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lunes, 26 de enero de 2026

La felicidad no es el premio de la virtud, sino la virtud misma

José Hilario López Agudelo
José Hilario López Agudelo

Quisiera descansar y dejar descansar a mis lectores sobre los riesgos para los ecosistemas relacionados con las amenazas del cambio climático y la necesidad de construir una transición energética adecuada para nuestro país, asunto este que ha copado mi interés durante los últimos años. Ante los pobres resultados de la reciente COP30 y el negativismo del actual gobierno estadounidense, solo confió en las acciones de los organismos multilaterales latinoamericanos y, sobre todo, en una nueva cultura individual y colectiva centrada en la conservación de los ricos y variados ecosistemas que caracterizan nuestro subcontinente latinoamericano y caribeño.

Ya en la última etapa de mi vida quisiera volver a reflexionar sobre motivaciones existenciales, que me ayuden a volver sobre mí mismo y prepararme para los tiempos de acelerado deterioro físico y mental, asociados con la vejez. Empezaré esta aproximación reflexionando sobre la anhelada felicidad, que todos lo humanos buscamos como objetivo central de nuestra vida terrenal, para lo cual me apoyaré en un texto de Pedro Cubi del Amo publicado recientemente en el portal Cuerpo Mente[1]. Muy posiblemente lo que me propongo sea un escrito para mí mismo.

Desde la época de Aristóteles se viene hablando de la ética de la virtud. Siglos repitiendo que la vida buena no se define como un estado que dependa de lo externo, sino de una actitud interior. Si alguien es honesto para evitar castigos, su conducta depende del miedo y así sigue atado a esta maligna pasión que puede paralizar o limitar, generando pensamientos negativos y desconfianza. Si alguien es honesto porque entiende que mentir le complica la vida y le roba paz mental, entonces la honestidad se convierte en una forma de libertad. La virtud (areté) para el estagirita es un hábito o disposición adquirida para actuar bien, encontrando un justo medio entre dos extremos viciosos, guiado por la recta razón y la prudencia, lo cual permite al ser humano realizar su función propia y alcanzar la felicidad (eudaimonía). Es una excelencia en la ejecución de cualquier actividad y se cultiva con la práctica y la educación, no se nace con ella.

Para Aristóteles, la felicidad no es un sentimiento pasajero, sino el fin último y bien supremo de la vida humana, que se alcanza viviendo de acuerdo con la razón y la virtud, realizando plenamente la propia naturaleza. Es una actividad excelente (no un estado) que implica actuar bien y buscar el bien, encontrando la autosuficiencia y la realización en la ejecución de las facultades humanas de manera virtuosa, especialmente la contemplación.

En el estoicismo, la felicidad no es placer ni fortuna, sino un estado de florecimiento y serenidad profunda que se logra viviendo en armonía con la razón y la virtud, aceptando lo inevitable y enfocándose en lo que se puede controlar: los propios juicios y acciones, cultivando sabiduría, justicia, coraje y moderación para alcanzar la paz interior (ataraxia).

Baruch

Spinosa, uno de los pensadores más importantes del siglo XVII, ya analizaba el sentido de la vida y la búsqueda de felicidad como si viviera en el XXI: una felicidad estable y sólida, no basada en caprichos del destino. En síntesis: “La felicidad no es el premio de la virtud, sino la virtud misma”.

Estamos acostumbrados a pensar la vida como un sistema que premia: me esfuerzo, me porto bien… y algún día tendré la recompensa. Nos educan en este sistema. Eso da tranquilidad. Una sensación de que, si haces lo correcto tarde o temprano te llegará el reconocimiento. Con Spinoza, esa lógica se rompe. Este filósofo holandés planteaba allá por 1650 que el sentido de la vida y la búsqueda de la felicidad no hay que ir buscándolos al final de nuestra vida, como quien espera la paga de final de mes o el premio por buen comportamiento.

Si traemos a Spinoza aquí y ahora es porque se trata de uno de los autores más recomendables para estudiar y tratar de resistir, desde nuestra interioridad, los momentos de confusión y caos en que está entrando la civilización occidental. Nos devuelve la esperanza en el ser humano y en el amor. Nos habla de cómo ser felices, lo que va muy bien en un día triste de este incierto año que se está iniciando, con las tropelías de los poderosos trumps y demás personajes de su calaña que lideran la suerte del mundo, para no hablar de la polarización política de nuestro país.

Spinoza es famoso por varias razones, pero hay dos que lo colocan como una figura clave de la modernidad: su forma radical de entender a Dios y su apuesta por una libertad que no dependa de la suerte. Dios deja de ser un señor separado del mundo. Para nuestro filósofo, Dios es la propia naturaleza. La religión basada en el miedo y el castigo pierde sentido en su sistema.

La fórmula de la felicidad de Spinoza

Entremos a profundizar en la otra idea, la de que la libertad no depende de la suerte, porque eso está muy relacionado con la felicidad. Spinoza asegura que la libertad importante es la interior y tiene que ver con nuestras actitudes y comportamientos. Sus enseñanzas relacionadas se encuentran compiladas en su obra principal titulada “La ética demostrada según el orden geométrico”, donde Spinoza se propone explicar su filosofía con lógica matemática. Su manera de escribir es como si fuera geometría, con definiciones, axiomas y demostraciones.

En su obra Spinoza lo que busca es mostrarnos una manera de vivir que no dependa de las opiniones del momento. En su lugar propone algo que hoy nos resulta más actual que muchos de los escritos modernos: gran parte de nuestros sufrimientos no provienen de ser débiles, sino de no entendernos a nosotros mismos. Y es que el camino hacia una vida más estable pasa por conocer mejor cómo funcionan nuestros deseos y nuestras emociones. ¿Qué queremos de la vida? La mayoría diremos, ser felices, claro. ¿Y en qué consiste ser feliz?: Spinoza aclara que la felicidad no es estar alegre en todo momento, como si la tristeza fuera una falla del sistema. La felicidad (a menudo traducida del latín como beatitud) se parece más a una alegría sólida. Es una estabilidad interior.

Hacia el final del citado libro, Spinoza concluye: en lugar de decir sé virtuoso y entonces serás feliz, afirma que en el acto mismo de vivir virtuosamente (es decir, con más libertad y lucidez) ya hay felicidad. Si alguien hace “lo correcto” solo esperando una recompensa, en el fondo sigue atado: depende del resultado, de que el mundo le devuelva algo. Spinoza desconfía de esta idea moral basada en la recompensa, como si el universo llevara un registro y al final repartiera premios. Sabemos que eso no es así. A veces ganan los malos. A veces no se cumplen nuestras expectativas. La felicidad radica en la vida buena, que para mí es el servicio y la cooperación.

Para terminar, quisiera mencionar el filósofo chino Xun Zi, cuando afirma: "La naturaleza del hombre es mala; lo que es bueno en él proviene de la actividad deliberada", texto que en parte coincide con una de mis más firmes creencias, basada en el principio que la bondad del hombre es un constructo de la cultura y de la educación recibida.


[1] https://www.cuerpomente.com/psicologia/que-queria-decir-spinoza-afirmar-felicidad-no-es-premio-virtud-sino-virtud-misma_17785.

martes, 23 de diciembre de 2025

De cara al porvenir: distopía

Pedro Juan González Carvajal
Pedro Juan González Carvajal

¿Recuerdas la novela distópica de George Orwell de 1949, Mil novecientos ochenta y cuatro?

Como sabrán los fanáticos, se centraba en el régimen autoritario de estilo estalinista de Oceanía, que estaba dirigido por cuatro grandes ministerios: el Ministerio de la Verdad, el Ministerio de la Paz, el Ministerio del Amor y el Ministerio de la Abundancia.

Irónicamente, según Orwell, «El Ministerio de la Paz se ocupa de la guerra, el Ministerio de la Verdad de las mentiras, el Ministerio del Amor de la tortura y el Ministerio de la Abundancia del hambre. Estas contradicciones no son accidentales ni resultado de la hipocresía común: son ejercicios deliberados de doble pensamiento».

Pensamos en esto cuando escuchamos la noticia de que el Departamento de Defensa pasaría a llamarse “Departamento de Guerra”.

Como lo expresó el Secretario de Defensa Hegseth: “Ganamos la Primera Guerra Mundial y la Segunda Guerra Mundial, no con el Departamento de Defensa, sino con el Departamento de Guerra”.

O como dijo Trump: «La 'defensa' es demasiado defensiva. Y queremos ser defensivos, pero también queremos ser ofensivos si es necesario».

Y hay un pequeño detalle: el Departamento de Defensa se llamó Departamento de Guerra durante 150 años antes de que Truman cambiara su nombre en 1949 tras la Segunda Guerra Mundial. Este posible cambio de nombre no es tanto una reinvención, sino una restauración de su cometido original.

Sin duda, esta medida tendrá sus críticos. Por ejemplo, su doble pensamiento, basado en amenazas.

Excepto que no es doblepensar.

Es un reconocimiento de la paradoja inherente a la guerra.

Como decían los romanos: «Si vis pacem, para bellum». Si quieres la paz, prepárate para la guerra.

O, parafraseando a Teddy Roosevelt, “hablar en voz baja no sirve de mucho sin llevar un gran garrote”.

Hay una razón por la cual llamamos a los hombres y mujeres de nuestras fuerzas armadas combinadas “combatientes” y no “facilitadores de la paz”.

A algunos les encantará, a otros les desagradará, todo depende de su visión del mundo. Sea como sea, transmite el mensaje deseado: "hablamos en serio. No te metas con nosotros".

Lo fascinante es cómo cambiar una sola palabra podría potencialmente realinear todo el “telos” de la mayor fuerza militar en la historia del mundo.

Ese es el poder de encuadrar , o en este caso, de reencuadrar.

Los críticos ya califican este cambio de nombre de “caro” y “cosmético”.

Mark Twain comprendió la distinción. Dijo que la diferencia entre la palabra casi correcta y la palabra correcta es «la diferencia entre la luciérnaga y el rayo».

El encuadre lo cambia todo.

Es el primer paso, la base misma de un cambio cultural sustancial. Independientemente de la postura política, se puede considerar que este desarrollo merece toda su atención.

Una palabra. Una realidad completamente diferente.