jueves, 15 de enero de 2026

Horizontes

Fredy Angarita
Fredy Angarita

Al mencionar esta palabra, se me viene a la memoria un cuadro relacionado con la pujanza antioqueña: Horizontes, de Francisco Antonio Cano. Representa a un hombre señalando un punto que el espectador no alcanza a ver. Después de varias consultas, aparecen múltiples interpretaciones. La obra tiene originalmente cinco representaciones, pero en la historia se le atribuyen más de veinte, dependiendo de la época, el autor o la visión. Si esto ocurre con un cuadro, imagínese lo que pasa en lo cotidiano.


Nadie mira el horizonte de la misma manera. Algunos lo observan como quien espera una señal, otros como quien calcula cuánto falta, hay quienes lo llevan en los ojos sin saber nombrarlo, y quienes lo han perdido después de tanto intentar alcanzarlo.

El horizonte no es una línea: es una herida lejana. Una promesa que se mueve cada vez que damos un paso. Para unos es futuro, para otros, escape. Hay horizontes cortos, estrechos como una cuadra sin salida, y horizontes amplios que no caben en una vida entera.

Los he visto en los rostros de la gente. Cada uno carga su propio horizonte: invisible, íntimo, silencioso. Todos, sin excepción, caminan hacia algo que no saben si existe.

El significado de horizonte es: límite visual de la superficie terrestre, donde parecen juntarse el cielo y la tierra.

En Ayacucho, la calle que transito todas las mañanas, el cielo baja en buses articulados y la tierra sube en cuerpos cansados. El horizonte no es una línea lejana ni una promesa abierta, es una estación de Metroplús que lleva años en el mismo lugar, viendo pasar lo que no se queda. La calle es transitada, inclinada, ruidosa. Algunos bajan, otros suben.

El vendedor ambulante lo observa como quien calcula el pulso del día. Su horizonte dura lo que dura un semáforo en rojo. Cuando el bus se detiene, existe la posibilidad, cuando arranca, vuelve la espera. Él no mira lejos, mira rápido. El horizonte, para él, es flujo, moneda, riesgo. Sabe que mañana estará ahí, pero nunca sabe si hoy alcanzará.

El vigilante lo enfrenta de pie, inmóvil, siempre en el mismo punto, la misma distancia, la misma rutina. Su mirada no busca futuro; busca orden. El horizonte no avanza ni retrocede, se repite. Ha visto pasar de todo sin que nada le pertenezca. Custodia un límite que no es suyo.

El habitante de calle no lo contempla. Para él, el horizonte no está adelante sino abajo, en el suelo que quema o enfría, en la bolsa que carga, en el cuerpo que resiste otro día más, la estación existe, pero no promete nada. El futuro es demasiado amplio para alguien que vive en el ahora.

El policía observa el horizonte como frontera. Desde ahí mide sospechas, movimientos, presencias incómodas. Todo lo que cruza esa línea merece atención. Él está para que nada se desborde. Su horizonte es una norma invisible que separa lo permitido de lo que no.

El panadero lo ve cuando la ciudad aún no despierta. Llega antes que el ruido, antes que el afán. Su horizonte huele a masa caliente y a madrugadas repetidas. Sabe exactamente a qué hora pasará el primer bus. Su vida se mide en rutinas, no en distancias.

El peatón apenas lo roza. Camina mirando el reloj, el celular, el suelo. La estación es solo un punto más en el trayecto. No se detiene a pensar que ese horizonte es definitivo para otros. Lo cruza sin saberlo.

Todos ven la misma estructura de concreto, los mismos carriles, los mismos cables cortando el cielo.

Pero cada uno carga un horizonte distinto, hecho de miedo, costumbre, necesidad o de paso.

En esta calle, el horizonte nos invita a caminar, impone una dirección, no se transforma, no desaparece. Permanece mientras los cuerpos se desgastan, mientras las historias se acumulan sin nombre.