Luis Guillermo Echeverri Vélez
Rejoneador de toros
Desian
los arrieros viejos que “cuando partía de esta vida un caballo era porque su
existencia había sido entregada al destino para que ese día no muriera un
cristiano”. Con esas le salía Manuelito Londoño, un encargado del yegüerizo,
a mi padre, para aliviarle el disgusto y la tristeza cuando un cólico maldito
se nos llevaba un pobre animalito.
Te
cuento Pablo, hermano querido, que nos dejó esta madrugada nuestro precioso
amigo “Baroja”, mi caballo consentido. Se lo llevó a otra vida la negra noche
como a su hermano, tu famoso Chenel. Se murió mi caballo más bonito. El más
noble, el más bueno que he tenido desde que el destino me sacó a las malas de
los ruedos y me aventó a las lidias mundanales de la vida.
Se
murió mi caballito. Se llevó el destino a un gran artista que hizo honor a su
sangre torera y bailadora consagrada por su origen al esplendor del rejoneo. Se
nos fue el nieto de Cagancho que hizo grande a su jinete entre los maestros de
nuestro noble oficio, se nos fue el hijo del gran Gallo, padre de la más
poderosa dinastía de caballos toreros que ha existido, el de Moura y de Hermoso
de Mendoza que llevaba en sus adentros la esencia del milenario arte del toreo
a caballo.
Se
llevó la vida el caballo de mis sueños, el majestuoso garañón que fuera mi
último maestro. El que de mi alma quitaba penas, angustias, tristezas, rabias y
despechos, el que galopando me llenaba de alegría el sentimiento y me sacaba de
este mundo injusto que tanto maltratamos los humanos.
Se
murió mi noble compañero galopante y se llevó un pedazo de mi vida con la suya.
Ahora solo quedan los recuerdos de sus relinchos, de su belleza, poderío y
torería. Se fue a correr por los cielos, a deleitar con sus retozos el descanso
de todos los demás artistas gladiadores que me hicieron caballero y en las
plazas de gloria me llenaron.
Se
murió mi caballito torero, el que entregaba los pechos de frente y desde
adentro, abriendo sus brazos, daba gracias a la vida matando le tiempo para
juguetear con el destino. Se murió solo, en la noche, toreando ese último toro,
el de la parca traicionara que no perdona y en silencio nos reclama cuando
quiere para separarnos de este mundo.
Se
fue mi caballito volador, el que llenó mi vida de recuerdos de aventuras y
osadías. Qué solas se quedaron mis espuelas, tu bocado, tu montura, qué solo
queda ese templo donde a diario juntos agradecimos a la creación por el sublime
sentimiento que produce la felicidad, cabalgar.
Se
ha ido al cielo donde van las almas de todos los caballos. Cuánto quisiera que
me hubieras esperado y que hubiese sido un toro bravo el que nos mandara juntos
a galopar por las estrellas y a torear las envestidas de luceros y centellas.
(Alegoría
al Caballo Torero “Baroja” del Hierro de Pablo Hermoso de Mendoza).
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