Pedro Juan Gonzalez Carvajal
El 27 de febrero de 2010, a
pocos días de terminar el período presidencial de la señora Bachelet, Chile fue
sacudido por un terrible terremoto de 8.8 grados en la escala de Richter.
En medio de la ceremonia de
posesión de su sucesor, Sebastián Piñera, hubo una réplica de 6.9 grados que
conmocionó a todos los asistentes.
A partir de ese momento el nuevo
presidente sentenció que su programa de gobierno, el triunfador en las
elecciones presidenciales cambiaba de foco y que ahora el nuevo plan de
desarrollo para Chile era la reconstrucción del país.
De manera gerencial y con un
manejo prístino de las ayudas internacionales, el Gobierno de Piñera fue
reconocido como modelo mundial en el manejo de este tipo de situaciones y uno
de sus factores de éxito fue el haber presentado cuentas mensuales de dónde
provenían los recursos y en qué se aplicaban.
Esta situación tiene algunas
semejanzas con lo que nos acaba de pasar en Colombia. A pocos días de su
posesión el presidente De La Espriella fue inaugurado con un calamitoso
terremoto de 7.4 grados que sacudió varias regiones del país.
Es de reconocer la rapidez y
diligencia con la que el nuevo Gobierno que aún no ha terminado de hacer los
nombramientos de los primeros niveles de la administración central, hizo
presencia y en coordinación con gobernadores y alcaldes, se dio a la tarea de
enfrentar el problema con orden y celeridad, centralizando la coordinación de
esfuerzos, dando muestras de que en Colombia la institucionalidad existe, tanto
en lo público, lo privado y lo social, y que nuestro pueblo es absolutamente
solidario.
Medidas como la declaratoria de
“Desastre de carácter nacional” y la “Emergencia económica” dan muestra de
ello.
Recuerdo las imágenes dantescas
después de una tragedia en Haití donde la gente en su desesperación se
abalanzaba como hordas a saquear la ayuda que iba llegando y que el gobierno no
era capaz de administrar y la lenta reacción del gobierno venezolano ante su
reciente tragedia sísmica, de mayores proporciones que la nuestra.
Ahora bien, la institucionalidad
debe aprovechar las experiencias exitosas y las buenas prácticas aplicadas en
situaciones semejantes como la que estamos viviendo, alrededor del desastre y
desaparición de Armero por una erupción volcánica el 13 de noviembre de 1985 y
lo ocurrido el 25 de enero de 1999 con el Eje Cafetero.
El manejo de los recursos a
través del Forec (Fondo de Reconstrucción del Eje Cafetero) y la gerencia de
altas personalidades empresariales como Luis Carlos Villegas y Manuel Santiago
Mejía, hicieron posible un proceso lento pero respetuoso de la dignidad humana
y del buen manejo de los recursos.
Ojalá en el gobierno entrante aproveche
las buenas prácticas anteriores y se superen los egos y las tentaciones de
actuar como nuevos “Adanes”, como si no tuviéramos historias precedentes a
todas luces exitosas.
Recién nombrado el nuevo director
nacional de Planeación, le corresponde tramitar ante el Congreso y elevar a la
categoría de ley el programa de gobierno ganador y convertirlo en plan de
desarrollo para los próximos 4 años.
También hay que aprovechar que
el proyecto de presupuesto para 2027 fue devuelto por el Congreso, para
realizar los ajustes de fondo pertinentes para atender la calamidad.
Respetuosamente sugiero que el plan
de desarrollo 2026 - 2030 se centre en la reconstrucción y que este objetivo
jale de manera marginal, las otras iniciativas, por importantes que ellas sean.
Lo primero es lo primero.
Ahora bien, la reconstrucción
debe hacerse bien hecha. Hay que aplicar con rigurosidad la Ley de 2010 que
tiene que ver con las condiciones y normas de sismo resistencia que deben ser
aplicadas a todas las construcciones según su envergadura.
Construcciones realizadas por
los distintos gobiernos y en todos los niveles que hayan inaugurado obras sin
cumplir con estas normas, merecen sanciones legales, políticas y económicas por
irresponsables.
Todo tiene su orden y su
secuencia y es apenas normal que en un primer momento conozcamos lo sucedido en
las ciudades capitales, en los municipios cercanos y en los municipios lejanos,
pero no nos podemos olvidar de los corregimientos y de las veredas, que
configuran nuestro territorio rural, lugar de habitación de nuestros campesinos
a quienes todo les llega de último y quienes día a día deben convivir con
nuestra violencia endémica.
Después no nos quejemos del
desplazamiento del campo a la ciudad y de que ya nadie quiera quedarse en el
campo.
Otra prueba que nos pone la providencia
en el camino.
Como siempre, saldremos
adelante, a pesar de los sufrimientos y la tristeza profunda que nos embarga a
todos.
Nota final: nuestro
agradecimiento a la comunidad internacional. No podemos ser inferiores a su
solidaridad y confianza. No podemos permitir que ni un centavo, ni un solo
paquete de ayuda material sean manoseados por los corruptos de profesión que no
faltan en nuestro país.
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