jueves, 5 de marzo de 2026

La república del estanque

Fredy Angarita
Fredy Angarita

Este 8 de marzo son las elecciones legislativas y algunas consultas. La invitación es a que hagas uso del derecho al voto. No importa tu partido político ni tu preferencia: solo hazlo.

Por este motivo les quiero compartir una palabra, algo larga, cuyo origen se remonta a un relato de la antigua Grecia, tradicionalmente atribuido a Homero, aunque estudios modernos lo consideran una obra anónima. Batracomiomaquia (Βατραχομυομαχία) significa literalmente “la batalla de las ranas y los ratones” (de batrachos = rana, mys = ratón, maché = batalla).[1]

No toda guerra comienza con una bala, algunas empiezan con un malentendido.

En la antigua Batracomiomaquia, una rana invita a un ratón a cruzar el agua sobre su lomo. Aparece una serpiente, la rana se sumerge por instinto. El ratón muere ahogado, lo que pudo ser un accidente se convierte en traición. Lo que fue miedo se interpreta como perfidia. Y el estanque se transforma en campo de batalla.

Nada más humano.

Colombia no es un estanque, pero a veces se comporta como uno. Aquí también sabemos convertir el sobresalto en agravio histórico. Una frase mal dicha se vuelve ofensa estructural. Una reforma torpe se lee como conspiración. Un error político se narra como acto deliberado de destrucción nacional, no discutimos hechos: discutimos relatos.

En el poema, los ratones se reúnen en asamblea. Pronuncian discursos inflamados, Invocan el honor. Las ranas hacen lo mismo. Cada bando se siente víctima legítima, cada cual eleva su versión a categoría de epopeya. La escena es ridícula: cáscaras de nuez como cascos, espinas como lanzas. Pero el tono es solemne, casi sagrado, como si se tratara de una nueva Ilíada.

Y ahí está la ironía.

Porque el problema no es el conflicto. El problema es el tono.

En Colombia hemos aprendido a hablar en modo épico. Todo es definitivo, todo es histórico, todo es el fin o la salvación de la patria. La política ya no se ejerce como administración imperfecta de lo posible, sino como cruzada moral contra el enemigo.

Y cuando el adversario se convierte en enemigo, el diálogo se vuelve traición.

En la Batracomiomaquia, los dioses observan desde lejos. Solo intervienen cuando el combate se desborda. En nuestra realidad, esos “dioses” adoptan otras formas: la economía global, los mercados, las decisiones judiciales, la presión internacional, la opinión pública que cambia de humor como el clima de montaña. Mientras aquí nos declaramos guerras simbólicas, fuerzas más grandes deciden silenciosamente el desenlace.

La batalla termina en un día. Pero el absurdo permanece.

Tal vez la enseñanza más incómoda del poema no es que las ranas o los ratones sean ridículos. Es que lo toman demasiado en serio. ¿Será ese nuestro espejo?

No porque la política colombiana sea trivial —no lo es—, sino porque la sobredimensionamos narrativamente hasta que cualquier diferencia se vuelve abismo. Elevamos el desacuerdo a tragedia nacional, hacemos de cada estanque una Troya imaginaria.

Mientras tanto, la vida cotidiana sigue: la gente trabaja, ama, sobrevive, improvisa. El país real no siempre coincide con el país épico que gritamos.

Tal vez necesitamos bajar el volumen

aceptar que no toda retirada es traición,

que no todo error es conspiración

y que no todo opositor es enemigo.

La épica tiene algo embriagador: nos hace sentir protagonistas de la historia. Pero también nos vuelve incapaces de convivir.

A veces la verdadera valentía política no consiste en ganar la batalla, sino en negarse a convertir cada diferencia en guerra.

Porque cuando croamos demasiado fuerte o roemos en la sombra con sospecha permanente, el estanque se enturbia. Y en aguas turbias, nadie cruza al otro lado.