Fredy Angarita
En este momento
estamos en una campaña electoral para la presidencia en Colombia. La primera
vuelta será el 31 de mayo de 2026, está generando una fuerte polarización.
Para mi gusto,
dejó de ser una campaña limpia. Es una de las campañas presidenciales más
polémicas y divisoras que me ha tocado vivir. Como dirían los abuelos: “una
pelea de perros y gatos”.
Es una campaña
que no se ha dedicado mucho a hablar de propuestas. En lugar de discutir el
futuro, se enfoca en frases como: “usted hizo…”, “ustedes dañaron…”, “ellos son
peores…”. Es una campaña basada en culpas históricas, no en soluciones.
En los debates
se repiten los mismos temas:
1. Conflictos
mediáticos (debates, reglas).
2. Escándalos y
declaraciones.
3. Ataques
personales.
4. Polarización
ideológica.
5. Narrativas
de miedo (violencia, amenazas).
Uno de los
temas que más se menciona es la “Asamblea Constituyente”. Algunos candidatos
están de acuerdo y otros no, pero en algún momento todos la nombran, así sea
para apoyarla o rechazarla.
Al ver esta
situación, recordé una columna de El Tiempo del 12 de octubre de 2021[1], escrita por Alfonso Gómez
Méndez, quien para mí es uno de los grandes juristas del país. Allí señala la
cantidad de veces que se ha hablado de cambiar la Constitución, pero hace un
llamado de atención sobre el artículo 3 de la Constitución de Cúcuta de 1821,
que dice:
“Es un deber
de la Nación proteger, por leyes sabias y equitativas, la libertad, la
seguridad, la propiedad y la igualdad de todos los colombianos”.
Y añade: “Probablemente
Colombia sería otra si se cumpliera solo el artículo 3.°”.
La invitación
es a no quedarnos solo en lo mediático. Como ciudadano, y desde la escritura,
la invitación es a votar, independientemente de sus gustos o de las campañas
polarizadas. Salir a votar. Solo hazlo.
Al salir a
votar, tenemos una decisión en nuestras manos. Así como la Constitución tiene
deberes, nosotros también.
Lo que hace
Gómez Méndez no es historia… es diagnóstico. No estamos fallando en escribir la
ley; estamos fallando en cumplirla.
1821 prometía
protección.
1991 amplió
derechos.
2026 nos
enfrenta a una evidencia incómoda: seguimos sin garantizar lo básico.
No es falta de
Constitución, es falta de voluntad.
Mientras
discutimos reformas, el país sigue esperando lo mínimo: seguridad, igualdad,
dignidad. No se trata de cambiar el texto, se trata de que el texto deje de ser
promesa.
Porque al final, votar no es solo elegir quién gobierna. Es decidir si seguimos administrando el incumplimiento… o empezamos, por fin, a exigir que la ley se vuelva realidad.
