José Hilario López Agudelo
Dos grandes amenazas se ciernen sobre
la vida en nuestro planeta y la paz mundial: la supervivencia de nuestra
especie amenazada por el cambio climático, mejor definido como impacto global,
y el deterioro del ordenamiento jurídico internacional por el regreso a la ley
del más fuerte. Como si esto fuera poco, en nuestro país se está agudizando la
confrontación entre los extremismos de derecha e izquierda, que ya sabemos la
tragedia que ha significado para nuestro pueblo, ahora agravada por las bandas
armadas asociados con el crimen organizado.
Aunque la filosofía no resuelve
problemas, si es una gran ayuda para entender situaciones complejas, que nos
puede ayudar a construir espacios de serenidad que fortalezcan nuestro ánimo
para resistir la adversidad. Para este propósito, la lectura de Immanuel Kant y
Albert Camus, dos de mis filósofos de cabecera, acuden en mi apoyo: Kant con sus
tres preguntas sobre lo que debemos hacer para
mejorar nuestra calidad de vida y Camus, con sus ensayos sobre los extremismos
que le tocó vivir a la Europa de entreguerras del Siglo XX, enfrentada a los
radicalismos del nazismo, el fascismo y el comunismo.
Empiezo
con Kant.
Immanuel Kant (1724-1804) nació y vivió en
Königsberg (entonces Prusia, hoy Rusia). Es un pensador clave de la Ilustración,
escuela de pensamiento que juntamente con la Revolución Francesa y la
separación de poderes de Montesquieu, crearon las bases del Estado moderno. Varios
de los principios que conforman la estructura de la sociedad actual fueron
aportadas por el filósofo prusiano. Por ejemplo, sus consideraciones sobre lo
que debería ser el fundamento de unas sanas relaciones entre las naciones orientaron
la creación de la ONU en 1947. Si hoy damos por hecho que la investigación debe
ser soportada por métodos de trabajo científicos, y que la ética no puede ser
un simple capricho (“me apetece y lo hago”), se lo debemos a Kant.
En
su famoso libro Crítica de la razón pura, Kant hace un triple
planteamiento sobre cómo llegar a una forma práctica de ordenar nuestra vida.
Tres preguntas que nos pueden también servir de brújula para ver cómo vivir
mejor. Reflexionemos sobre estas tres preguntas.
Pregunta
1. ¿Qué puedo saber? (y qué no)
Para
Kant, conocer no es imaginar. Implica que necesitas experiencia, reglas y
comprobación. Exactamente lo que han aplicado los científicos. "Sapere aude"
(atrévete a pensar) es el reto que nos hace Kant. Nos pide respeto por la
verdad, porque sin esta base moral todo lo que pisemos se vuelve polvo. Podemos
saber mucho del mundo que nos rodea y las leyes que lo ordenan, pero no podemos
convertir en hecho real cualquier idea que nos consuele o nos dé miedo.
Con
esta primera pregunta Kant nos previne contra dos errores habituales: la
ingenuidad (creo en todo lo que me digan, sin antes hacer mi propia
verificación de los datos o hechos) y el cinismo (nada es verdad). Y algo fundamental,
aceptar que cuando nuestras convicciones choquen con la tozudez de la realidad,
hay que cambiar de opinión. La humildad ante las imitaciones de nuestra mente para
entender la “ordenada complejidad” de la naturaleza, incluida la vida,
puede traernos algo de sosiego.
Pregunta
2. ¿Qué debo hacer?
La
idea central de esta segunda pregunta es la autonomía moral. En toda circunstancia
debemos actuar con rectitud. Pero no porque nos estén mirando o juzgando, ni
solo por un premio o por temor a un castigo. Es imperativo actuar de manera
correcta porque reconoces una norma que podría valer para cualquiera. Esa es la
lógica del famoso imperativo
categórico kantiano: Mis decisiones no han de depender del capricho
del momento, sino de un criterio que me haga
sentir bien conmigo mismo.
Y
aquí algo aplicable a nuestro actual momento colombiano: cuando vivimos en un
mundo de políticos corruptos por los que votamos, significaría que nosotros
también somos corruptos, si tuviéramos la oportunidad.
Pregunta
3. ¿Qué me cabe esperar?
Para
Kant, la esperanza es una forma racional de mirar hacia delante vinculada a
cómo actuemos ahora, lo que para nuestro filosofo solo se logra si tomamos en
serio la moral. Este mandato se pude mirar en sentido religioso o laico. En
ambos casos, la idea central es que la esperanza nace de la responsabilidad. Si
tratas bien a tus semejantes es probable que ellos también te traten bien.
“Si no vives
una vida con sentido, todo lo demás puede fallar" .Esta es
una de las afirmaciones que Arash Arjomandi y Rosa Rabbani hacen en su libro ¿Efímeros
e inmortales[1]. Para esta
pareja (ella (psicóloga y el humanista) la felicidad no es un estado emocional
pasajero ni un logro externo, sino el resultado de reconocer que el ser humano
posee una dimensión espiritual, que necesita ser cultivada con la misma disciplina
con que abordamos la vida intelectual. Solo cuando entendemos este engranaje y
lo trabajamos, puede surgir una plenitud que no se desvanece ante el primer
contratiempo.
Sigo
con Albert Camus y sus ensayos sobre los extremismos.
Para
este escritor y filósofo, premio nobel de literatura, “La intolerancia, la estupidez y
el fanatismo pueden combatirse por separado, pero cuando se juntan no hay
esperanza". Así resume sus vivencias durante los tiempos entreguerras
del Siglo XX, la reaparición de lideres autoritarios con efectivas campañas de
propaganda populista pueden llevar el mundo al desastre, igual o peor de lo que
aconteció en Europa con el nacismo y el comunismo durante siglo pasado.
Cuando
los otros no se abren a debatir ni a pensar en otra solución que no sea la
suya, la lucha está perdida, dice Camus. “La intolerancia cierra el diálogo,
la estupidez renuncia a pensar y el fanatismo convierte las ideas en armas.
Cuando las tres se refuerzan mutuamente la convivencia se vuelve casi
imposible”, afirma el profesor y divulgador vasco Iñaki Iral.
Camus
se declaraba impotente ante esa tormenta perfecta: “Nos asfixiamos entre las
personas que creen que tienen toda la razón”. Cuando los otros no se abren
a debatir ni a pensar en otra solución que no sea la suya, la lucha está
perdida.
El
remedio contra la intolerancia solo puede estar en la educación. “Camus
creía profundamente en una educación que enseñara límites, mesura y
responsabilidad”, explica el profesor Iral. Sólo una buena educción que nos
prepare para convivir en la diferencia puede garantizar la paz y la sana
convivencia, tanto social como entre naciones.
Aunque
sea poco lo que las anteriores reflexiones expliquen sobre la complejidad del
mundo que nos ha tocado vivir, ni mucho menos traigan soluciones, si pueden ayudarnos
a fortalecer nuestro ánimo y sobre todo para aceptar que “hay cosas que no
puedo cambiar”, como nos enseñan los estoicos y lo repiten día a día los Alcohólicos
Anónimos en la sabia “Oración de la serenidad”.
Nota: en mi columna anterior titulada “Los extremismos amenazan la democracia en Colombia”[2] mostré mi preocupación por la polarización entre las políticas de derecha e izquierda que estaban agudizándose en esta campaña electoral. Para mi desengaño, las elecciones del pasado ocho de marzo confirmaron mis temores.