José Alvear Sanín
Antes de la construcción de los sewers de
Londres, por Bazalgette, y de los égouts de París, por Belgrand, por las
avenidas y calles de todas las ciudades discurría en paralelo el albañal
inmundo, impregnando todo el ambiente, día y noche, de nauseabundos olores,
mientras proliferaban terribles plagas.
Nada puede imaginarse peor, en el orden físico,
que el colapso de los alcantarillados, situación extrema que en el orden moral
se está dando en Colombia con el destape de la cloaca de Petro, con la
diferencia de que nada hay más conveniente, hoy, que la revelación del poder
adquirido por los bajos fondos que controlaban el Estado, la política y la
economía.
Después de la cuidadosa construcción mental y
jurídica de un alcantarillado oficial para la disposición de los desechos de la
diaria corrupción, y de la trasgresión sistemática del derecho penal, la
colosal abundancia de porquería rompió los diques, y las aguas negras de la
letrina oficial invadieron el torrente de la vida nacional.
No hay duda de que las denuncias del Libro
de la Verdad, seguidas por las de Angie Rodríguez, Eva Ferrer, Melquisedec
Torres, Carlos Ríos y otros muchos, no serán las únicas, porque ya no hay
dependencia del gobierno que pueda seguir conteniendo su chorro represado de
pus.
Todo lo anterior hace casi irrespirable el
aire, y por eso, algunos, asqueados, preferirían que esas voces fueran
acalladas, para retornar a la tranquila resignación en la que el país pudo
vivir durante el inmundo cuatrienio, pero el destape de los hechos infamantes
de la banda presidencial es necesario para iniciar la depuración que debe
arrancar con la salida de la fiscal de bolsillo, cómplice y encubridora, que
hasta ahora, con su silencio y engavetando los procesos, ha impedido el
esclarecimiento de los hechos y el castigo de los responsables.
Ante las irrecusables denuncias, las respuestas
vagas, lacrimógenas y acomodaticias de Petro, de la Verónica —que no tenía para
la carne ni para las matrículas escolares—, de la Sarabia y de un chulo
travesti, que intentan desmentir lo inocultable, son recibidas por la opinión
pública con risas, o con indignación ante tanto cinismo.
La revelación de los acontecimientos que
rodearon el fracasado “pacto de Valledupar” indica claramente algo increíble,
que los paracos eran mejores que el gobernante.
Agrego que la fiscal, el procurador, el
contralor, los numerosos magistrados, jueces y congresistas, comunicadores,
empresarios, y hasta jerarcas de la Iglesia, fueron cómplices, por acción o por
omisión, de un gobierno cuya historia horripilante superó ampliamente, desde la
primera semana, todo lo imaginable en materia de corrupción, depravación y
destrucción de un país.
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