martes, 28 de abril de 2026

De cara al porvenir: mi pobre Colombia

Pedro Juan González Carvajal
Pedro Juan González Carvajal

Privilegiada en recursos naturales como ninguna, con una ubicación geográfica incomparable, con una población ladina, pero también alegre y resiliente, Colombia es la demostración palmaria de la paradoja, donde se tiene todo para estar bien, pero donde hacemos todo lo que haya que hacer para no estarlo y donde aquello de “para qué hacerlo fácil, si lo podemos hacer difícil”, es el pan de cada día.

Con una clase dirigente históricamente mediocre, no hemos podido construir un proyecto de país factible, viable, sostenible y sustentable y donde las élites han hecho lo necesario para perpetuarse en el poder, jamás pensando en resolver los problemas que hay que resolver, sino más bien aprendiendo a coexistir con ellos, sin importar los costos y siempre posponiendo los resultados que la gran mayoría de los colombianos seguimos esperando desde nuestro fallido intento de convertirnos en república independiente hace ya un poco más de 200 años.

En un dicho mío, “Manteniendo el despelote bajo control”.

Jorge Luis Borges visitó Colombia, sintiéndose conmovido por su hospitalidad y generosidad y definió la identidad colombiana con la célebre frase "Ser colombiano es un acto de fe", sugiriendo que la existencia del país y su identidad superan la lógica, basándose en la perseverancia, la superación de adversidades y la fe en sí mismos.

Paralelamente yo diría que “Colombia pervive y sobrevive a pesar de sí misma”.

En medio de una pobre campaña presidencial, los lugares comunes, el pasar de agache ante la necesidad de presentar respuestas y propuestas para tratar de soliviar los problemas de siempre, estamos ante un espectáculo que nos permite, en términos de forma, argumentar que tenemos una verdadera democracia, cuando lo que en realidad tenemos es un verdadero remedo de democracia, constreñida por la politiquería más burda, impulsando la figura del democraterismo.

Muy a mi pesar el tema central de campaña es la seguridad, asunto que nos ha envuelto durante toda nuestra vida republicana, obviamente reconociendo la aparición de nuevos actores con nuevos intereses a través del tiempo. Pero resulta como menos desconsolador que Colombia sea el único país del planeta que todavía hable de guerrilla al finalizar el primer cuarto del Siglo 21, lo cual quiere decir, sin ningún tipo de excusa, que vivimos atados al pasado, debido a nuestra incapacidad del reconocimiento de la existencia de la modernidad y nuestra negligencia para incorporarnos a ella.

En Colombia no hemos podido o querido entender que quiere decir desarrollo, que quiere decir desatrase y que quiere decir reconstrucción, acompañado esto con el histórico principio de no darle continuidad a aquellos programas que funcionan, que atienden verdaderas necesidades, pero que no fueron propuestos e implementados por el gobernante de turno, en una muestra palmaria de egoísmo, irresponsabilidad y vanidad ligera, asociada a la idea de creerse o considerarse como un nuevo Adán.

A hoy 1.32 millones de hogares no tienen acceso a electricidad. Entre 3.2 y 5.0 millones de hogares no tienen acceso a agua potable. El déficit actual de vivienda es de 5 millones de unidades. Y a pesar de conocer estos terribles números, ningún candidato ha mostrado interés real por el asunto y mucho menos para presentar un plan a X años para superar estos déficits endémicos.

Eso sí, todos dicen que la educación y la salud son muy importantes y a pesar de las respectivas crisis en las cuales están sumidas, nadie propone nada concreto, pues estos temas los hemos convertido en asuntos muy importantes, manejados como lugares comunes y tratados y liderados por quienes no son especialistas reales en dichos temas.

Ningún candidato se atreve a proponer cómo cumplir con los mandatos constitucionales que se expresan en derechos para los ciudadanos, a partir de su viabilización económica.

Aquí está la verdadera revolución: ningún candidato tendría que esforzarse en enumerar los problemas a solucionar que ya todos conocemos y padecemos. Lo que hay que hacer es convertir en realidad los derechos constitucionales establecidos.

Para equilibrar las cargas, es a partir de una buena educación que se prepara a los ciudadanos para que, así como tienen derechos, sepan identificar y cumplir con sus deberes.

No sabemos que es tener verdaderos estadistas. Digamos que hemos tenido poquísimos buenos gobernantes, entre quienes me atrevo a mencionar sin reato a Simón Bolívar, a Francisco de Paula Santander, a Rafael Reyes, a Alfonso López Pumarejo, a Mariano Ospina, a Carlos Lleras y a Virgilio Barco.

Llenos de leyes hasta el ahogamiento y el estrangulamiento de una capacidad de acción y ejecución fluida, creemos y consideramos que lo que no sea Ley no existe y que por el solo hecho de aprobarla, los problemas se resuelven por arte de birlibirloque.

Eso sí, hecha la Ley hecha la trampa, pues pareciera ser que nos encanta estar permanentemente ubicados entre esa delgadísima línea entre lo legal y lo ilegal.

Qué pesar de mi muy amada Colombia, tan rica, tan exuberante, tan diversa, pero tan mal manejada, tan corrupta, tan mal habitada y tan mal querida.

Ya es hora de irnos preguntado seriamente si a estas alturas del partido, ante una falta completa de conciencia geográfica e histórica por parte de la gran mayoría de los mal llamados ciudadanos, sí somos o no un proyecto societal fallido.

Aunque suene a arenga desgastada, seguiré insistiendo: ¡Todo por Colombia, nada contra Colombia!