miércoles, 28 de octubre de 2026

¡Cuando los paracos son mejores que los gobernantes!

José Alvear Sanín
José Alvear Sanín

Antes de la construcción de los sewers de Londres, por Bazalgette, y de los égouts de París, por Belgrand, por las avenidas y calles de todas las ciudades discurría en paralelo el albañal inmundo, impregnando todo el ambiente, día y noche, de nauseabundos olores, mientras proliferaban terribles plagas.

Nada puede imaginarse peor, en el orden físico, que el colapso de los alcantarillados, situación extrema que en el orden moral se está dando en Colombia con el destape de la cloaca de Petro, con la diferencia de que nada hay más conveniente, hoy, que la revelación del poder adquirido por los bajos fondos que controlaban el Estado, la política y la economía.

Después de la cuidadosa construcción mental y jurídica de un alcantarillado oficial para la disposición de los desechos de la diaria corrupción, y de la trasgresión sistemática del derecho penal, la colosal abundancia de porquería rompió los diques, y las aguas negras de la letrina oficial invadieron el torrente de la vida nacional.

No hay duda de que las denuncias del Libro de la Verdad, seguidas por las de Angie Rodríguez, Eva Ferrer, Melquisedec Torres, Carlos Ríos y otros muchos, no serán las únicas, porque ya no hay dependencia del gobierno que pueda seguir conteniendo su chorro represado de pus.

Todo lo anterior hace casi irrespirable el aire, y por eso, algunos, asqueados, preferirían que esas voces fueran acalladas, para retornar a la tranquila resignación en la que el país pudo vivir durante el inmundo cuatrienio, pero el destape de los hechos infamantes de la banda presidencial es necesario para iniciar la depuración que debe arrancar con la salida de la fiscal de bolsillo, cómplice y encubridora, que hasta ahora, con su silencio y engavetando los procesos, ha impedido el esclarecimiento de los hechos y el castigo de los responsables.

Ante las irrecusables denuncias, las respuestas vagas, lacrimógenas y acomodaticias de Petro, de la Verónica —que no tenía para la carne ni para las matrículas escolares—, de la Sarabia y de un chulo travesti, que intentan desmentir lo inocultable, son recibidas por la opinión pública con risas, o con indignación ante tanto cinismo.

La revelación de los acontecimientos que rodearon el fracasado “pacto de Valledupar” indica claramente algo increíble, que los paracos eran mejores que el gobernante.

Agrego que la fiscal, el procurador, el contralor, los numerosos magistrados, jueces y congresistas, comunicadores, empresarios, y hasta jerarcas de la Iglesia, fueron cómplices, por acción o por omisión, de un gobierno cuya historia horripilante superó ampliamente, desde la primera semana, todo lo imaginable en materia de corrupción, depravación y destrucción de un país.