La
riqueza hoy no se mide por recursos, sino por la singularidad cultural. Colombia
tiene una ventaja estratégica única en su identidad irrepetible.
Las
grandes transformaciones económicas comienzan cuando cambia la definición de riqueza.
La Revolución Industrial convirtió el carbón y el acero en sinónimo de poder. El
siglo XX desplazó ese poder hacia el petróleo, la manufactura y el capital financiero.
El
siglo XXI vuelve a cambiar la ecuación. En una economía donde el capital circula,
la tecnología se difunde y la información se comparte a escala global, la ventaja
competitiva ya no depende exclusivamente de lo que una nación posee. Depende, sobre
todo, de aquello que ninguna otra puede reproducir.
Las
cifras confirman ese cambio. La Unesco estima que las industrias culturales y creativas
representan alrededor del 3,1 % del PIB mundial y el 6,2 % del empleo
global.
La
Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo (Unctad) señala que
las exportaciones mundiales de servicios creativos alcanzaron cerca de 1,5 billones
de dólares en 2023, equivalentes a casi una quinta parte del comercio mundial de
servicios.
No
describen el crecimiento de un sector. Revelan el desplazamiento del valor económico
hacia los activos intangibles: conocimiento, creatividad, propiedad intelectual
y capacidad de innovación.
La
economía del conocimiento alteró la naturaleza de la competencia. Cuando el capital,
la tecnología y la información pueden adquirirse, la ventaja estratégica pasa a
ser aquello que no puede comprarse ni copiarse. La singularidad deja de ser un atributo
cultural para convertirse en un activo económico.
Ninguna
nación puede reproducir la memoria histórica de otra, sus lenguas, sus paisajes
culturales, la inteligencia acumulada por sus comunidades o la creatividad construida
durante generaciones. Esa singularidad constituye hoy uno de los recursos más escasos
y, por ello, uno de los más valiosos de la economía contemporánea.
Ese
activo es la cultura. No entendida como un sector administrativo ni como un gasto
público, sino como el sistema que integra patrimonio, conocimiento, creatividad,
identidad e innovación. Allí se originan buena parte de los factores que hoy determinan
la competitividad de las naciones: diferenciación, confianza, reputación, propiedad
intelectual y capacidad para generar valor.
A
esta capacidad de transformar patrimonio, conocimiento y creatividad en desarrollo
económico, legitimidad institucional e influencia internacional la denomino Geopolítica
de la Cultura.
No
es una teoría sobre las artes. Es una forma de comprender el nuevo mapa del poder.
Si la geopolítica clásica explicó la competencia por el territorio y los recursos
naturales, la economía del siglo XXI incorpora otra dimensión: la competencia por
la singularidad.
Colombia
llega a este cambio con una ventaja excepcional. Su diversidad biológica y cultural,
sus comunidades indígenas, afrodescendientes y campesinas, sus artesanos, sus museos,
sus archivos, sus bibliotecas, su arquitectura, su literatura, su música, su cine,
su diseño y sus saberes ancestrales conforman un patrimonio cuya singularidad ningún
competidor puede reproducir. En la economía del conocimiento, esa singularidad deja
de ser únicamente memoria para convertirse en una ventaja estratégica.
De
allí surge un principio para orientar la política pública del siglo XXI: conservar
el futuro. Preservar innovando. Preservar innovando significa activar el patrimonio
como infraestructura para la investigación, el diseño, la educación, la ciencia,
las industrias creativas y el desarrollo territorial. La memoria no es un refugio
frente al futuro; es una de las condiciones para construirlo.
La
pregunta ya no es cuánto cuesta la cultura. La pregunta es cuánto desarrollo pierde
un país cuando desconoce el valor estratégico de aquello que lo hace irrepetible.
Las
naciones que liderarán el siglo XXI no serán únicamente las que acumulen más recursos
naturales. Serán aquellas capaces de convertir su singularidad en conocimiento,
el conocimiento en innovación y la innovación en desarrollo.
En
el siglo XXI, la riqueza de las naciones ya no se medirá únicamente por lo que extraen
de su territorio, sino por lo que son capaces de aportar al mundo desde aquello
que las hace irrepetibles. Colombia ya posee ese activo. Reconocerlo como una estrategia
de Estado será una de las decisiones que definirán su lugar en el mundo.
Columna
de Lucrecia Piedrahíta (arquitecta/curadora) para Economía & Cultura del
periódico El Tiempo.
