lunes, 14 de septiembre de 2026

El valor del mutuo respeto en lo asociativo

Luis Guillemo Echeverri Vélez
Luis Guillemo Echeverri Vélez

“Quien no se respeta a sí mismo honrando su palabra nunca respeta a los demás”. En todo tipo de sociedad el entendimiento entre las partes depende esencialmente del equilibrio que garantiza el mutuo respeto; en las sociedades privadas, en lo público-privado y lo institucional, lo demás termina en problemas y generación de pérdidas para todos los interesados.

Guillermo Echavarría Restrepo, el mejor agricultor que he conocido en mi vida, descendiente de hombres de la talla de héroes nacionales como el visionario e innovador empresarial don Guillermo Echavarría Misas y el expresidente Carlos Eugenio Restrepo Restrepo; fue mi primer socio en agricultura cuando aún éramos dos adolescentes y el día que resolvimos sembrar en compañía me dio la primera y más importante lección empresarial que he recibido en mi vida cuando me dijo:

“Primo, (la forma, en que por nuestra entrañable amistad desde que gateábamos juntos nos hemos tratado en la vida) cuando uno se asocia con alguien para que eso funcione bien, solo existe una manera, que cada uno sea el que cuida de los intereses del otro, usted cuida los míos y yo cuido los suyos, de lo contrario lo que estamos haciendo es crear un problema en lugar de asociarnos para generar un buen negocio”. Así convenimos y nos dimos la mano sin que mediara tinta ni papel alguno más que el honrar la palabra y jamás tuvimos una sola diferencia, nunca una desconfianza, un sí, ni un no, cada uno cumplió a rajatabla mientras la vida nos permitió vivir en el mismo pueblo, sembrar la tierra, dar empleo y generar valor en compañía.

Todas las sociedades, las que integran las naciones mediante los pactos sociales y las que fundan los particulares dentro de las reglas que establece el Estado de derecho, parten de un principio fundacional y esencial: hay asociación cuando cada socio cuida de los intereses del otro. Lo demás deja de ser una sociedad y pasa a ser un conflicto de intereses encontrados escondido tras la necesidad o conveniencia temporal de cada parte, donde no existe el espíritu asociativo y tarde o temprano florece el germen disociativo.

Como hay honradez en la sociedad entre dos jóvenes agricultores que se dan la mano bajo esa máxima asociativa de que “somos socios si tú cuidas lo mío y yo cuido lo tuyo”, hay engaño cuando se aúnan intereses encontrados disfrazados de sociedad y lo más probable es que van a terminar mal. Eso lo deben entender las juntas directivas de los gremios y los gobiernos de los Estados al reconocer que la sostenibilidad de todo pacto social que representa los principios fundacionales de una nación y en especial los que enmarcan los sistemas de las libertades democráticas en repúblicas independientes, pues deben partir del principio fundamental y hermético de que: “se da la existencia del Estado para que cuide los intereses de la sociedad, no de los individuales de los gobernantes de turno ni de los partidos políticos, y es la sociedad representada en los gremios productivos que pagan los impuestos y en todos sus entes asociativos, quien debe velar por los intereses del Estado en representación de la nación, y no por los intereses individuales de sus dirigentes, o las empresas individuales que representan”.

El valor del espíritu asociativo debe estar representado en la búsqueda conjunta del Estado y los gremios y asociaciones de un propósito común de país que nos conduzca por la vía del desarrollo social, económico y cultural, y que nos permita a todos tener una mejor calidad de vida, una buena convivencia y sin duda un mayor bienestar colectivo.

Si desconocemos el sentido y el valor del mutuo respeto asociativo e institucional entre lo público y lo privado, como se debe comprender el equilibrio y la procura del mutuo beneficio fundamentado en la plena confianza entre dos amigos que se dan la mano con el firme propósito de ayudarse uno al otro, lo que vamos a seguir generando es el caos y el empobrecimiento colectivo que siempre resulta cuando alguien abusa de la confianza conferida, algo muy común cuando el poder inevitablemente se le sube a la gente a la cabeza.