José Alvear Sanín
Aquel país que antes era llamado por ciertos
humoristas poco refinados “Locombia”, ha pasado a ser conocido como “El país de
las bandas”: la del señor, la de la señora, las de los clanes y las “oficinas”,
la de papá Pitufo, la del Cartel de la Toga, la de los jueces mamertos
obstruccionistas, y así sucesivamente. De esta manera encontramos eficientes
“entornos” con los cuales emulan pequeñas bandas de efímero ascenso: la de los
falsos títulos profesionales, la de las más pelilargas, la de las madres
contratistas más intrigantes, la del sexo más fluido, hasta llegar a las que
más cotizan…
Esa categoría superior está formada por las
bandas propiamente paramilitares, que se ocupan de proteger y apoyar las
grandes industrias del país —la cocaína y la minería ilegal—, porque otra gran
industria, la política, hace dos meses escapó a “la banda presidencial”, que
fracasó porque su titular no coronó su empeño de quedarse indefinidamente en
aquel edificio de la carrera 7ª, que le parecía frío e inhóspito...
Los nuevos inquilinos de ese inmueble no han
querido ocuparlo porque, con toda razón, temen encontrarse con los espantos y
demonios adorados por los santeros que allí exprimían y explotaban a todo el
país.
En Locombia ha caído una banda política y el
ascenso de un nuevo gobierno, cuyo propósito es retornar al imperio de la Ley,
ha significado para las bandas y las banditas, que les ha llegado la etapa del
“Sálvese quien pueda”, con la mayor proporción posible del botín; y cuando
este no alcanza para todos —porque se adelantaron los más hábiles—, entonces
toca dejar el secretismo y proceder al ajuste de cuentas.
En esta fascinante etapa, que ya estamos
viviendo, hace su aparición escénica la venganza. Caen las caretas y toda
simulación pudorosa desaparece. Los espectadores hacemos tránsito de la
ignorancia al pleno goce de los detalles más escabrosos: El mozo que se
encuentra en altas horas de la noche con el tinieblo en propiedad...; la
mujerzuela que empieza a revelar quiénes son los auténticos copartícipes en los
negocios de la anterior “amiga del alma”; los periodistas viudos de mermelada,
y las ahora esquivas multitudes ayunas de lechona…
En fin, hoy se exhiben, en toda su
desvergüenza, tanto la venus burdelaria como el carrusel sórdido de las
celestinas que, con el suministro de carne nueva, gobernaban en el ánimo
fluctuante de quien nombraba fichas para la suscripción de contratos tan
lucrativos como fugaces…
Finalmente, para calibrar el reciente tono
moral de Locombia, que dejaba muy atrás el de Calígula y Nerón, no sobra
repasar, entre las 91 novelas de la Comedie Humaine, la de Esplendores
y miserias de las cortesanas, porque aquí estamos viendo algo parecido…
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