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jueves, 5 de marzo de 2020

Vigía: entre la JEP, Comisión de la Verdad y la ONU


Por John Marulanda*

Coronel John Marulanda
La JEP niega la condición de víctimas a los estudiantes militares de un centro universitario, que tiene protección especial de acuerdo con el DIH, atacado con un carro bomba (arma no convencional prohibida por el DIH y el protocolo de Kioto) en medio de un área residencial habitada por civiles. Se repite lo del Club el Nogal, que, según los narcoterroristas, era un centro de planeamiento militar. La JEP facilita la fuga de los cabecillas, avala vacaciones de asesinos confesos, recibe las declaraciones de los narcoterroristas farianos en recinto cerrado mientras permite que las barras bravas de la izquierda abucheen a los declarantes militares.

En esta misma corte inquisitorial impuesta desde La Habana, los narcoterroristas farianos declaran no haber secuestrado y contra toda evidencia documental y testimonial, juran nunca haber maltratado a sus secuestrados. Niegan sus campos de concentración, mientras la magistrada del caso, en trance de ensoñación, sonríe pensando en Arturo Cova, el de “La Vorágine” y no en alias «Tornillo», el senador.

En esa supracorte sin credibilidad, la barbarie y el sinsentido de la justicia comunista muestra todo su nauseabundo esplendor, avanzando entre malabarismos legales y falacias retóricas. Entretanto, la iñiguista Comisión de la Verdad insiste en recrear la historia, inventando nuevos héroes donde solo hay delincuentes y depredadores y estigmatizando a los soldados, los verdaderos héroes hijos del pueblo. La tenaza JEP ‒verdad jurídica negacionista‒, Comisión de la Verdad ‒verdad histórica revisionista‒, intenta reconstruir y legalizar el pasado para ofrecer un futuro socialista de pauperización y miseria. Como en Venezuela.

A ese contubernio se agregan los apuntes de un lagarto de la ONU, ciudadano de Italia, uno de los países con mayor consumo de cocaína en Europa, quien señala nuevas tareas a nuestro ejército, quiere cambiar el destino funcional de nuestra policía, propone acabar con el Esmad y acusa a nuestros policías de asesinos.

Mientras tanto, los carteles del ELN y las FARC y sus milicianos crecen en medio de estudiantes despistados y oligarcas del obrerismo. La mayoría de los colombianos miran con desconcierto e ira contenida todo este tinglado de imposturas, intereses mezquinos y mentiras aplaudidas por la mamertada nacional e internacional. Decisiones duras como desactivar la tal JEP, terminar la Comisión de Roux, poner a los agentes de la ONU en su sitio y romper con Cuba, adquieren sentido para frenar el inicio de un nuevo ciclo de violencia que se percibe en el ambiente.

miércoles, 31 de julio de 2019

Prudencia o impotencia


Por John Marulanda*

Coronel John Marulanda
Si los soldados y policías son humillados durante el cumplimiento de su misión, vilipendiados por agentes extranjeros y juzgados y condenados por el enemigo que derrotaron, cuando llegue el momento de salvaguardar a sus conciudadanos, vacilarán y cada quien tendrá que defenderse como pueda. Y ahí reiniciará el caos.

Lo sucedido en La Lizama, es un adelanto de lo que puede suceder en grande si no se adoptan medidas serias, aunque incómodas, destinadas a evitar que el país caiga en una nueva oleada de barbarie. Lo que viene sucediendo cada vez con mayor frecuencia y de manera sistemática en Cauca, Nariño, Putumayo, Catatumbo, Arauca y en el propio Bogotá, es una muestra de las vulnerabilidades y debilidades de las fuerzas legales y legítimas del Estado. Ni en Noruega, ni en Francia, ni en Estados Unidos, puede una persona amenazar a un soldado con un machete en el cuello mientras intenta quitarle su fusil de dotación, ni apedrear a un militar por la espalda, sin que haya una reacción fuerte. Aquí, burócratas, periodistas y jueces mamertoides descalifican la letalidad de las fuerzas militares como algo perverso, cuando en realidad es el mejor disuasivo para males peores, como el del camino que estamos transitando a la vista de todos. La prudencia es una cosa, el amilanamiento otra. Para no hablar de la cobardía.

Narcomilicianos farianos y elenos, al comprobar que los soldados no van a disparar, avanzarán intentando meterse a bases o cuarteles para asesinar uniformados, obtener armamento o realizar actos simbólicos como izar su bandera y pintar grafitis, éxitos asegurados de táctica propagandística.

Mientras tanto, algunos comandantes militares y policiales, amedrentados por jueces amañados y por gacetilleros, parecen esperar la orden del señor Vivanco desde Washington, para hacer uso de sus armas de dotación, a pesar de estar cumpliendo a cabalidad con todos los protocolos establecidos, como lo aclaró la Comisión de Excelencia Militar.

Indígenas cocaleros, campesinos entrenados por cubanos y jóvenes milicianos manipulados por hábiles comunistas, impiden que nuestros policías cumplan órdenes de captura, dinamitan a quienes erradican cultivos ilícitos, montan acusaciones falsas, mientras sus cabecillas, desde Caracas, vociferan libertad, justicia, antimperialismo y cacarean el tozudo proyecto castro chavista: construir a punta de babas, ladronismo y plomo una sola patria narco bolivariana, ahora con dos corredores estratégicos binacionales en pleno desarrollo, al norte y al sur de ambos países. Cortesía santoshabanera de la “combinación de todas las formas de lucha”.