José Leonardo Rincón, S. J.
La
última vez que Horacio Arango me llamó el día de mis cumpleaños me dijo: acabo
de hablar con tu mamá y ya la felicité. A ella es a la que hay que felicitar. Sus
palabras me tomaron por sorpresa y casi que no entiendo el profundo significado
de lo que me estaba diciendo. Se suponía que era yo el homenajeado. Rápidamente,
él mismo me lo explicó: en nuestros cumpleaños a quien deberíamos felicitar es
a nuestras mamás porque cuando se supieron en embarazo dijeron sí a la
vida, durante nueve meses nos llevaron consigo, padecieron los dolores del
parto y casi simultáneamente se alegraron y nos estrecharon en sus brazos, nos
amamantaron, nos cuidaron, se trasnocharon muchas veces y otras tantas se
sacrificaron con tal de vernos bien y saludables. Fueron ellas quienes nos
inculcaron la fe, principios y valores, buscaron la mejor educación y nunca nos
dejaron de amar con ese genuino e irremplazable modo de hacerlo.
Mi
mamá cumplió 98 años el pasado 6 de enero y así, trasegada como está, cual vela
que se consume y va apagando, viejo como estoy a estas alturas y todavía se
preocupa por mi cuando en justicia debería hacerlo por ella: ¿pasaste buena
noche? ¿Ya almorzaste?, ¡cuídate al salir porque está lloviendo!, ¡abrígate que
está haciendo frío!, ¿por qué no descansas un poco? ¡Increíble! Esas mujeres
nuestras, que son nuestras madres, ¡cuán tenaces y admirables son, cuán
amorosas, únicas y maravillosas! Es verdad, a ellas es a quienes hay que felicitar
por ser vivo reflejo del rostro materno de Dios.
Estas
últimas semanas no han sido las mejores para ella. Ha bajado de peso, no ha
dormido bien, se ha desorientado a veces, está comiendo muy regular, los
dolores artríticos la tienen muy afligida, ha estado baja de ánimos, pero me
entero yo que está preocupada por mis cumpleaños y quiere celebrarlos.
Silenciosamente y sin que yo me entere ha estado organizando la cosa. Que un
almuerzo, que unas onces. Le mortifica no tener autonomía para salir a la calle
y comprarme un regalo. ¡Por Dios! ¿De qué están hechas nuestras madres si no es
de pura química divina?
Sin
duda, con un año más de vida, tengo mucho, muchísimo, qué agradecer a Dios,
pero lo más justo e importante es hacerlo por ella, por mi vieja, por la niña
Cexi, Blanca Cecilia, mi madre. He decidido pasar mañana todo el día a su lado.
Cualquier cosa que yo intente hacer por ella, en realidad es muy poco, comparado
con todo lo que ella hizo y sigue haciendo por mí. Estoy seguro de que en sus
juiciosas oraciones diarias no hace sino encomendarme. Esas oraciones son el
soporte que me sostiene, estoy seguro. ¿Cómo no felicitarla a ella?, ¿cómo no
rendirle tributo a esta colosa de la vida, a esta mujer a quien le debo lo que en
realidad soy? Hay que hacerlo en vida, así como decimos, en vida. Después ni
lágrimas, ni flores. Ya para qué.
Gracias
Señor por mi madre. Gracias por regalarme ese tesoro maravilloso que siempre me
dio lo mejor de sí y ante quien siempre me quedé corto en reciprocidad. Gracias,
mi inolvidable Horacio, por esa lección que me diste: en nuestros cumpleaños, a
quien hay que felicitar es a nuestras mamás.
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