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| Parroquias de San Ignacio y San José |
Fredy AngaritaLos que vivimos en Medellín conocemos el término barreras invisibles. Por lo general se relacionan con la violencia. En este caso no se trata de eso; aquí la barrera es otra: la devoción católica.
Quiero apropiarme de este término porque, con apenas unos
cuantos metros caminados, encontramos dos referentes del centro de mi ciudad:
la iglesia de San Ignacio y la iglesia de San José. Ambas superan los cien años
después de su terminación: San Ignacio es más antigua (1803), San José llega
después (1850).
La dinámica del centro puede cambiar de una acera a otra, y
la fe no está exenta. Tratando de entender estas diferencias, después de hablar
con doña Mercedes, creo haber encontrado una de las principales claves de su
entorno. En San Ignacio encontramos más feligreses: personas que viven allí,
miembros estables de la comunidad, que asisten regularmente a su iglesia. En
San José hablé con sus devotos, viajeros que buscan una experiencia espiritual a
través de una advocación. Ambas son formas de buscar lo que muchos llaman paz o
tranquilidad espiritual.
Sus entornos son muy distintos. Una abre sus puertas en
horarios específicos; no gira alrededor del comercio religioso, mientras que la
otra sí, y abre de forma continua, desde la mañana hasta la noche, lo que bien
podría remitir a pasajes como: Marcos
11:15-17. “comenzó
a echar fuera a los que vendían y compraban en el templo”.
Parroquia de San Ignacio
Parroquia de San Ignacio
5:00 p. m. El templo abre sus puertas. No suena ninguna
invitación que llame a la misa. En la entrada ya está doña Abigail. Ingresa y
camina hacia las bancas de adelante. Algunas personas entran, se persignan, se
arrodillan, hacen una venia y, después de varios minutos, salen del templo.
5:25 p. m. El templo sigue a media luz. Solo está encendida
la del Santísimo.
5:31 p. m. Doña Mercedes comienza a rezar el rosario. De
inmediato se encienden las luces laterales. Las pocas personas presentes
responden; se escucha un eco, como el de un espacio que lleva mucho tiempo
vacío. No se entiende nada, pero no es por el ruido, sino por la escasez de
voces dispuestas a responder.
5:45 p. m. Suena la invitación del templo: clon… clon…
tan… tan… tan…
5:53 p. m. Termina el rosario con un:
—María Auxiliadora, acompáñanos.
—San José, protégenos.
5:54 p. m. Se encienden las luces del resto del templo.
6:00 p. m. Suena una campañilla y sale el sacerdote:
—Hoy celebramos el cumpleaños de doña Abigail, quien celebra
sus 93 años, suena un corto aplauso y la misa da su inicio con unos 15 feligreses.
Parroquia San José
Parroquia San José
5:00 p. m. Puertas abiertas.
Todas lo están, pero el ingreso es solo por la central ya que las demás tienen
rejas. La dinámica de los devotos se repite: ingresan, se arrodillan; otros se
persignan y salen. El tiempo de oración es de unos minutos, más extensos. La
iglesia es muy concurrida y tiene dos advocaciones que marcan la diferencia
frente a las demás: Jesús de la Buena Esperanza y San José dormido.
Gran parte de los devotos se concentra al frente de San José. Arrancan una hoja
de los muchos cuadernos dispuestos ante su altar y luego se sientan a escribir
sus peticiones.
5:05 p. m. Se escucha por los parlantes la voz de un hombre
—el sacerdote—: “Buenas tardes. Los invito a recorrer un camino de
conversión. Vamos a realizar el Viacrucis. Vamos a pedir por cada una de
nuestras cruces”. Las luces del templo están, en su mayoría, encendidas.
5:20 p. m. Sigue el alto flujo de devotos. Parece una
avenida, caminando en ambos sentidos. Avanzan hasta el fondo, hacia el altar de
San José; desde lejos se escucha: Séptima estación: Jesús cae por segunda
vez. Al fondo, alguien entona Perdona a tu pueblo, Señor, y el coro
hace el resto. Muchos de los devotos se unen al viacrucis.
5:40 p. m. A esta hora la cantidad de devotos es mayor. La
dinámica es la misma: ingresan, hacen sus plegarias, salen. Algunos se acercan
a un pequeño escaparate en la entrada y preguntan por velas, escapularios,
novenas. Suena por los altavoces: “Décima cuarta estación: Jesús es colocado
en el sepulcro”.
5:45 p. m. La misma voz que entona el Viacrucis recuerda: “No
olviden que los viernes se realiza el ejercicio del Viacrucis. En el nombre del
Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”.
El ruido de afuera se impone un poco más: pitos de buses,
carretilleros —aguacate, veinte limones por dos mil—, silbatos de los
guardas de tránsito. Este puede ser uno de los motivos del alto flujo de
devotos. Es uno de los principales paraderos de buses.
Dentro del templo, la cantidad de tonos de celulares
sorprende: riiiing, pip pip pip… ring. “Aló, ya salgo… ah bueno”.
5:50 p. m. Suena otra voz: “Viernes 23, oración del
penitente”, y comienza a recitar el Salmo cincuenta: “Misericordia, Dios
mío…” En los confesionarios ya hay personas esperando al sacerdote para
cumplir con el sacramento.
5:58 p. m. “El ángel del Señor anunció a María. He aquí
la esclava del Señor…”
6:00 p. m. Tilín. En el templo quedan más de cien
devotos. “Buenas tardes. Bienvenidos a la casa del Señor. Hoy celebramos el
día de San Ildefonso”. El sacerdote lee una breve biografía y da comienzo a
la celebración.
“La eucaristía es por la Iglesia universal y
por el descanso de Olivia, intención de su familia.”
Dos iglesias separadas por 270 metros y por una forma distinta de creer, en una, la fe tiene nombre y rutina; en la otra, paso y urgencia. No hay violencia en esta frontera, pero existe. Se cruza caminando, rezando o apenas mirando. Y mientras doña Abigail apaga su vela, el centro sigue girando con una pregunta sin respuesta: ¿la fe se hereda, se aprende o simplemente se busca cuando hace falta?

