Mostrando las entradas con la etiqueta Mascotas. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Mascotas. Mostrar todas las entradas

viernes, 27 de febrero de 2026

Entre mascotas y therians

José Leonardo Rincón, S. J.
José Leonardo Rincón, S. J.

Creo que la primera decisión importante que tomé en mí vida fue la de no tener mascotas. Dura conclusión para un niño de tan solo 7 años. De hecho, los animales me fascinan, sobre todo cuando aún son pequeñitos, cualquiera fuese su especie, particularmente gatos y perros. La cuestión traumática resultó ser la obligada separación porque no teníamos manera de cuidarlos o, peor aún, la trágica muerte que producía un luto casi igual al de un ser humano muy querido. Tanto dolor y lágrimas no eran deseables y por eso la decisión.

Lo que nunca imaginé con el correr de los años fue que las mascotas llegasen a cobrar tal importancia en la vida de la gente que hoy día las prefieren a tener hijos. Claro, criar un hijo, un ser humano, es bien de pa’arriba, bien exigente, riesgoso, costoso, demandante… en cambio un animalito lo es menos, son cariñosos, nobles, poco necios, son nobles, leales y tiernos. No dicen mentiras, no hay que vestirlos con ropa de marca, no van a universidades costosas.

Pero el culmen de lo que faltaba por verse es que algunos humanos ahora pretendan identificarse psicológica y espiritualmente con uno de esos animales, más aún, que se sientan efectivamente que son animales sin serlo, que se pongan máscaras y colas, se disfracen y quieran comportarse como tales porque, según ellos, en realidad lo son. ¿Juego?, ¿protesta?

Ya en nuestro lenguaje cotidiano, aludimos a animales, bien como apodo, como expresión afectuosa (gato, oso) o para resaltar características particulares: pollo (joven), perro (mujeriego), zorro (astuto), toro (fuerte), vaca (gordo), víbora (venenoso, sinuoso), tigre (hábil)… en fin, también puede ser para estigmatizante ridiculizacion y burla: loro, lagarto, sapo.

De la ciencia ficción me acordé de la serie “V la batalla final”, la historia de unos reptiles disfrazados de humanos que nos tenían sometidos. Y circula en redes el cuento de que camuflados entre nosotros por ahí andan los “reptilianos” que bien podrían evidenciar que no son cuento sino real invasión extraterrestre.

Entonces, pongámonos de acuerdo: humanos que quieren ser animales, animales que quieren ser humanos. ¿No están contentos con su naturaleza? Los primeros añoran el afecto, el cariño, el tiempo y la dedicación que ciertos humanos prodigan a los animales dándoles un estatus y unas comodidades y bienestar que no tendrían cono humanos. Los segundos, reales bestias (eso traduce therian), añoran la inteligencia y el señorío que la especie humana ha logrado de evolución. Unos quieren degradarse involucionando, otros quieren progresar evolucionando.

Me parece leer detrás de todo este fenómeno un llamado de atención y un cuestionamiento a poner las cosas en su sitio. Perdón, a ponerNOS en el sitio correcto de la historia. Como coloquialmente se dice: cada loro en su estaca. Si nacimos humanos, seamos humanos, comportémonos como humanos y engrandezcamos y dignifiquemos nuestra condición humana. Es cuestión de identidad, más exactamente, de dignidad.

miércoles, 25 de febrero de 2026

De cara al porvenir: paseadores de perros

Pedro Juan González Carvajal
Pedro Juan González Carvajal

La tendencia moderna hacia la urbanización intensiva y la proliferación de apartamentos cada vez más funcionales y pequeños, ha coincidido en épocas recientes con el auge y el apogeo cultural por compartir la vida con mascotas, dentro de las cuales los perros y los gatos son los más representativos, corriente que va en aumento, ante la realidad socio demográfica de que los jóvenes no necesariamente quieren tener hijos, lo cual es una postura y una decisión de vida más que respetable.

Partiendo de la buena fe y de la legitimidad de un trabajo que responde a la necesidad sentida de que las mascotas que viven encerradas en apartamentos deben tener la posibilidad de salir a caminar para hacer ejercicio o a hacer sus necesidades biológicas, se hace cada vez más común ver, sobre todo en las horas de la mañana, a un puñado de jóvenes, hombres y mujeres que llevan en sus manos varios perros de diferentes tamaños, razas y edades (he llegado a contar hasta 14 perros en manos de un paseador), lo cual como imagen para quienes disfrutamos la presencia de los hoy denominados “peludos”, causa admiración y además, honda preocupación.

Los paseadores han tratado de manera espontánea de vestirse más o menos parecido para poder ser identificados.

Surgen algunas inquietudes mínimas y básicas, pero de profunda reflexión.

Si yo llevo por decir algo 7 perros y uno de ellos defeca, ¿si tengo la posibilidad de recoger ese popó con 7 perros encima? La respuesta es no y obviamente la suciedad se produce y se acumula, afectando a los peatones.

Si por alguna situación no deseada uno de los perros se escapa, ¿quién responde? No pensemos ingenuamente que el paseador, pues este no cuenta con los recursos para hacerlo.

¿Y si algún perro salta de la acera y es atropellado por un carro? ¿Y si algún maleante se roba alguno? ¿Y si alguno de los perros reacciona violentamente ante alguna persona y lo ataca?

Este tipo de servicios debe ser ofrecido de manera formal, alrededor, por ejemplo, de una cooperativa, de modo que exista un verdadero responsable y se pueda organizar esta actividad, que es necesaria y que presta un gran servicio pero que hoy en día es absolutamente informal y obviamente carente de capacidades reales para asumir responsabilidades.

Yo por mi parte no le entrego mis perros a nadie y si yo no hago ejercicio personalmente, pues espero la solidaridad de mis mascotas para que tampoco lo hagan.

Cada época trae su afán y hoy por hoy, en términos de convivencia, cuidado, respeto por los animales y adecuado uso del espacio público, se hace necesario que las autoridades tomen en sus manos la definición y aplicación de reglas claras para la prestación de este servicio hoy tan demandado.

Vivir en comunidad y tranquilos, no es fácil. De ahí que todos y cada uno debe aportar su granito de arena y fomentar la práctica del respeto.

Recordemos a Gandhi cuando dice: “Un país, una civilización se puede juzgar por la forma en que trata a sus animales”.

martes, 7 de febrero de 2023

De cara al porvenir: mundo raro

Pedro Juan González Carvajal
Por Pedro Juan González Carvajal*

Serán los años que hacen ver la realidad con otra óptica o será la mismísima realidad la que cada vez presenta facetas más descabelladas. Puede ser tanto lo uno como lo otro, pero, la verdad, yo que me precio de tener mente abierta y que afirmo estar preparado para casi todo, observo situaciones generalizadas muy pero muy extrañas.

Dada mi vocación por la educación y mi extenso ejercicio docente, he tenido la fortuna de ser profesor de miles de estudiantes de varias generaciones y he sido testigo de los cambios que se presentan generación tras generación. En este aspecto he tratado de no incurrir en aquello que hoy llaman el “culto a la juventud” pero tampoco en la generalizada descalificación de las nuevas generaciones. Tienen virtudes y defectos como yo a su edad; son rebeldes e irreverentes como yo a su edad y, hasta aquí, nada que reprochar. Pero hay dos detalles notorios que se echan de menos en los jóvenes: no saben saludar ni dar las gracias y estas dos prácticas son mínimos básicos de convivencia. Para mí y los de mi generación, que fuimos educados bajo la regla de “sí señor, no señor, buenos días, buenas tardes, por favor, muchas gracias” es raro, muy raro, llegar a un lugar en el que los jóvenes y algunos no tan jóvenes no tengan la cortesía de un saludo. De la misma manera es raro, muy raro, que cuando un joven reciba algo –un regalo, un favor, un servicio, no se digne a dar las gracias. Como decían nuestras madres: son unos merecidos.

De otro lado, desde niño he tenido mascotas. Tortugas, pájaros, algún hámster, pero, sobre todo, muchos –casi incontables– perros. Converso con ellos, duermo con ellos, les leo en voz alta mis escritos (y casi siempre ponen la misma cara de desasosiego que deben tener en este momento algunos amables lectores). Pero siempre he tenido claro que son mis mascotas, son animales y, para mí, esa es la gracia de la relación. En los últimos tiempos, por múltiples razones y en buena hora, se han generalizado los animales de compañía y esto ha impulsado toda una industria de las mascotas: almacenes de artículos para mascotas, alimentos variados, guarderías para mascotas, servicios veterinarios cada vez de mejor calidad, seguros para mascotas, paseadores de perros, chips para su localización y, quién lo creyera, hasta bozales, collares y cadenas. Además, cada vez se generalizan más los lugares pet friendly. Recordemos que hace algunos meses se definió el Congreso de la República como lugar pet friendly y ya vemos en su recinto, perros, gatos (además de los tradicionales lagartos y ratas) y hasta un congresista llegó en su caballo (a propósito, hace pocos días murió la bestia. El caballo, no el congresista).

Todo lo anterior está bien, pero se está llegando a un extremo de humanización de las mascotas que, desde mi punto de vista, va en perjuicio de la mascota y del humano. Hoy, se habla incluso de familias multiespecie. ¡Por favor! Si la gracia de las mascotas es precisamente que no son humanos. O no recordamos la frase de Lord Byron: “mientras más conozco a los hombres, más quiero a mi perro”.

Pero bueno, preparémonos porque se seguirán presentando más cosas raras y seremos testigos de grandes prodigios. Y aclaro, este artículo no fue escrito por ningún programa de inteligencia artificial, por lo tanto, los errores que encuentren en él son fruto de la maravillosa torpeza humana.