Luis Alfonso García Carmona
Francamente no alcanzamos
a entender cómo a estas alturas existan colombianos que piensen en votar por el
continuismo del régimen actual o que, por lo menos, lo estén facilitando
a través de la estigmatización del único aspirante a la Presidencia con la
fuerza necesaria para derrotar esta destructiva tendencia que nos tiene al
borde del colapso, el “tigre” Abelardo de la Espriella.
No voy a reiterar
lo que todos los colombianos conocemos: El país se está desmoronando en todos
los frentes, mientras algunos siguen jugando alegremente a ser candidatos, a
sabiendas de que ni los votos ni el tiempo les van a alcanzar para materializar
sus fantasías.
Lo que más nos
preocupa es que, por nuestra imprevisión, condenemos a nuestro país a seguir subyugado
por la tiranía comunista que ha deteriorado moral y materialmente a nuestra
sociedad y pretende atornillarse en el poder por las próximas décadas.
Veamos, a título de
ejemplo, lo que ha sucedido con las inundaciones que han dejado en la más
absoluta pobreza a miles de familias. ¿Cuál fue la respuesta de este
régimen de los camaradas? Culpar del desastre a todo el mundo menos a su
imprevisión. Que fueron los oligarcas, los dueños de Hidroituango, etcétera; a
los alcaldes de los municipios de Córdoba que pidieron ser oídos, no los
atendió y los dejó sentados en el suelo esperándolo; en cambio, aprovechó la
excusa de la catástrofe para solicitar una nueva emergencia económica
para atender a los damnificados. Se le olvidó que sus propios ministros se
robaron los fondos de la Unidad de Riesgos para comprar la conciencia de
varios congresistas; que se ha gastado dos veces más de lo que cuesta la
atención del desastre en la vinculación de nóminas paralelas para hacer
política en favor de Iván Cepeda, su heredero; tampoco cuenta qué ha hecho
con los costosos incrementos de la deuda pública cuya destinación es un
misterio. En una palabra, es mayor el desastre económico que está causando
que el daño que dejó la turbulencia de las aguas.
Sin tocar para nada
el resto de las estupideces que a diario comete esta régimen de la corrupción y
de la mentira, el pésimo manejo del desastre natural es suficiente para ser pesimista
sobre la viabilidad del Estado bajo el candidato que promete continuar las
políticas del actual.
Repasando la
historia nos encontramos que los sumerios, hace la bicoca de 6000 años,
se asentaron a la orilla de los caudalosos ríos Tigris y Eufrates, en
Mesopotamia. Allí fundaron las primeras
ciudades de las que se tiene noticia, entre ellas, Uruk y Ur. Para subsistir
aprendieron a cultivar la tierra y trabajaron arduamente para aprovechar lo
único que abundaba, el agua, construyendo sistemas de riego que les
permitieron controlar los caudales e irrigar vastas extensiones de tierra para
la producción agrícola.
No hace falta ser
ingeniero para intuir que a lo largo de estos 6000 años algo ha avanzado la
ciencia, la tecnología, las matemáticas, la ingeniería hidráulica, el manejo
climático, que nos permita prevenir o, al menos, morigerar los efectos de las
crecidas de los ríos, canalizar la fuerza de las aguas, dominarlas para que, en
lugar de causar daños, se conviertan en el motor de un gran polo de
desarrollo agropecuario en todo el Caribe colombiano.
Puede decirse que
es un sueño. Tenemos derecho a soñar en un futuro de bienestar, de manejo
transparente del Estado y de alcanzar un nivel de desarrollo acorde con nuestra
privilegiada ubicación y la abundancia de nuestros recursos naturales.
Todo ello es
posible. Pero debemos empezar por tomar racionales decisiones al votar para
Congreso y presidente. Ni un solo voto por los corruptos y mediocres que nos
metieron en este pozo de horror. Miremos con esperanza al futuro con
quienes tienen el coraje, el valor y la decisión de cambiar el torcido rumbo
que emprendimos hace 10 años con el robo del plebiscito y la validación del
espurio Acuerdo de La Habana. ¡Firmes con la Patria!
