José Leonardo Rincón, S. J.
Solo
estuve dos años como rector en el colegio Javeriano de Pasto, a finales de los
años 90, pero los vínculos profundos que se crearon con estos amigos del sur
equivaldrían a haber estado por lo menos 20. Hubo sintonía, química, feeling,
empatía, simpatía …
Ya
desde mis años de colegio en San Bartolomé y por correspondencia me hice amigo
de un estudiante del Javeriano a quien vine a conocer solo 5 años después,
cuando siendo novicio fui a Pasto a mi experiencia de trabajo en el hospital
San Pedro. Alberto era hijo de Antonio Erlinto Eraso, médico cirujano, quien me
invitó a presenciar en vivo y en directo en un quirófano una laparotomía de un
paciente con cáncer estomacal.
Después
supe que Luis Díaz del Castillo, el director, era hermano de dos que fueron
estimados amigos: Emiliano, académico, historiador y también exgobernador del
departamento, y Alfredo que me acompañaría en la administración del colegio.
Las raíces de estas amistades tienen entonces más de 40 años.
La
lista de pastusos amigos de aquellos años se hizo larga. En el noviciado
Manuel, sobrino de Francisco Revelo, también exgobernador, y de Nury Unigarro,
presidenta de la Cruz Roja. Julio Jiménez, entonces director de pastoral en San
Ignacio fue mi mentor en la noble tarea de dar ejercicios ignacianos. Luego
sería mi rector en la etapa de magisterio en Bucaramanga y después mi padrino
de ordenación.
Repito,
la lista es interminable y si me pongo a nombrar a todos de seguro que se me
escapa algún nombre y no quiero perder esos amigos. Otro día les iré contando
otros detalles.
El
hecho es que ese don gratuito de la amistad cultivada por décadas, en este
tiempo de receso vacacional me ha permitido volver al Valle de Atriz a gozarme
una semana celebrando los 30 años de mi primera promoción de bachilleres,
bautizando a María Valeria, hija de Mario y Cata, exalumnos; peregrinando a Las
Lajas para celebrar la eucaristía a los pies de Nuestra Señora en compañía de
Juan Carlos y Charo, pareja cuyo matrimonio presencié hace años; paseando a La
Cocha para almorzar una deliciosa trucha, precedída de un buen hervido, en el
puerto de El Encano, nuestra Venecia nariñense, con una veintena de amigos
entre padres de familia, profesores y administrativos de mi tiempo; encuentros
con amigos como Monseñor Enrique, obispo emérito… en fin.
Ya
pasado de kilos, y sin remordimientos ni muchos detalles que generen perversas
envidias, les cuento que saboreé otras delicias gastronómicas las cuales me
tocó sufrir y padecer estos días: pastel de queso, aplanchados, quimbolitos,
frito, hornado, lapingachos, empanadas de añejo, ají de maní y una que otra
copita de aguardiente Nariño, versión rebajada del tradicional Galeras.
Todo
eso muy rico, pero lo mejor: los amigos. Su afecto, su lealtad probada, sus
detalles.
¡Gracias
amigos de Pasto por tanto amor! ¡Los llevo en el corazón! ¡Gracias y
bendiciones!
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