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martes, 23 de diciembre de 2025

De cara al porvenir: distopía

Pedro Juan González Carvajal
Pedro Juan González Carvajal

¿Recuerdas la novela distópica de George Orwell de 1949, Mil novecientos ochenta y cuatro?

Como sabrán los fanáticos, se centraba en el régimen autoritario de estilo estalinista de Oceanía, que estaba dirigido por cuatro grandes ministerios: el Ministerio de la Verdad, el Ministerio de la Paz, el Ministerio del Amor y el Ministerio de la Abundancia.

Irónicamente, según Orwell, «El Ministerio de la Paz se ocupa de la guerra, el Ministerio de la Verdad de las mentiras, el Ministerio del Amor de la tortura y el Ministerio de la Abundancia del hambre. Estas contradicciones no son accidentales ni resultado de la hipocresía común: son ejercicios deliberados de doble pensamiento».

Pensamos en esto cuando escuchamos la noticia de que el Departamento de Defensa pasaría a llamarse “Departamento de Guerra”.

Como lo expresó el Secretario de Defensa Hegseth: “Ganamos la Primera Guerra Mundial y la Segunda Guerra Mundial, no con el Departamento de Defensa, sino con el Departamento de Guerra”.

O como dijo Trump: «La 'defensa' es demasiado defensiva. Y queremos ser defensivos, pero también queremos ser ofensivos si es necesario».

Y hay un pequeño detalle: el Departamento de Defensa se llamó Departamento de Guerra durante 150 años antes de que Truman cambiara su nombre en 1949 tras la Segunda Guerra Mundial. Este posible cambio de nombre no es tanto una reinvención, sino una restauración de su cometido original.

Sin duda, esta medida tendrá sus críticos. Por ejemplo, su doble pensamiento, basado en amenazas.

Excepto que no es doblepensar.

Es un reconocimiento de la paradoja inherente a la guerra.

Como decían los romanos: «Si vis pacem, para bellum». Si quieres la paz, prepárate para la guerra.

O, parafraseando a Teddy Roosevelt, “hablar en voz baja no sirve de mucho sin llevar un gran garrote”.

Hay una razón por la cual llamamos a los hombres y mujeres de nuestras fuerzas armadas combinadas “combatientes” y no “facilitadores de la paz”.

A algunos les encantará, a otros les desagradará, todo depende de su visión del mundo. Sea como sea, transmite el mensaje deseado: "hablamos en serio. No te metas con nosotros".

Lo fascinante es cómo cambiar una sola palabra podría potencialmente realinear todo el “telos” de la mayor fuerza militar en la historia del mundo.

Ese es el poder de encuadrar , o en este caso, de reencuadrar.

Los críticos ya califican este cambio de nombre de “caro” y “cosmético”.

Mark Twain comprendió la distinción. Dijo que la diferencia entre la palabra casi correcta y la palabra correcta es «la diferencia entre la luciérnaga y el rayo».

El encuadre lo cambia todo.

Es el primer paso, la base misma de un cambio cultural sustancial. Independientemente de la postura política, se puede considerar que este desarrollo merece toda su atención.

Una palabra. Una realidad completamente diferente.

miércoles, 28 de julio de 2021

Del tintero de Orwell

José Alvear Sanín
Por José Alvear Sanín*

En el mundo distópico de “1984”, George Orwell describe minuciosamente el funcionamiento del gobierno totalitario, que ya había sido perfeccionado por Stalin en 1948, cuando apareció el libro. La omnipotente maquinaria del “Gran Hermano” funciona a través de cuatro ministerios: el del Amor, encargado del Odio; el de la Verdad, que difunde la Mentira; el de la Paz, que hace la Guerra; y el de la Abundancia, que se ocupa del racionamiento y la hambruna.

Ahora bien, a pesar de su profunda exploración sobre los mecanismos del Estado totalitario, a Orwell se le quedaron en el tintero algunos de los que operan en los regímenes despóticos para eliminar toda libertad individual.

En ese mundo se ha impuesto “la neolengua”, donde las palabras se construyen con fines políticos, para dirigir y controlar el pensamiento de las gentes. El lenguaje políticamente correcto —acoto— es el primer escalón hacia la neolengua obligatoria.

A medida que avanza la revolución colombiana se observan los mecanismos embrionarios de los ministerios del Nuevo Orden:

Fecode se va configurando como el Ministerio de la Verdad, que indoctrina a partir del kínder, donde se enseña a los párvulos a cantar el nuevo himno nacional: “¡Uribe, paraco, el pueblo está verraco!”.

Y en la rama “Judicial” se vislumbra el futuro Ministerio del Amor, si consideramos el verdadero significado actual de ciertas palabras en Colombia:

Derecho = Torcido

Justicia = Impunidad

Debido proceso = Arbitrariedad

Legalidad = Flexibilidad

Términos = Eternidad

Imparcialidad = Favoritismo

Juez = Agente político

Constitución = Acuerdo final

Perjurio = Prueba “reina”

Altas Cortes = Bajos fondos

Es verdad que en contadas ocasiones algún despacho falla en derecho, pero como una golondrina no hace verano, en la subsiguiente apelación la sentencia ajustada a la ley es revocada torticeramente.

En esas condiciones, la opinión pública se va acostumbrando a incontables fallos insólitos, que se suceden diariamente y que, por tanto, ya no sorprenden.

Hace unos días no más, julio 23, la todavía llamada “Corte Suprema de Justicia”, revocó el fallo del Tribunal Superior de Bogotá, que negaba la condición de víctima de Álvaro Uribe a la excompañera sentimental de un recluso, para convertirla en perseguida del expresidente, que jamás supo de los líos de faldas del protegido de su tenebroso acusador; y el Consejo (sic) de Estado suspendió el decreto, dictado in extremis, que autoriza la “asistencia” de las Fuerzas Armadas para restablecer el orden público en ciudades dejadas a merced de alcaldes proclives a la subversión.

Eliminados toda expectativa de imparcialidad judicial y los últimos vestigios de autoridad presidencial, ¡¿qué podemos esperar?!