José Hilario López Agudelo
Quisiera descansar y dejar descansar a mis
lectores sobre los riesgos para los ecosistemas relacionados con las amenazas del
cambio climático y la necesidad de construir una transición energética adecuada
para nuestro país, asunto este que ha copado mi interés durante los últimos años.
Ante los pobres resultados de la reciente COP30 y el negativismo del actual gobierno
estadounidense, solo confió en las acciones de los organismos multilaterales latinoamericanos
y, sobre todo, en una nueva cultura individual y colectiva centrada en la conservación
de los ricos y variados ecosistemas que caracterizan nuestro subcontinente latinoamericano
y caribeño.
Ya en la última etapa de mi vida quisiera
volver a reflexionar sobre motivaciones existenciales, que me ayuden a volver sobre
mí mismo y prepararme para los tiempos de acelerado deterioro físico y mental, asociados
con la vejez. Empezaré esta aproximación reflexionando sobre la anhelada felicidad,
que todos lo humanos buscamos como objetivo central de nuestra vida terrenal, para
lo cual me apoyaré en un texto de Pedro Cubi del Amo publicado recientemente en
el portal Cuerpo Mente[1]. Muy posiblemente lo
que me propongo sea un escrito para mí mismo.
Desde la época de Aristóteles se viene hablando
de la ética de la virtud. Siglos repitiendo que la vida buena no se define como
un estado que dependa de lo externo, sino de una actitud interior. Si alguien es
honesto para evitar castigos, su conducta depende del miedo y así sigue atado a
esta maligna pasión que puede
paralizar o limitar, generando pensamientos negativos y desconfianza. Si alguien
es honesto porque entiende que mentir le complica la vida y le roba paz mental,
entonces la honestidad se convierte en una forma de libertad. La virtud (areté)
para el estagirita es un hábito o disposición adquirida para actuar bien, encontrando
un justo medio entre dos extremos viciosos, guiado por la recta razón y la prudencia,
lo cual permite al ser humano realizar su función propia y alcanzar la felicidad
(eudaimonía).
Es una excelencia en la ejecución de cualquier actividad y se cultiva con la práctica
y la educación, no se nace con ella.
Para Aristóteles, la felicidad no es un sentimiento
pasajero, sino el fin último y bien supremo de la vida humana, que se alcanza viviendo
de acuerdo con la razón y la virtud, realizando plenamente la propia naturaleza.
Es una actividad excelente (no un estado) que implica actuar bien y buscar el bien,
encontrando la autosuficiencia y la realización en la ejecución de las facultades
humanas de manera virtuosa, especialmente la contemplación.
En el estoicismo, la felicidad no es placer
ni fortuna, sino un estado de florecimiento y serenidad profunda que se logra viviendo
en armonía con la razón y la virtud, aceptando lo inevitable y enfocándose en lo
que se puede controlar: los propios juicios y acciones, cultivando sabiduría, justicia,
coraje y moderación para alcanzar la paz interior (ataraxia).
Baruch
Spinosa, uno de los pensadores más importantes
del siglo XVII, ya analizaba el sentido de la vida y la búsqueda de felicidad como
si viviera en el XXI: una felicidad estable y sólida, no basada en caprichos del
destino. En síntesis: “La felicidad no es el premio de la virtud, sino la virtud
misma”.
Estamos acostumbrados a pensar la vida como
un sistema que premia: me esfuerzo, me porto bien… y algún día tendré la recompensa.
Nos educan en este sistema. Eso da tranquilidad. Una sensación de que, si haces
lo correcto tarde o temprano te llegará el reconocimiento. Con Spinoza, esa lógica
se rompe. Este filósofo holandés planteaba allá por 1650 que el sentido de la vida
y la búsqueda de la felicidad no hay que ir buscándolos al final de nuestra vida,
como quien espera la paga de final de mes o el premio por buen comportamiento.
Si traemos a Spinoza aquí y ahora es porque
se trata de uno de los autores más recomendables
para estudiar y tratar de resistir, desde nuestra interioridad, los momentos
de confusión y caos en que está entrando la civilización occidental. Nos devuelve
la esperanza en el ser humano y en el amor. Nos habla de cómo ser felices, lo que
va muy bien en un día triste de este incierto año que se está iniciando, con las
tropelías de los poderosos trumps y demás personajes de su calaña que lideran la
suerte del mundo, para no hablar de la polarización política de nuestro país.
Spinoza es famoso por varias razones, pero
hay dos que lo colocan como una figura clave de la modernidad: su forma radical
de entender a Dios y su apuesta por una libertad que no dependa de la suerte. Dios
deja de ser un señor separado del mundo. Para nuestro filósofo, Dios es la propia
naturaleza. La religión basada en el miedo y el castigo pierde sentido en su sistema.
La fórmula de la felicidad de Spinoza
Entremos a profundizar en la otra idea, la
de que la libertad no depende de la suerte, porque eso está muy relacionado con
la felicidad. Spinoza asegura que la libertad importante es la interior y tiene
que ver con nuestras actitudes y comportamientos. Sus enseñanzas relacionadas se
encuentran compiladas en su obra principal titulada “La ética demostrada según
el orden geométrico”, donde Spinoza se propone explicar su filosofía con lógica
matemática. Su manera de escribir es como si fuera geometría, con definiciones,
axiomas y demostraciones.
En su obra Spinoza lo que busca es mostrarnos
una manera de vivir que no dependa de las opiniones del momento. En su lugar propone
algo que hoy nos resulta más actual que muchos de los escritos modernos: gran parte
de nuestros sufrimientos no provienen de ser débiles, sino de no entendernos a nosotros
mismos. Y es que el camino hacia una vida más estable pasa por conocer mejor cómo
funcionan nuestros deseos y nuestras emociones. ¿Qué queremos de la vida? La mayoría
diremos, ser felices,
claro. ¿Y en qué consiste ser feliz?: Spinoza aclara que la felicidad no es estar
alegre en todo momento, como si la tristeza fuera una falla del sistema. La felicidad
(a menudo traducida del latín como beatitud) se parece más a una alegría sólida.
Es una estabilidad interior.
Hacia el final del citado libro, Spinoza
concluye: en lugar de decir sé virtuoso y entonces serás feliz, afirma que en el
acto mismo de vivir virtuosamente (es decir, con más libertad
y lucidez) ya hay felicidad. Si alguien hace “lo correcto” solo esperando
una recompensa, en el fondo sigue atado: depende del resultado, de que el mundo
le devuelva algo. Spinoza desconfía de esta idea moral basada en la recompensa,
como si el universo llevara un registro y al final repartiera premios. Sabemos que
eso no es así. A veces ganan los malos. A veces no se cumplen nuestras expectativas.
La felicidad radica en la vida buena, que para mí es el servicio y la cooperación.
Para terminar, quisiera mencionar el filósofo chino Xun Zi, cuando afirma: "La naturaleza del hombre es mala; lo que es bueno en él proviene de la actividad deliberada", texto que en parte coincide con una de mis más firmes creencias, basada en el principio que la bondad del hombre es un constructo de la cultura y de la educación recibida.
[1] https://www.cuerpomente.com/psicologia/que-queria-decir-spinoza-afirmar-felicidad-no-es-premio-virtud-sino-virtud-misma_17785.