José Leonardo Rincón, S. J.
Comencé
a trabajar en Fe y Alegría desde el pasado 18 de agosto, de modo que hoy son
tres semanas dedicadas, todas ellas, a una juiciosa inducción muy bien
preparada por el equipo de la sede nacional para acogerme y ponerme al tanto de
lo que este movimiento de educación popular integral realiza después de 55 años
de presencia en Colombia. Como aquí en Bogotá está también la sede internacional
(Fe y Alegría se encuentra en 23 países en cuatro continentes), hasta allí
también se ha extendido esta etapa propedéutica.
Sea
la ocasión para agradecerle, desde esta tribuna semanal, a todos ustedes y a
tantos otros por sus palabras de felicitación y buenos deseos con ocasión de
esta nueva misión que me han confiado mis superiores. Debo decirlo con
honestidad: he estado abrumado por la cantidad de mensajes, por la alegría que
todos ellos expresan, así como por la grata recordación y excelente reputación
que la entidad tiene en la gente. Todos me hablan de la bella labor que tendré
entre manos y del enorme bien que Fe y Alegría hace al país. Pero lo que me
tiene realmente sorprendido es la generosa actitud de muchos, ya en el ámbito
personal, ya en el institucional: “¿qué hay que hacer?, ¿en qué podemos
apoyar?”. También llegan ya propuestas de generosa colaboración y de lo que, hombro
a hombro, con otros, podríamos hacer. Es maravilloso y por eso también quiero
dar gracias.
Fe
y Alegría es una obra muy grande, fundada hace 70 años en Venezuela por el
jesuita José María Velaz. Allí donde terminaba el asfalto, comenzaba su labor;
fue su lema inicial. En Colombia, ya lo dije, desde hace 55 años. Por
Latinoamérica en casi todos sus países. Hace años también en España e Italia, pero
más recientemente también en África y Asia –en países como Chad o Nepal tienen
su corazoncito–.
Aquí
en Colombia llegamos a contar con más de 80 instituciones educativas en ocho
regionales. Más de 40 congregaciones religiosas colaboraban con la causa. Hoy
el panorama es distinto. Hemos perdido presencia e incidencia, no porque lo
hayamos querido, sino porque decidimos no hacerle el juego a las dinámicas locales
de corrupción que exigen un porcentaje a cambio de la operación. Eso ha
significado sacrificar años enteros de presencia en muchas ciudades. El
movimiento vive al día, de las ayudas de terceros y ajustados a los
presupuestos que el Estado asigna para poder prestar el servicio. Somos una
entidad sin ánimo de lucro, por supuesto, sin afán de quiebra. En nuestra
misión y visión es claro que somos socios de la educación pública para
contribuir en la mejora de su calidad con el plus de una oferta de formación
integral, sello particular de la educación ignaciana.
En
la actualidad orientamos 21 colegios, 26 jardines infantiles y una veintena de centros
de desarrollo comunitario. El espectro cubre educación inicial, básica y media
y hoy se incursiona en la formación para el trabajo e incluso en la educación
de adultos y personas en condiciones complejas. Si la frontera antes era hasta
donde llegaba el asfalto, hoy hay nuevas fronteras, quizás unas visibles otras
no tanto que evidencian los lugares donde otros no van o no hacen presencia. ¿Y
tú? ¿también quisieras sumarte a esta causa? Transforma tu vida transformado
vidas. ¡Las puertas del corazoncito están abiertas!
.jpg)