Al mencionar esta palabra, se me viene a la
memoria un cuadro relacionado con la pujanza antioqueña: Horizontes, de
Francisco Antonio Cano. Representa a un hombre señalando un punto que el
espectador no alcanza a ver. Después de varias consultas, aparecen múltiples
interpretaciones. La obra tiene originalmente cinco representaciones, pero en
la historia se le atribuyen más de veinte, dependiendo de la época, el autor o
la visión. Si esto ocurre con un cuadro, imagínese lo que pasa en lo cotidiano.
El horizonte no es una línea: es una herida
lejana. Una promesa que se mueve cada vez que damos un paso. Para unos es
futuro, para otros, escape. Hay horizontes cortos, estrechos como una cuadra
sin salida, y horizontes amplios que no caben en una vida entera.
Los he visto en los rostros de la gente. Cada
uno carga su propio horizonte: invisible, íntimo, silencioso. Todos, sin
excepción, caminan hacia algo que no saben si existe.
El significado de horizonte es: límite visual
de la superficie terrestre, donde parecen juntarse el cielo y la tierra.
En Ayacucho, la calle que transito todas las
mañanas, el cielo baja en buses articulados y la tierra sube en cuerpos
cansados. El horizonte no es una línea lejana ni una promesa abierta, es una
estación de Metroplús que lleva años en el mismo lugar, viendo pasar lo que no
se queda. La calle es transitada, inclinada, ruidosa. Algunos bajan, otros
suben.
El vendedor ambulante lo observa como quien
calcula el pulso del día. Su horizonte dura lo que dura un semáforo en rojo.
Cuando el bus se detiene, existe la posibilidad, cuando arranca, vuelve la
espera. Él no mira lejos, mira rápido. El horizonte, para él, es flujo, moneda,
riesgo. Sabe que mañana estará ahí, pero nunca sabe si hoy alcanzará.
El vigilante lo enfrenta de pie, inmóvil,
siempre en el mismo punto, la misma distancia, la misma rutina. Su mirada no
busca futuro; busca orden. El horizonte no avanza ni retrocede, se repite. Ha
visto pasar de todo sin que nada le pertenezca. Custodia un límite que no es
suyo.
El habitante de calle no lo contempla. Para él,
el horizonte no está adelante sino abajo, en el suelo que quema o enfría, en la
bolsa que carga, en el cuerpo que resiste otro día más, la estación existe,
pero no promete nada. El futuro es demasiado amplio para alguien que vive en el
ahora.
El policía observa el horizonte como frontera.
Desde ahí mide sospechas, movimientos, presencias incómodas. Todo lo que cruza
esa línea merece atención. Él está para que nada se desborde. Su horizonte es
una norma invisible que separa lo permitido de lo que no.
El panadero lo ve cuando la ciudad aún no
despierta. Llega antes que el ruido, antes que el afán. Su horizonte huele a
masa caliente y a madrugadas repetidas. Sabe exactamente a qué hora pasará el
primer bus. Su vida se mide en rutinas, no en distancias.
El peatón apenas lo roza. Camina mirando el
reloj, el celular, el suelo. La estación es solo un punto más en el trayecto.
No se detiene a pensar que ese horizonte es definitivo para otros. Lo cruza sin
saberlo.
Todos ven la misma estructura de concreto, los
mismos carriles, los mismos cables cortando el cielo.
Pero cada uno carga un horizonte distinto,
hecho de miedo, costumbre, necesidad o de paso.
En esta calle, el horizonte nos invita a caminar, impone una dirección, no se transforma, no desaparece. Permanece mientras los cuerpos se desgastan, mientras las historias se acumulan sin nombre.

