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viernes, 15 de diciembre de 2023

Diciembre destemplado

José Leonardo Rincón Contreras
Por José Leonardo Rincón, S. J.

Puede ser una falsa o incompleta percepción, pero no veo ni siento en estos días decembrinos el mismo entusiasmo y alegría de otros años. La Navidad es tiempo de paz, de prosperidad, de esperanza, tiempo de encuentro familiar, celebración, novenas, muchas luces, pesebres, regalos, fiestas y paseos. Temporada de vacaciones y relax, comidas ricas y subida inevitable de peso. No digo que no haya algo de esto que está inveterado en nuestra festiva cultura, pero el ambiente que se respira no me parece que sea el de siempre.

Y sin pretender ser aguafiestas trato de comprender el por qué del asunto. La inflación ha golpeado duramente los bolsillos. Las cifras oficiales sobre el índice de inflación no corresponden a la realidad. Todo ha subido exagerada, desproporcionadamente, de precio. Me doy cuenta al hacer el mercado de casa: con el dinero que llevaba hace un año podía traer el doble de productos. Para dar solo dos ejemplos: un garrafón de aceite que se conseguía en 23 mil pesos hoy cuesta 52 mil. Tres libras de chocolate que costaban 14 mil, hoy 25 mil. Por eso no me cuadran las cifras, porque podrán decir que el costo de vida ha aumentado el 13% qué se yo, pero en realidad ha sido del 40, 60 o 100%.

El constante ajuste del precio de la gasolina ha dado patente de corso para que automáticamente todo suba. No es exagerado, en realidad es abusivo.

Y si los que tienen modo se quejan, imaginemos cómo están nuestros pobres: ¡cada vez más pobres! Fedesarrollo acaba de decir que el índice de confianza del consumidor ha decrecido en un -20,9%.

Y si a este panorama se suma el desencanto con el Gobierno de turno, con bajo índice de popularidad; la frustración frente a querer hacer reformas radicales a todo y al tiempo, una paz total que se volvió negociar por igual con guerrilleros, mafiosos y delincuencia común como si todos estuviesen cortados con la misma tijera. La reaparición del secuestro y la inseguridad campeante en nuestras ciudades, acompañada de impunidad comprobada, cárceles hacinadas desde las que se monitorea el crimen organizado, en fin…

Si no estamos bien como país, si hay malestar social de fondo, es claro que la Navidad es un placebo y un distractor temporal de todos esos males. Pero en realidad la romántica y tierna Navidad en la que se ha convertido, fue un episodio revolucionario que echó al suelo muchos paradigmas: un Dios que se hace hombre y por ende se abaja; un Dios todopoderoso que se hace frágil y débil; un Dios que no nace en un palacio de la mayor potencia mundial sino en un rústico pesebre pueblerino de un país venido a menos; un Dios que se rodea de pobres e ignorantes para confundir inteligentes y entendidos; un Dios que no muere plácidamente en su mullida cama sino que es asesinado violentamente como si fuese el peor de los crimínales.

Creo que este diciembre destemplado nos obliga a la brava a aterrizar, a poner los pies sobre la tierra, a darle razón y sentido a la verdadera Navidad y sobre todo a caer en cuenta de que el Dios con nosotros, cuestiona e interpela, mueve y sacude con la propuesta que nos hace de un mundo mejor, más justo y humano, pero eso nos toca hacerlo a nosotros, así que será Navidad cuando lo logremos.

viernes, 21 de octubre de 2022

Hiperinflación, hasta cuándo

José Leonardo Rincón Contreras
Por José Leonardo Rincón, S. J.*

Inútilmente las tasas impuestas por el Banco de la República han llegado a los dos dígitos con el objeto de frenar el fenómeno inflacionario. El consumo se mantiene y la demanda sigue siendo alta, ignorando de facto las consecuencias de tal comportamiento. Se supone que, frenando la demanda, la oferta se obliga a bajar los precios, es la teórica regla, porque la gente acostumbrada a un estatus y un determinado nivel de vida pareciera importarle un bledo tener que pagar más.

De manera descarada los precios de todos los productos están por las nubes. Tres libras de chocolate que estaban en 14 mil pesos hoy sobrepasan los 20 mil. Una garrafa de aceite de cocina que costaba 23 mil pesos hoy asciende a 50 mil. Un mercado de aseo que se hacía en 250 mil hoy no baja de 400 mil. Para poner unos ejemplos de la canasta familiar. Pero la historia se repite en todo lo demás. Ya lo habíamos escuchado respecto de los materiales de construcción que o no se consiguen o se encuentran a precios exorbitantes. Los pasajes del transporte intermunicipal y los tiquetes aéreos, no se diga. Subieron 200 pesos el galón de gasolina y todo el mundo se sintió autorizado a elevar los costos de todo a su antojo. No hay control.

La pregunta es ¿hasta cuándo? Ningún bolsillo, por más acomodado que sea, va a resistir esta dinámica indefinidamente. Por supuesto, los más afectados son los más pobres. Dejarán de serlo para pasar a un nivel de miseria, pues con un salario mínimo ¿Quién puede sobrevivir? Y los que ya estaban sin nada, ¿condenados a morir de hambre?

El problema no es político interno. Sería una conclusión simplista e ignorante. El problema es global, complejo y en aumento. Pareciera ser una nueva estrategia mundial pospandemia para seguir buscando la disminución de la población humana. La guerra mundial en ciernes es una opción rápida, pero demasiado letal y costosa para quienes sobrevivan y deban reconstruir lo poco que quede. Que la gente muera de hambre por desabastecimiento, que muera de frío en el próximo invierno porque no hay gas para calentarse, podría resultar un método menos impactante y de aparente selección natural donde solo sobreviven los más fuertes. ¿A eso se refieren con el nuevo orden mundial?

Están resurgiendo las protestas sociales, cada vez más en número y en nivel de agresividad. Es una nueva edición, revisada y aumentada de problemas agravados. La responsabilidad, repito, no es del Gobierno de turno, sino de un mal endémico que nos agobia hace décadas y que deliberadamente hemos querido ignorar. La insaciable voracidad económica de personas y grupos, su mezquindad para no querer atender las necesidades de las mayorías, el querer ser dueños del mundo, esa tentación de querer ser como dioses que todo lo controlan y manejan, esa insensibilidad ante el dolor ajeno, esa indiferencia ante los agobiantes males que vivimos… ¿vamos a seguir así?, ¿hasta cuándo?