En resumen, el parqués es una versión
colombiana de un juego milenario indio: pachisi o chaupar, que
viajó por el mundo transformándose en el querido parchís en España y en parqués
en Colombia, un motivo para unir familias y amigos alrededor de una mesa.
El parchís llegó de lejos, el parqués se quedó
aquí. Aprendió a hablar duro, a demorarse, a recurrir a la astucia. En este
tablero no gana el más rápido, sino el que aguanta sentado.
He querido contar parte de su origen, porque el
parqués es una palabra común en el entorno familiar de los colombianos. En el
parque de San Ignacio no se juega parqués para ganar. Se juega para quedarse un
rato más.
La mesa aparece, las fichas ya no brillan.
Alrededor, hombres que no se llaman por el nombre completo, que discuten reglas
como si discutieran la vida. El parque de San Ignacio no tiene paredes, pero
tiene reglas. No están escritas: se aprenden mirando.
Dónde sentarse, cuándo hablar, a quién saludar
con la cabeza y a quién dejar pasar sin nombre. Es una sala comunal sin techo:
abierta, expuesta, sostenida solo por la costumbre.
El tablero organiza lo que afuera es desorden.
Seis colores, un recorrido claro, una meta posible. Mientras la ciudad grita,
aquí se negocia y se discuten reglas que nadie escribió.
El parque sostiene lo que la ciudad ya no sabe
dónde poner: conversaciones sueltas, silencios compartidos, bromas que solo
entienden los de la mesa. Aquí se habla de política sin micrófono, de plata sin
cifras, de la vida sin moraleja. El que llega mira; el que se queda aprende; el
que vuelve ya es parte.
El tranvía pasa como un reloj ajeno. Marca el
tiempo de los otros. En esta sala comunal el tiempo se mide distinto: por
jugadas, por risas cortas, por el sol que se mueve de un banco a otro. Cuando
oscurece, nadie clausura nada. La sala se disuelve sola.
Es una sala comunal sin techo, en pleno centro,
donde todavía se ensaya algo que la ciudad moderna olvidó: estar juntos sin
explicación. El parque no es una excepción, es parte del mismo centro que reza,
que espera el bus, que mide el día por semáforos y campanas. Aquí, como en las
iglesias, en las estaciones y en las esquinas, la gente llega sin cita y se
queda sin promesa. En el centro, algunos creen, otros juegan, otros vigilan,
otros esperan. Pero todos buscan lo mismo: un lugar donde el tiempo no los
empuje.
San Ignacio no es solo un parque. Es una sala
más de la ciudad, abierta todo el día, donde el centro todavía se sienta a
existir.

