José Leonardo Rincón, S. J.
Si
algo somos como seres humanos es precisamente eso: vulnerables. Un amigo de
Cali así me describió lo que sintió en pleno terremoto: “realmente ha sido
el susto de mi vida, nunca me sentí tan vulnerable, tan frágil, tan aterrado”.
Y eso mismo sintieron miles más, simultáneamente, en medio de tan caóticos
momentos, ante la descomunal fuerza avasalladora de la naturaleza. “Dios,
por favor, no más, para esto, perdón, misericordia…”
Cuando
estamos en esos instantes límites, cuando existencialmente, que no teórica y
conceptualmente, experimentamos toda nuestra pequeñez, confesamos que no somos
nada, cual pajas que lleva el viento, “briznas de hierba en las manos de
Dios”, describió así su experiencia límite Álvaro Gómez. Literalmente
impotentes, finitos, inútiles, poca cosa. Hasta ahí llega nuestra arrogancia,
nuestra prepotencia, cuando otro más fuerte se impone.
¿Recuerdan
las románticas reflexiones que hacíamos en lo más fino de la pandemia cuando
prometíamos el oro y el moro y asegurábamos que después las cosas no serían lo
mismo, que íbamos a cambiar, a ser mejores? Los bonitos sentimientos afloraban,
se nos olvidaban colores políticos, razas, estratos sociales, equipos de
fútbol, credos religiosos… volvíamos a ser todos iguales, todos humanos… Promesas,
solo eso. Porque cuando la “normalidad” volvió todo aquello tan tierno desapareció,
se esfumó. La amnesia fue colectiva, total.
La
reflexión que me hago a modo de pregunta es: ¿cuándo aprenderemos la lección?, ¿cuándo
nos decidiremos a ser mejores seres humanos sin que haya factores externos que
nos obliguen a plantearnos el asunto de nuestra enorme vulnerabilidad? En las
lecturas de la liturgia del domingo pasado el profeta no encontró el paso de
Dios ni en el viento huracanado, ni en el fuego abrasador, ni en el terremoto
destructor, pero sí en la suave brisa. Y cuando el fuerte viento y el mar
encrespado parecían hacer zozobrar la barca y también hundir a Pedro, el Señor
increpó a todos: “no teman, hombres de poca fe, soy yo”. Lo dicho tantas
veces: si tenemos a Dios, aunque no tengamos nada lo tenemos todo, pero si no
tenemos a Dios, aunque lo tengamos todo no tenemos nada. ¿Quién podría entonces
separarnos de su amor, la tribulación,
la angustia, la persecución, el hambre, la desnudez, el peligro, la espada? Se
cuestionaba Pablo con los romanos.
Es claro que la invitación no es a ser pasivos,
sumisos, resignados y conformes, pero tampoco altaneros, arrogantes y
soberbios. Las cosas en su punto. En su sitio. En el justo lugar que nos
corresponde. De modo que cuando sobrevengan estos fenómenos, con la Santa de
Ávila podamos decir: “nada te turbe, nada te espante, Dios no se muda, la
paciencia todo lo alcanza, quien a Dios tiene nada le falta, solo Dios basta”.
Eso, solo eso, ante el Señor de la historia, desde nuestra condición
vulnerable.
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