lunes, 16 de marzo de 2026

La filosofía como terapia en tiempos difíciles

José Hilario López Agudelo
José Hilario López Agudelo

Dos grandes amenazas se ciernen sobre la vida en nuestro planeta y la paz mundial: la supervivencia de nuestra especie amenazada por el cambio climático, mejor definido como impacto global, y el deterioro del ordenamiento jurídico internacional por el regreso a la ley del más fuerte. Como si esto fuera poco, en nuestro país se está agudizando la confrontación entre los extremismos de derecha e izquierda, que ya sabemos la tragedia que ha significado para nuestro pueblo, ahora agravada por las bandas armadas asociados con el crimen organizado.

Aunque la filosofía no resuelve problemas, si es una gran ayuda para entender situaciones complejas, que nos puede ayudar a construir espacios de serenidad que fortalezcan nuestro ánimo para resistir la adversidad. Para este propósito, la lectura de Immanuel Kant y Albert Camus, dos de mis filósofos de cabecera, acuden en mi apoyo: Kant con sus tres preguntas sobre lo que debemos hacer para mejorar nuestra calidad de vida y Camus, con sus ensayos sobre los extremismos que le tocó vivir a la Europa de entreguerras del Siglo XX, enfrentada a los radicalismos del nazismo, el fascismo y el comunismo.

Empiezo con Kant.

Immanuel Kant (1724-1804) nació y vivió en Königsberg (entonces Prusia, hoy Rusia). Es un pensador clave de la Ilustración, escuela de pensamiento que juntamente con la Revolución Francesa y la separación de poderes de Montesquieu, crearon las bases del Estado moderno. Varios de los principios que conforman la estructura de la sociedad actual fueron aportadas por el filósofo prusiano. Por ejemplo, sus consideraciones sobre lo que debería ser el fundamento de unas sanas relaciones entre las naciones orientaron la creación de la ONU en 1947. Si hoy damos por hecho que la investigación debe ser soportada por métodos de trabajo científicos, y que la ética no puede ser un simple capricho (“me apetece y lo hago”), se lo debemos a Kant.

En su famoso libro Crítica de la razón pura, Kant hace un triple planteamiento sobre cómo llegar a una forma práctica de ordenar nuestra vida. Tres preguntas que nos pueden también servir de brújula para ver cómo vivir mejor. Reflexionemos sobre estas tres preguntas.

Pregunta 1. ¿Qué puedo saber? (y qué no)

Para Kant, conocer no es imaginar. Implica que necesitas experiencia, reglas y comprobación. Exactamente lo que han aplicado los científicos. "Sapere aude" (atrévete a pensar) es el reto que nos hace Kant. Nos pide respeto por la verdad, porque sin esta base moral todo lo que pisemos se vuelve polvo. Podemos saber mucho del mundo que nos rodea y las leyes que lo ordenan, pero no podemos convertir en hecho real cualquier idea que nos consuele o nos dé miedo.

Con esta primera pregunta Kant nos previne contra dos errores habituales: la ingenuidad (creo en todo lo que me digan, sin antes hacer mi propia verificación de los datos o hechos) y el cinismo (nada es verdad). Y algo fundamental, aceptar que cuando nuestras convicciones choquen con la tozudez de la realidad, hay que cambiar de opinión. La humildad ante las imitaciones de nuestra mente para entender la “ordenada complejidad” de la naturaleza, incluida la vida, puede traernos algo de sosiego.

Pregunta 2. ¿Qué debo hacer?

La idea central de esta segunda pregunta es la autonomía moral. En toda circunstancia debemos actuar con rectitud. Pero no porque nos estén mirando o juzgando, ni solo por un premio o por temor a un castigo. Es imperativo actuar de manera correcta porque reconoces una norma que podría valer para cualquiera. Esa es la lógica del famoso imperativo categórico kantiano: Mis decisiones no han de depender del capricho del momento, sino de un criterio que me haga sentir bien conmigo mismo.

Y aquí algo aplicable a nuestro actual momento colombiano: cuando vivimos en un mundo de políticos corruptos por los que votamos, significaría que nosotros también somos corruptos, si tuviéramos la oportunidad.

Pregunta 3. ¿Qué me cabe esperar?

Para Kant, la esperanza es una forma racional de mirar hacia delante vinculada a cómo actuemos ahora, lo que para nuestro filosofo solo se logra si tomamos en serio la moral. Este mandato se pude mirar en sentido religioso o laico. En ambos casos, la idea central es que la esperanza nace de la responsabilidad. Si tratas bien a tus semejantes es probable que ellos también te traten bien.

“Si no vives una vida con sentido, todo lo demás puede fallar" .Esta es una de las afirmaciones que Arash Arjomandi y Rosa Rabbani hacen en su libro ¿Efímeros e inmortales[1]. Para esta pareja (ella (psicóloga y el humanista) la felicidad no es un estado emocional pasajero ni un logro externo, sino el resultado de reconocer que el ser humano posee una dimensión espiritual, que necesita ser cultivada con la misma disciplina con que abordamos la vida intelectual. Solo cuando entendemos este engranaje y lo trabajamos, puede surgir una plenitud que no se desvanece ante el primer contratiempo.

Sigo con Albert Camus y sus ensayos sobre los extremismos.

Para este escritor y filósofo, premio nobel de literatura, Principio del formulario, “La intolerancia, la estupidez y el fanatismo pueden combatirse por separado, pero cuando se juntan no hay esperanza". Así resume sus vivencias durante los tiempos entreguerras del Siglo XX, la reaparición de lideres autoritarios con efectivas campañas de propaganda populista pueden llevar el mundo al desastre, igual o peor de lo que aconteció en Europa con el nacismo y el comunismo durante siglo pasado.

Cuando los otros no se abren a debatir ni a pensar en otra solución que no sea la suya, la lucha está perdida, dice Camus. “La intolerancia cierra el diálogo, la estupidez renuncia a pensar y el fanatismo convierte las ideas en armas. Cuando las tres se refuerzan mutuamente la convivencia se vuelve casi imposible”, afirma el profesor y divulgador vasco Iñaki Iral.

Camus se declaraba impotente ante esa tormenta perfecta: “Nos asfixiamos entre las personas que creen que tienen toda la razón”. Cuando los otros no se abren a debatir ni a pensar en otra solución que no sea la suya, la lucha está perdida.

El remedio contra la intolerancia solo puede estar en la educación. “Camus creía profundamente en una educación que enseñara límites, mesura y responsabilidad”, explica el profesor Iral. Sólo una buena educción que nos prepare para convivir en la diferencia puede garantizar la paz y la sana convivencia, tanto social como entre naciones.

Aunque sea poco lo que las anteriores reflexiones expliquen sobre la complejidad del mundo que nos ha tocado vivir, ni mucho menos traigan soluciones, si pueden ayudarnos a fortalecer nuestro ánimo y sobre todo para aceptar que “hay cosas que no puedo cambiar”, como nos enseñan los estoicos y lo repiten día a día los Alcohólicos Anónimos en la sabia “Oración de la serenidad”.

Nota: en mi columna anterior titulada “Los extremismos amenazan la democracia en Colombia”[2] mostré mi preocupación por la polarización entre las políticas de derecha e izquierda que estaban agudizándose en esta campaña electoral. Para mi desengaño, las elecciones del pasado ocho de marzo confirmaron mis temores.