Fredy Angarita
Cuando les digo el término antropoceno, inmediatamente nos
remite a la escuela, cuando se hablaba de épocas geológicas. Su significado la
define como una nueva era, que se caracteriza por el impacto global, drástico e
irreversible de las actividades humanas sobre los ecosistemas: la pérdida de
biodiversidad, la contaminación y la proliferación de tecnofósiles.
Empecé por definir este término para relacionarlo con un
hecho que sucedió hace 40 años, más exactamente el 26 de abril de 1986, y que
fue catalogado como la peor catástrofe nuclear de la historia por fallas
humanas: Chernóbil, ubicado entre Ucrania y Bielorrusia.
Todavía sigue siendo un lugar demasiado peligroso para los
humanos, pero la fauna silvestre ha regresado. Caballos salvajes de Przewalski,
ciervos rojos, osos pardos y linces han ocupado un territorio donde el ser
humano ya no puede estar.
En estos años sin presencia humana, los cambios son
visibles: brotan árboles en edificios abandonados y las carreteras desaparecen
entre la vegetación. La naturaleza no pidió permiso: volvió.
Svetlana Alexiévich, en Voces de Chernóbil,
reconstruyó más de 400 testimonios humanos que narran la desaparición de
especies —pájaros, gatos y perros— tras la catástrofe. Hoy, décadas después, el
paisaje parece corregirse solo, pero no por conciencia, sino por ausencia.
Aun así, ni siquiera ese “equilibrio” es definitivo. Deutsche
Welle[1]
reporta que los combates, la actividad militar y los incendios —muchos
provocados por drones— están reactivando el riesgo: dañan los bosques y pueden
liberar nuevamente partículas radiactivas. Incluso donde el ser humano no
habita, sigue interviniendo.
Entonces la pregunta deja de ser ambiental y se vuelve
incómodamente política, ética y humana:
¿Somos capaces de habitar sin destruir?
¿Entendemos realmente las consecuencias de lo que hacemos?
¿O solo reaccionamos cuando ya no hay nada que habitar?
Chernóbil no es solo una tragedia del pasado. Es un ensayo
permanente de lo que ocurre cuando el ser humano desaparece: la vida regresa.
Es una advertencia más clara que cualquier discurso
climático: el planeta no nos necesita.
La verdadera duda no es si la Tierra va a sobrevivir. La duda es si nosotros vamos a estar cuando ella se recupere.
