Este 8 de marzo son las
elecciones legislativas y algunas consultas. La invitación es a que hagas uso
del derecho al voto. No importa tu partido político ni tu preferencia: solo
hazlo.
Por este motivo les quiero
compartir una palabra, algo larga, cuyo origen se remonta a un relato de la
antigua Grecia, tradicionalmente atribuido a Homero, aunque
estudios modernos lo consideran una obra anónima. Batracomiomaquia
(Βατραχομυομαχία) significa literalmente “la batalla de las ranas y los
ratones” (de batrachos = rana, mys = ratón, maché =
batalla).[1]
No toda guerra comienza con una
bala, algunas empiezan con un malentendido.
En la antigua Batracomiomaquia,
una rana invita a un ratón a cruzar el agua sobre su lomo. Aparece una
serpiente, la rana se sumerge por instinto. El ratón muere ahogado, lo que pudo
ser un accidente se convierte en traición. Lo que fue miedo se interpreta como
perfidia. Y el estanque se transforma en campo de batalla.
Nada más humano.
Colombia no es un estanque, pero
a veces se comporta como uno. Aquí también sabemos convertir el sobresalto en
agravio histórico. Una frase mal dicha se vuelve ofensa estructural. Una
reforma torpe se lee como conspiración. Un error político se narra como acto
deliberado de destrucción nacional, no discutimos hechos: discutimos relatos.
En el poema, los ratones se
reúnen en asamblea. Pronuncian discursos inflamados, Invocan el honor. Las
ranas hacen lo mismo. Cada bando se siente víctima legítima, cada cual eleva su
versión a categoría de epopeya. La escena es ridícula: cáscaras de nuez como
cascos, espinas como lanzas. Pero el tono es solemne, casi sagrado, como si se
tratara de una nueva Ilíada.
Y ahí está la ironía.
Porque el problema no es el
conflicto. El problema es el tono.
En Colombia hemos aprendido a
hablar en modo épico. Todo es definitivo, todo es histórico, todo es el fin o
la salvación de la patria. La política ya no se ejerce como administración
imperfecta de lo posible, sino como cruzada moral contra el enemigo.
Y cuando el adversario se
convierte en enemigo, el diálogo se vuelve traición.
En la Batracomiomaquia,
los dioses observan desde lejos. Solo intervienen cuando el combate se
desborda. En nuestra realidad, esos “dioses” adoptan otras formas: la economía
global, los mercados, las decisiones judiciales, la presión internacional, la
opinión pública que cambia de humor como el clima de montaña. Mientras aquí nos
declaramos guerras simbólicas, fuerzas más grandes deciden silenciosamente el
desenlace.
La batalla termina en un día.
Pero el absurdo permanece.
Tal vez la enseñanza más incómoda
del poema no es que las ranas o los ratones sean ridículos. Es que lo toman
demasiado en serio. ¿Será ese nuestro espejo?
No porque la política colombiana
sea trivial —no lo es—, sino porque la sobredimensionamos narrativamente hasta
que cualquier diferencia se vuelve abismo. Elevamos el desacuerdo a tragedia
nacional, hacemos de cada estanque una Troya imaginaria.
Mientras tanto, la vida cotidiana
sigue: la gente trabaja, ama, sobrevive, improvisa. El país real no siempre
coincide con el país épico que gritamos.
Tal vez necesitamos bajar el volumen
aceptar que no toda retirada es traición,
que no todo error es conspiración
y que no todo opositor es
enemigo.
La épica tiene algo embriagador:
nos hace sentir protagonistas de la historia. Pero también nos vuelve incapaces
de convivir.
A veces la verdadera valentía
política no consiste en ganar la batalla, sino en negarse a convertir cada
diferencia en guerra.
Porque cuando croamos demasiado fuerte o roemos en la sombra con sospecha permanente, el estanque se enturbia. Y en aguas turbias, nadie cruza al otro lado.

