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miércoles, 3 de febrero de 2021

La cultura de la muerte

José Alvear Sanín
Por José Alvear Sanín*

Mientras avanza la “cultura de la muerte” se procura no hablar de ella, ni de los regímenes políticos que la propician, ni de los que se fundan sobre su capacidad de causarla. Si bien el nazismo fue derrotado militarmente, sus vencedores no siempre han sido amigos de la vida. Desde luego, el comunismo está edificado sobre cien y más millones de cadáveres, pero de un tiempo a esta parte las democracias han cedido a la misma tentación macabra.

Siempre me ha impresionado aquella lapidaria afirmación de Antonio Aparisi y Guijarro (1815-1872), en el sentido de que el Imperio Romano resolvía los problemas económicos con guerra e infanticidio, porque cuántas veces no se repite esa maldición en nuestros tiempos de aborto masivo, de interminables guerras y de la próxima eutanasia mandatoria, que ya viene ambientándose…

La pena de muerte para los culpables ha sido derogada en la mayor parte de las democracias. En Gran Bretaña, país donde fue defendida con pasión, su abolición data de 1965, aunque hasta 1998 se la conservó para la traición. Pero igual respeto no se extendió para la vida intrauterina inocente, ni para enfermos terminales, condenados judicialmente, con frecuencia, a la muerte.

El tema anterior es aterrador, no solo en lo que dice a ese país, pero hoy debo referirme únicamente a un asunto que para el lector colombiano trae el blog Colombian News, que dirige el gran periodista, historiador y politólogo Eduardo Mackenzie, pero que nuestra gran prensa, globalista y progre, omite. Transcribo entonces la nota correspondiente, procedente de una conocida publicación francesa Le Salon Beige, de Michel Janva:

El juez Yonko Grozev, un exmiembro de la Open Society de George Soros, juzgó sumariamente un caso de eutanasia, desestimándolo sin dar una sola explicación.

Su decisión es definitiva y no se publica en el sitio web de la Corte Europea de Derechos Humanos (CEDH); el paciente polonés morirá de hambre y sed. El expediente, n ° 55987/20, pronto será destruido. Este paciente polonés -cuyo nombre e imagen no pueden ser revelados, por orden de los tribunales británicos- se encuentra internado en Gran Bretaña, en un servicio que había decidido abandonarlo a muerte. Según la familia de paciente, el hospital en cuestión tomará algunos de los órganos del polonés porque él se había declarado como donante potencial.

Sin embargo, su familia y el gobierno polonés han pedido su repatriación a su tierra natal, para que sea tratado con dignidad. Los obispos poloneses habían declarado asumir todos los gastos. En vano. Los tribunales británicos dictaminaron que él debe morir en el Reino Unido, y Grozev acaba de fallar a favor de esos jueces. El caso vuelve a plantear la cuestión de la parcialidad de los jueces de la Corte Europea de Derechos Humanos.

https://www.lesalonbeige.fr/un-polonais-condamne-a-mort-par-un-juge-soros-de-la-cedh/

Se me dirá que poco aporta esta referencia, porque ya es bien conocida la adhesión judicial, en tantos países, a las directrices del Nuevo Orden Mundial, y que la Corte Europea de los Derechos Humanos es un tribunal tan parcializado como los británicos, en favor de la cultura de la muerte. Pero yo lo pongo en consideración de los lectores por algo aterrador, como es una cruel ejecución judicial que se lleva a cabo en un hospital por personal sanitario, privando al condenado, tanto de agua y alimento como de identidad, porque “su nombre e imagen no pueden ser revelados”, y excluido de la historia, porque “el expediente judicial n° 55987/20 pronto será destruido”. ¡Así que ese tal nunca existió!

¡Cómo es posible que la “justicia” en Europa haya llegado a estos extremos inauditos, propios de la peor época del estalinismo, para llegar a convertirse en extensión de la policía política y en órgano de represión ideológica al servicio de poderes en la sombra!

Cuando me entero de estos (y otros hechos del mismo corte), comprendo horrorizado cómo se perfila la sociedad poscristiana del nuevo orden mundial; y la obligación moral de oponernos, con fuerzas políticas cada vez más debilitadas, a su implantación definitiva en Colombia.

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No llega sola a la cúspide Ms. Kamala Harris, promotora en el Congreso de los Estados Unidos, con Barack Obama, Joe Biden y Nancy Pelosi, especialmente, de la legalización de las late term abortions (hasta 9 meses), y de la muerte para los bebés que sobrevivan a esa atroz “operación”. Ya Obama fue presidente y Biden acaba de ingresar, por algunos meses, a la Casa Blanca, en el triste ocaso de la democracia americana.

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Y en el crepúsculo del estado de derecho, la Jurisdicción Especial Prevaricadora (JEP), en un larguísimo galimatías nos informa que, creando tipos penales que no están en el Código Penal, ha decidido que sus superiores, es decir ocho miembros del Secretariado, no sean “procesados” por secuestro, sino por “toma de rehenes y grandes privaciones de la libertad”. Esta disimulada forma de expresarse carece, desde luego, de importancia: Los supuestos “procesados” (hoy congresistas), a lo sumo serán “condenados a penas alternativas” de naturaleza cívica…; y ni el fiscal, ni la procuradora denunciarán penalmente a los “magistrados” de la JEP por usurpación de funciones legislativas, por inventar “tipos penales” para tergiversar los hechos, desnaturalizar las leyes y cohonestar delitos de lesa humanidad.

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¡Reconstrucción o catástrofe!

miércoles, 10 de junio de 2020

Eutanasia, mistanasia, gerontocidio

José Alvear Sanín*

José Alvear Sanín
Sorprendente la anticipación del futuro que se da en algunos grandes escritores. A EvelynWaugh (1903-1966), católico, tradicionalista, conservador y anglocéntrico, la II Guerra Mundial amargó su pluma, antes la más incisiva e hilarante, para contemplar con pesimismo el futuro posterior a la contienda. Acercándose a la cuarentena dejó atrás mujer y siete hijos y se enroló to serve King and Country, hasta llegar al grado de capitán, sirviendo en distintos frentes. Pronto se desengañaría viendo cómo su país, al aliarse con Stalin, se contaminaba y deshonraba hasta consentir la entrega de media Europa a la barbarie comunista, que presenció y denunció, sin el menor eco en Londres, mientras Yugoslavia caía en poder de Tito.

Ese desaliento, que se reflejará en su extraordinaria trilogía sobre la guerra (Men and Arms, 1952; Officers and Gentlemen, 1955, e Unconditional Surrender, 1961), ya se había manifestado antes en dos cortas novelas pesimistas escritas en 1947, Scott-King Modern Europe y Love among the Ruins, a Romance of the near Future. Esta última narra la vida en un entorno igualitario y plebeyo, sin religión, familia, educación, cultura, sin libertad individual ni refinamiento social, tan gris e inútil como el que luego, en 1949, describiera George Orwell en “1984”.

En ese entorno sombrío, aburridísimo, futurista y socialista, los que superan cierto límite de edad se presentan voluntariamente al Departamento de Eutanasia —con frecuencia en huelga—, para hacer la correspondiente cola. Con no disimulada alegría el autor ve llegar allí a dos poetastros mamertos, Parsnip y Pimpernell (Apio y Pamplinas), que en varias de sus novelas representan nada menos que a W.H. Auden y a Christopher Isherwood.

Ahora bien, en el nuevo orden mundial sobran los niños y los viejos. A los primeros no se les permite llegar a nacer y a los ancianos recalcitrantes se los habrá de eliminar. Ya en muchos países, los viejos temen al hospital tanto o más que a la enfermedad.

Christine Lagarde, exitosa comisionista de equipos militares y política benefactora de demandantes del Estado francés, en 2012, siendo directora del FMI (ahora preside el Banco Central Europeo), se hizo mundialmente famosa cuando dijo: “Los ancianos viven demasiado y esto es un riesgo para la economía global. Tenemos que hacer algo, y ya”, para proponer a continuación el recorte de pensiones y el retraso en la edad de jubilación, con el propósito de “mitigar así el riesgo de longevidad, que constituye un gasto enorme para el gobierno, las aseguradoras y los particulares”.

Cuando Mme. Lagarde expresaba eufemísticamente sus verdaderas intenciones, apenas frisaba en los 56 años, pero ya carecía de todo atractivo físico (si es que alguna vez lo tuvo) y no parecía preocuparle la llegada a la vejez. ¡Al fin y al cabo, eso que decía era para los pobres! ¡Ni ella, ni Soros —gran promotor de la eutanasia, que ahora tiene 88 años— causarán erogaciones al Estado ni a las compañías de seguros!

La franqueza de Mme. Lagarde es de admirar, porque eso lo piensan muchos, pero pocos lo expresan como ella, o el primer ministro japonés de la época, Taro Aso, que se apresuró a secundarla, porque su país, el más envejecido y menos fértil del mundo, también se preocupa por los costes y riesgos de la longevidad. Y en Colombia, mediante un recurso literario, plagiando y parodiando a Swift, Alejandro Gaviria, ladino y cínico, revela las medidas urgentes para la exterminación de los ancianos (El Espectador, 15-IV-2012). Más tarde y afortunadamente, el sistema de salud, que encabezaba como ministro del ramo, no lo privó de los costosos tratamientos oncológicos que lo angustiaban como economista.

Una cosa es la eutanasia, que al fin y al cabo es un suicidio asistido e indoloro, y otra la mistanasia —del griego mys =infeliz, horrible, y thánatos= muerte--, porque así es la que se propina al anciano sin tener en cuenta su voluntad, y que lo priva de la compañía final de sus seres queridos, de asistencia espiritual y ritos funerarios, como viene ocurriendo en estos días del covid-19. ¡Poco consuelo es saber que, tan pronto se manifiestan los síntomas, le aplican un poderoso sedante, para que muera pronto y sin dolor!

En efecto, en varios países europeos, muy especialmente en Bélgica, pero también en Suecia, Alemania, Gran Bretaña, España e Italia, cerca del 50% de las muertes por covid-19 contabilizadas han tenido lugar en los geriátricos. Así no se congestionaron las famosas UCI ni las máquinas respiratorias. No es extraña esta coincidencia, si consideramos lo que significa vivir (y morir) en la sociedad postcristiana, conmovida por los ingentes gastos que ocasionan los viejos al Estado-providencia en sus últimos años, que deben ser bien pocos, para lograr la reducción de costos en la seguridad social, así esos individuos hayan cotizado toda su vida.

Al otro lado del Atlántico, tanto el gobernador Cuomo como el alcalde De Blasio —que parecen clones de Gustavo Petro— han sido acusados de gerontocidio. El primero de ellos trasladó unos 4.300 infectados de coronavirus a ancianatos, probablemente para no congestionar los hospitales.

En estos terribles días hemos oído elogiar la selección adversa, que exige descartar la atención a los viejos, con el fin de mantener las UCI expeditas para cuando lleguen los menores de cierta edad (¿cuál?).

Se me ocurre, entonces, pensar que es posible que salgamos de esta pandemia hacia un mundo diferente, el de la más plena racionalidad económica, donde se hayan abolido los últimos vestigios del cristianismo y de aquello que llamábamos “filosofía perenne”, que se inició en la bulliciosa ágora con Sócrates, un viejo sofista improductivo, como los que a la veterana Mme. Lagarde le parecen desechables.

jueves, 27 de febrero de 2020

Lavada de manos


Por José Alvear Sanín*

José Alvear Sanín
No siempre las manos quedan limpias después de lavárselas, como ocurrió con las de Pilatos, que traigo a cuento porque la semana pasada las dos mayores autoridades del país, el presidente y el fiscal, sacaron sigilosamente el cuerpo a obligaciones ineludibles.

Los varios artículos de la Constitución que consagran la inviolabilidad de la vida, incluyendo el que dice que no habrá pena de muerte en Colombia, responden a los postulados de una civilización fundada en el Decálogo, contra la cual la exaltación del aborto como “derecho” resulta aberrante.

En buena parte del mundo, en los últimos años se viene imponiendo un dizque “nuevo orden”, en el que se destruye la familia con un entorno entre malthusiano y hedonista y se despenaliza el homicidio de los neonatos, mientras se prepara la aplicación universal de la eutanasia para quienes crucen determinada edad (como lo han insinuado con franqueza tanto Christine Lagarde como Shinzo Abe). La mayor parte de estos horrores ha sido impuesta contra el sentimiento popular, por parte de las “supremas” cortes de justicia, cooptadas por una habilísima neo-masonería transnacional, a cuya obediencia se someten las colombianas.

Oponerse a este nuevo orden exige creencias y valentía, porque se incurre en exclusión política y persecución mediática. Por eso, muchos optan por una actitud de “neutralidad”, que en el caso del doctor Duque se resume en aquello de que es creyente y provida, pero que no “minará la actuación de otras instituciones frente al aborto”, precisamente en el momento que el asesinato de Juan Sebastián ha despertado la indignación horrorizada de la inmensa mayoría de los colombianos, cuyo clamor será desoído mientras el campo abortista se refuerza con nuevos nombramientos, de ministro de salud y directora del ICBF herodianos, y con la solicitud de la Alcaldía de Bogotá para que se libere y despenalice hasta instantes antes del alumbramiento, y sentencia ad portas de la Corte Constitucional, para que se practique on demand hasta las 12 semanas…

Al lado de lo del aborto lo de la corrupción parece de menor entidad, pero la respuesta del flamante fiscal a la carta del expresidente Pastrana es inaceptable. En ella se le recordaba que no se puede seguir omitiendo la investigación de los sobornos de Odebrecht en la campaña de Juan Manuel Santos, a lo que el doctor Barbosa, verbal y groseramente, contesta diciendo que para él todas las cartas son iguales…, lo que nos hace temer que nunca haya sanción para el indigno expresidente, como jamás la hubo contra otro de los peores, Ernesto Samper.

La permanente usurpación de funciones y el habitual prevaricato por parte de la Corte Constitucional son cada día más descarados y tolerados por los otros poderes públicos, que se inclinan temerosos ante ella. En esas condiciones la autoridad suprema, en lo legislativo, judicial y administrativo, recae ahora en nueve personas sin mandato popular, que hacen y deshacen siguiendo un libreto infame, cuyo primer capítulo fue el de la famosa “dosis personal”, y que no se detendrá, ni con la “legalización” del aborto, ni con la proscripción de la objeción de conciencia, para lo cual, además de llevarse de calle los principios fundamentales de la Carta, desconocen la Convención de San José —obligatoria como Tratado internacional suscrito por Colombia—, que reconoce la inviolabilidad de la vida, desde la concepción hasta la muerte.