Fredy Angarita
La lluvia en Medellín golpea los techos de zinc
como si quisiera arrancarles confesiones a las casas. Mientras esperaba el bus,
entendí que la ciudad tiene una manera extraña de criar hombres: primero les
enseña a sobrevivir y después les pregunta por qué se volvieron violentos.
Había un pelado sentado junto al poste de la
luz. Sudadera negra, camisa ancha, tenis viejos. En las manos sostenía un
cuaderno de esos baratos, escolares, donde otros escriben tareas; él escribía
rabia, alegría, vida. No tendría más de veinte años, pero hablaba como alguien
que ya había enterrado demasiadas cosas.
Me contó que escribía rap desde los trece. Que
empezó porque hablar en la casa era inútil. Que la mamá lloraba callada. Que el
padrastro confundía autoridad con miedo. Y que en el colegio descubrió algo
peor que la pobreza: la costumbre.
—Aquí todos terminan pareciéndose a lo que
juraron odiar.
La frase quedó suspendida entre el humo de un
cigarro barato y el olor a fritanga de la esquina. Entendí algo: el rap de
barrio no nace de la música; nace de la necesidad de dejar evidencia. Como si
cada verso fuera una declaración ante un tribunal invisible donde los pobres
llevan siglos intentando explicar por qué les tocó vivir así.
Me contó que le gustaba mucho Canserbero. Dice
que tiene letras que le llegan. Sin conocer mucho de él, le respondí:
—Me gustan algunas canciones que me ha mostrado
un compañero. Hay una frase que recuerdo porque me quedó sonando: “Andábamos
sin buscarnos, aunque sabiendo que andábamos para encontrarnos… Y fueron nubes
las que usé de trampolines, y tiburones los que vestí de delfines”.
El pelado soltó una sonrisa leve.
—¿Si ve? Ese man decía la verdad.
También le dije que me gusta escuchar a
Alcolirykoz. Me respondió:
—Soy más de la vieja guardia, pero esos manes
tienen buenas rimas.
Entonces empecé a recordarle algunas frases que
siempre me dejan pensando cuando los escucho:
—“No confundas el gusto personal con la
superioridad moral”.
—“Si el chorro es adulterado, esto es una cita
a ciegas”.
—“Vacuna pa los cerdos no hay”.
El pelado asintió con la cabeza mientras miraba
la calle mojada.
—Eso es lo que me gusta del rap: hablan de sus
vivencias.
Después abrió el cuaderno y me mostró una frase
escrita con tinta corrida:
— “En este barrio los sueños también pagan
vacuna”.
Me quedé pensando. Hay frases que no necesitan
rimar para doler. Esa fue una de ellas. Supe que iba a guardarla conmigo por
mucho tiempo.
Mientras avanzaba por la calle mojada, entendí
que los barrios también tienen memoria. Queda guardada en las paredes, en los
grafitis, en las canciones que suenan desde una ventana abierta y en los
cuadernos baratos donde alguien escribe lo que el resto prefiere ignorar.
Tal vez por eso el rap incomoda. Porque
convierte la herida en testimonio. Y una sociedad puede acostumbrarse a la
violencia, a la pobreza y al miedo… pero nunca al espejo.
