Luis Alfonso García Carmona
Observábamos
recientemente cómo una de las principales arterias de Bogotá, la Avenida Séptima,
era bloqueada por un grupo de manifestantes. ¿Acaso demandaban la acción del
Estado para solucionar una urgente necesidad de la comunidad o reclamaban el
restablecimiento de un servicio público de carácter esencial? Por supuesto que
no. Se trataba de estudiantes que, bajo la dirección de sus maestros,
rechazaban el desmonte de objetos exhibidos en el Museo Nacional como homenaje
a un guerrillero del M-19, responsable de masacres, homicidios, secuestros y
otros delitos que enriquecen su prolífico prontuario. Bajo la tiranía de la
subversión instaurada por el pasado régimen, la apología del delito,
establecida como un delito por la ley penal, es ahora un valor que identifica a
una nueva clase de enemigos de la Patria y de sus héroes, ignorantes de lo que
significó la historia de nuestra independencia, y esclavos de las ajenas
ideologías que nos pretenden subyugar.
La mayoría de los
colombianos entendemos el ejercicio del poder como la oportunidad para servir a
toda la sociedad, no para utilizar los bienes y privilegios de la autoridad en
beneficio propio, o de sus cómplices, o para imponer foráneas ideologías mediante
el abuso del poder.
Pero en el cuatrienio
anterior vimos cómo se actuó bajo lo que Nietzche llamó la “transvaloración
de los valores”, esto es, el cambio radical en el significado de la moral.
Las funestas consecuencias de esta degradación de los principios la estamos
viviendo ahora: los ciudadanos y los jóvenes que tomarán la responsabilidad de
decidir la suerte del país carecen de valores. La corrupción, otrora castigada
con el juicio de la sociedad, ahora es mirada como algo normal; ya ni la
administración de justicia se molesta en resolver con prontitud y objetividad
el cúmulo de escándalos que a diario se conocen. Sin ningún respeto por la
verdad se ofrecieron en la pasada administración beneficios judiciales a
confesos criminales a cambio de su participación para enlodar la reputación de quienes
se oponían a las ambiciones electoreras de los gobernantes de turno… ¿Es esta
la nueva moral que nos quieren imponer?
Mucho se está haciendo
desde el gobierno actual de los “Defensores de la Patria” para
desenredar los conflictos que nos legó la gestión de la izquierda radical,
devolver el orden al territorio nacional, rescatar al país de la bancarrota
fiscal, reconstruir los daños ocasionados por el dantesco sismo que nos
desestabilizó e impulsar la inversión económica en medio de la quiebra general.
Merece un reconocimiento nacional la tarea que en tan solo dos meses y medio ha
cumplido el presidente De la Espriella y su brillante equipo.
No obstante, debemos
ser conscientes de que los fanáticos de la extrema izquierda, que no han
mostrado ningún límite moral para, en su tarea de degradación moral del
país, continuar utilizando todas las formas de lucha, lícitas e ilícitas,
para cumplir su cometido.
Nos corresponde a
nosotros los patriotas, a quienes nos duele Colombia, reflexionar sobre nuestro
papel en esta lucha por la defensa de nuestros principios, de los valores
fundacionales de la República, amenazados ahora por una hidra de varias
cabezas: wokismo, progresismo, comunismo, y toda clase de tendencias
encaminadas a fraccionar la unidad nacional en favor de extrañas ideologías.
Como acertadamente escribe Jorge Valenzuela, en Mindshop, Knowledge Society: “La causa final debe tener la intención de alcanzar la excelencia, dejar de guiarnos por acciones secundarias que persiguen deseos externos, sencillos y vacíos. Buscar el eudaimonia[1] y terminar con la idea de que nuestras condiciones materiales determinan o controlan nuestro estado de bienestar. De lo contrario, estaría reluciendo la superficialidad, la vanidad, la frágil forma de vida que hemos elegido vivir”.
[1] El
florecimiento humano
