José Leonardo Rincón, S. J.
Después
del shock por el terremoto del que todavía muchos aún no se sobreponen,
impactante a nivel global, ha sido la ejemplar solidaridad con la que nuestros
compatriotas han respondido, de manera masiva, inmediata y generosa. Eso
muestra la enorme sensibilidad que tiene nuestra gente ante el dolor y el
sufrimiento de otros. No es la primera vez que se observa este comportamiento. Ha
sido siempre así. Recuerdo similares reacciones ante las tragedias de Popayan, Armero,
Eje Cafetero, por citar solo estas, como reacción ante la sobrecogedora fuerza
de la naturaleza.
Le
tocó al nuevo gobierno en sus primeros días concentrar sus esfuerzos en atender
la catástrofe y no pudo hacerlo desde la Ungrd que es la herramienta estatal para
orientar, canalizar y atender este tipo de situaciones, después de semejante
deterioro reputacional, sino que se inventó su propia estrategia.
Quisiera
llamar la atención precisamente sobre el caos generado no solo por la sorpresiva
tragedia que desbarató en tres minutos lo que muchos habían levantado durante
años, sino también sobre el desorden que observo. Todo el mundo sale a donar en
dinero y en especie, se abren cuentas bancarias para depositar dineros, la
gente compra mercados con alimentos que considera básicos, se hacen campañas y
se acopian toneladas de ropa y utensilios de todo tipo. ¿A dónde va a parar
todo eso?, ¿Quién canaliza y distribuye esos recursos frente a qué tipo de
necesidades jerarquizadas?, ¿Se ha podido hacer un levantamiento de esas
prioridades?
Porque,
así como conmueve tanta solidaridad de gente maravillosa, me aterra la viveza
de los delincuentes de toda ralea que salieron literalmente a hacer su agosto. Los
voluntarios camuflados que saquean inmuebles y cadáveres. Los ladrones de
cuello blanco que se lucran en esta coyuntura. Las víctimas aparecidas desde
otras latitudes que aprovechan el río revuelto. Me cuestionaron los relatos de
quienes lideraron el Forec después de un terremoto similar y que denunciaron a
esos políticos carroñeros que en su momento quisieron sacar tajada. Me
impresiona el desorden y no veo que se haya nombrado un líder que públicamente
salga a hacer un inventario de necesidades y proceda a comunicar, orientar,
ordenar, administrar las donaciones en dinero y en especie para luego canalizar,
distribuir y verificar que esa solidaria avalancha de ayudas llegue a tiempo y
a quien realmente las necesite. Se habla de que se necesitan 30 billones para
reconstruir. ¿Quién o quiénes los van a administrar?, ¿quién audita o controla?,
¿quiénes serán los beneficiarios y en cuánto tiempo se ha previsto sostener
esas ayudas?
Estas
tragedias nos sorprenden literalmente con los calzones abajo. Entiendo que hay
protocolos internacionales para el manejo de estas situaciones, pero no son
conocidos. Hay que ordenar esto pronto porque ya veo, como ha pasado en
ocasiones anteriores, comida vencida que hay que echar a la basura, ropa y
chécheres, que no sirven, por ahí arrumados y perdidos, y también muchos sinvergüenzas
cuadrando sus cajas personales con el dinero sagrado que era para las víctimas.
La solidaridad ha sido realmente ejemplar. Que no lo sea también el no saber
manejarla en beneficio de quienes realmente lo necesitan.
.jpg)