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jueves, 14 de agosto de 2025

Hermano asno

Fredy Angarita
Fredy Angarita

El 10 de julio de 2025, Colombia amaneció con una noticia que no debería existir: disidencias del ELN utilizaron un burro como medio para ejecutar un atentado. Un hermano menor, como lo llamaría San Francisco de Asís.

Treinta años sin noticias de esta índole, y aun así, la historia se repite, con el eco amargo de lo que nunca aprendimos.

Al indagar un poco, entendí que esta aberración no es solo nuestra. Otros conflictos han arrastrado a los animales a la crueldad humana:

* Sri Lanka, guerra civil (1983–2009): Los Tigres Tamiles planearon usar elefantes bomba. Aunque no hay pruebas de que se concretaran los ataques, sí existen reportes sobre su entrenamiento.

* Afganistán e Irak (2003): burros y perros fueron convertidos en explosivos ambulantes para atacar tropas extranjeras en mercados y zonas rurales.

* Estados Unidos, Proyecto “Bat Bomb” (1942–1944): en plena Segunda Guerra Mundial, los norteamericanos diseñaron un plan para soltar murciélagos con bombas incendiarias sobre ciudades japonesas.

* Unión Soviética (1941–1942): en el frente oriental, el Ejército Rojo entrenó perros antitanques, obligados a correr bajo los vehículos enemigos cargando explosivos.

El común denominador es brutal: la pérdida de cualquier código moral, una guerra sin alma, sin reglas. Los antiguos estrategas, como Sun Tzu, advertían que el arte de la guerra no está en el uso salvaje de la violencia, sino en su contención sabia. Una guerra sin honor es solo barbarie.

Los Convenios de Ginebra no tienen un artículo específico sobre el uso de animales en el conflicto, pero sí establecen un principio rector: la prohibición del sufrimiento innecesario. El Artículo 54[1] protege los recursos esenciales para la población civil: agua, cultivos, ganado. En ese marco, un burro también debería estar a salvo. Porque no es un arma, es sustento, es compañero, es carga y memoria rural.

Volviendo a Colombia, esta escena no solo nos enfrenta a la crudeza del conflicto, sino también a algo más profundo: la erosión moral de una sociedad que ya no reconoce límites, que no respeta ni a los más inocentes.

Quizá por ser animales de trabajo y no mascotas de sofá, no haya marchas ni luto mediático por ellos. Pero el dolor no se mide por el tamaño del animal, sino por la calidad de nuestra humanidad.

Decía San Francisco de Asís que su cuerpo era “el hermano asno”, simple, resistente, obediente, y que cargaba con todo. Nos toca ahora mirar si, como sociedad, no hemos convertido al otro, humano o animal, en ese hermano asno: en alguien que sirve solo para cargar nuestras miserias, sin voz, sin defensa, sin duelo.

Y si eso es así, nos queda una sola salida decente: recuperar la compasión, y no solo la indignación. Porque un país que usa burros como bombas no solo está en guerra, está perdido. Y porque los animales, como nosotros, también tienen historia, y merecen memoria.

martes, 22 de julio de 2025

De cara al porvenir: la cultura del chisme

Pedro Juan González Carvajal
Pedro Juan González Carvajal

“La cultura del chisme” o "gossip culture", se refiere a la práctica habitual de compartir rumores, noticias no confirmadas y comentarios sobre otras personas, a menudo de forma negativa o sensacionalista. Este tipo de comunicación informal puede tener diferentes consecuencias, desde fortalecer los vínculos sociales hasta dañar la reputación y la confianza entre las personas.

¿Qué es la cultura del chisme?

* Rumores y noticias no confirmadas: el chisme se basa en información que no ha sido verificada, lo que puede llevar a la difusión de falsas noticias o interpretaciones incorrectas.

* Comentarios sobre terceros: a menudo, los chismes se enfocan en la vida personal o profesional de otras personas, sin que estas estén presentes para defenderse.

* Intención de indisponer: el chisme a menudo busca generar tensión o conflicto entre personas, o bien, perjudicar la imagen de alguien.

* Comunicación informal: se trata de una forma de comunicación que suele ocurrir en entornos sociales, laborales o familiares, a menudo sin la intención de informar de forma objetiva.

Posibles consecuencias de la cultura del chisme:

* Daño a la reputación: la difusión de chismes puede afectar negativamente la reputación de las personas involucradas, generando dudas o desconfianza.

* Erosión de la confianza: el chisme puede destruir la confianza entre las personas, ya que crea un ambiente de desconfianza y suspicacia.

* Fragmentación de equipos: en entornos laborales, el chisme puede fragmentar los equipos de trabajo y dificultar la colaboración.

* Desestabilización de relaciones: el chisme puede generar conflictos y tensiones en las relaciones personales, familiares o profesionales.

* Aumento de estrés: la exposición constante a chismes puede generar estrés y ansiedad, especialmente si se trata de rumores que afectan directamente a la persona.

¿Por qué la gente chismea?

* Conexión social: el chisme puede ser una forma de conectar con otros y compartir información en un grupo, fortaleciendo los lazos sociales.

* Entretenimiento: en algunos casos, el chisme puede ser visto como una forma de entretenimiento o diversión, especialmente cuando se trata de celebridades o personas influyentes.

* Liberación de emociones: el chisme puede servir como una forma de liberar tensiones o desahogar emociones reprimidas.

* Información social: el chisme puede ayudar a las personas a saber qué es aceptable o no en un grupo, y a mantener el cumplimiento de normas sociales.

* Control social: en algunos casos, el chisme puede ser una forma de ejercer control sobre las personas o el grupo, generando miedo a la exposición pública”.

Quien hace caso a los chismes o los promueve, a sus consecuencias ha de atenerse.

Nota aparte: la semana anterior el ELN propició otro atentado en Valdivia, Antioquia, donde murió un suboficial y 2 soldados quedaron heridos, fuera de los destrozos materiales de rigor.

Reconociendo que cualquier ataque contra la fuerza pública y la población civil es imperdonable, resulta inaudito que para este atentado se haya empleado a una indefensa mula como “animal bomba”, abusando y explotando a un ser animal que por su condición es uno de los seres vivos más vulnerables.

Este es un acto fiero, cruel, brutal, atroz, feroz, bestial, salvaje, sanguinario e injustificadamente inhumano, lo cual nos deja muy mal parados como especie pretenciosa de autocalificarse como homo sapiens.

Se retuercen en mi memoria las figuras del “burro bomba” y de la mujer a quien le fue colocado un “collar bomba”, en épocas no muy lejanas y que parece ser que todavía no hemos podido superar.

Este es un ejemplo más de la calaña, la bajeza y la ruindad de estos “reivindicadores” de un supuesto bienestar para los colombianos, que ya no defienden ningún tipo de ideología, si no que se han convertido simple y burdamente en una caterva de narcotraficantes terroristas.

¡Malditos, mil veces malditos!