, estoico,
institucional… el menos caótico.
Los
activistas digitales de ambas campañas están más ocupados en atacarse entre sí
que en mostrar el peligro real que representa la continuidad del gobierno Petro
en cabeza de Cepeda. De esta forma, mucho votante de centro y centroizquierda
puede terminar dándole su voto a Cepeda en segunda vuelta, votar en blanco o…
irse a ver ballenas 🐳.
La
línea ética se está moviendo peligrosamente
En
2022 el petrismo movió la línea ética con Guanumen y la lógica del “todo vale”.
Hoy
preocupa ver que quienes están moviendo esa línea son sectores de la oposición
democrática.
El
tono se salió de control
Los
ataques han escalado a niveles innecesarios:
*
Acusaciones cruzadas
*
Campañas digitales agresivas
*
Ataques familiares
*
Insinuaciones irresponsables
*
Deshumanización permanente
Y
eso deteriora el clima emocional del país.
Hay
comentarios en redes absolutamente inaceptables: insinuaciones grotescas contra
Paloma, ataques personales, teorías delirantes sobre el asesinato de Miguel
Uribe Turbay, ataques al entorno familiar.
También
fue desafortunado trivializar el uso de chaleco antibalas, justo cuando el país
viene de hechos violentos gravísimos. Solo por mencionar algunos: el asesinato
de Miguel Uribe, el asesinato de la concejal del Centro Democrático, Mileidy
Yurani Villada, y el asesinato de dos personas del equipo de Abelardo en el
Meta. No hay heroísmo en exponerse inútilmente.
Y
tampoco ayuda que desde algunos sectores políticos y ciudadanos se diga
públicamente que en segunda vuelta votarían en blanco o se abstendrían si no
pasa “su” candidato.
Esto
genera un mensaje peligrosísimo: que el adversario principal termina siendo el
otro candidato democrático… y no el proyecto Petro-Cepeda.
De
verdad, ¿no entendemos lo que está en juego?
Aquí
todos deberíamos estar en un mismo barco: salvar a Colombia.
El
problema del matoneo político
La
estrategia de Abelardo tiene una lógica política comprensible:
*
Apropiarse de la rabia antisistema
*
Diferenciarse del “establecimiento”
*
Mostrar a Paloma como representante de ese establecimiento.
Eso
puede funcionar en primera vuelta, pero tiene un riesgo enorme hacia junio.
Porque
una campaña percibida como agresiva, fuerte y matoneadora puede tener enormes
dificultades para luego conquistar a moderados, votantes de centro, jóvenes,
abstencionistas, etcétera.
Y
esos votos son indispensables para ganar una segunda vuelta. El electorado de
segunda vuelta se define, en gran medida, en el centro.
La
campaña de Abelardo tiene una responsabilidad especial: tender puentes hacia
sectores que hoy no votarían naturalmente por él. No hacerlo sería un error
estratégico enorme.
Pero
del otro lado tampoco ayudan. Desde sectores cercanos a Paloma también ha
habido errores: comparaciones innecesarias, respuestas emocionales,
descalificaciones y discursos que terminan profundizando fracturas.
La
frase sobre “no cargar maletas” fue una salida desafortunada.
Y
volver permanentemente al debate del plebiscito del Sí tampoco tiene mucho
sentido cuando en ambas campañas existen figuras que apoyaron ese proceso.
Seguir excavando en las heridas internas solo distrae del verdadero desafío.
La
campaña que debe sumar centro + derecha ha sido más exitosa en resaltar las
diferencias entre Paloma y Oviedo que los puntos de unión y las bondades de sus
propuestas.
La
ciudadanía también tiene responsabilidad
Muchos
ciudadanos están actuando como barras bravas, como si esto fuera una guerra de
hinchadas. Como si destruir al otro candidato opositor fuera más importante que
impedir un segundo capítulo del proyecto Petro.
Yo
me pregunto: ¿hay alguien pensando realmente en el país?
Los
acuerdos mínimos que Colombia necesita
Mi
crítica no es contra Paloma ni contra Abelardo como personas. Veo trayectorias
valiosas en ambos sectores. Mi preocupación es otra: la incapacidad de
construir acuerdos mínimos de supervivencia democrática. Acuerdos básicos como:
*
Reconocer públicamente que el principal adversario es el proyecto Petro-Cepeda
*
Comprometerse desde ya al apoyo mutuo en segunda vuelta
*
Frenar ataques personales y familiares
*
Desactivar campañas digitales tóxicas
*
No destruir la legitimidad democrática del otro sector opositor
*
Enfocar el debate en propuestas y riesgos país
*
Construir una narrativa común de estabilidad democrática y recuperación
institucional.
Porque
aquí no se está definiendo solamente quién gana una elección. Aquí se define el
rumbo institucional, económico y democrático de Colombia.
Una
reflexión final
Confieso
algo: me habría gustado ver una conversación política donde el objetivo
colectivo fuera incluso sacar a Cepeda de segunda vuelta.
Tal
vez suena ingenuo, pero revela algo importante: seguimos pensando más en
derrotar al cercano que en construir consensos básicos. Y así es muy difícil
ganar un país.
Y
hay algo que tengo clarísimo: en segunda vuelta voy con todo el apoyo al
contrincante de Cepeda. Mi causa es Colombia. No demos papaya.