jueves, 7 de mayo de 2026

Después de nosotros... un planeta que resiste

Fredy Angarita
Fredy Angarita

Cuando les digo el término antropoceno, inmediatamente nos remite a la escuela, cuando se hablaba de épocas geológicas. Su significado la define como una nueva era, que se caracteriza por el impacto global, drástico e irreversible de las actividades humanas sobre los ecosistemas: la pérdida de biodiversidad, la contaminación y la proliferación de tecnofósiles.

Empecé por definir este término para relacionarlo con un hecho que sucedió hace 40 años, más exactamente el 26 de abril de 1986, y que fue catalogado como la peor catástrofe nuclear de la historia por fallas humanas: Chernóbil, ubicado entre Ucrania y Bielorrusia.

Todavía sigue siendo un lugar demasiado peligroso para los humanos, pero la fauna silvestre ha regresado. Caballos salvajes de Przewalski, ciervos rojos, osos pardos y linces han ocupado un territorio donde el ser humano ya no puede estar.

En estos años sin presencia humana, los cambios son visibles: brotan árboles en edificios abandonados y las carreteras desaparecen entre la vegetación. La naturaleza no pidió permiso: volvió.

Svetlana Alexiévich, en Voces de Chernóbil, reconstruyó más de 400 testimonios humanos que narran la desaparición de especies —pájaros, gatos y perros— tras la catástrofe. Hoy, décadas después, el paisaje parece corregirse solo, pero no por conciencia, sino por ausencia.

Aun así, ni siquiera ese “equilibrio” es definitivo. Deutsche Welle[1] reporta que los combates, la actividad militar y los incendios —muchos provocados por drones— están reactivando el riesgo: dañan los bosques y pueden liberar nuevamente partículas radiactivas. Incluso donde el ser humano no habita, sigue interviniendo.

Entonces la pregunta deja de ser ambiental y se vuelve incómodamente política, ética y humana:

¿Somos capaces de habitar sin destruir?

¿Entendemos realmente las consecuencias de lo que hacemos?

¿O solo reaccionamos cuando ya no hay nada que habitar?

Chernóbil no es solo una tragedia del pasado. Es un ensayo permanente de lo que ocurre cuando el ser humano desaparece: la vida regresa.

Es una advertencia más clara que cualquier discurso climático: el planeta no nos necesita.

La verdadera duda no es si la Tierra va a sobrevivir. La duda es si nosotros vamos a estar cuando ella se recupere.