Hace veinte años sacaron el último muerto del Cementerio
San Lorenzo. Desde entonces, las bóvedas quedaron vacías.
Hace 198 años se fundó el Cementerio San Lorenzo, en la
comuna 10, La Candelaria. Se dice que fue el primer cementerio extramuros de
Medellín. Nació para cumplir las normativas sanitarias de las Leyes de Indias
de la Corona española que prohibían seguir enterrando a los fallecidos dentro
de las iglesias debido al riesgo de epidemias.
Tras décadas de funcionamiento, el cementerio dejó de
recibir cuerpos. Entre 2003 y 2006 se completó la exhumación masiva de los
restos que allí reposaban para ser trasladados de manera definitiva al
Cementerio Universal.
Hoy, a pesar de haber sido declarado bien de interés
cultural y patrimonial, el lugar ha atravesado largos periodos de abandono
institucional y social. Cuando uno camina por allí en las primeras horas de la
mañana, descubre una paradoja extraña: las bóvedas están vacías, pero la calle
del frente está llena de cuerpos.
No de cuerpos sin vida, de habitantes de calle.
Hombres y mujeres que encontraron en este sector algo
parecido a un refugio. Tal vez un lugar para descansar, tal vez un rincón donde
nadie los moleste, quizá porque la gente le teme a los muertos, pero ha
aprendido a ignorar a los vivos.
En los últimos años, la Alcaldía de Medellín y algunos
colectivos ciudadanos han impulsado proyectos, restauraciones y pactos para
recuperar sus fachadas y galerías, con la intención de convertirlo en un Parque
Cementerio Patrimonial abierto al público y al turismo histórico. Sin embargo,
poco parece haber cambiado.
Basta mirar a sus nuevos vecinos.
Las esquinas están llenas de basura y escombros. Los
andenes parecen una morgue al aire libre: cuerpos cubiertos con cartones,
cobijas y costales. Personas que duermen a pocos metros de un cementerio vacío,
como si la ciudad hubiera trasladado la muerte de las bóvedas a las aceras.
Quizá los muertos tienen una ventaja sobre los vivos:
alguien los extraña.
Esa es la ironía más cruel de San Lorenzo.
El cementerio ya no guarda muertos. Los trasladaron hace
años. Lo que nadie ha logrado trasladar es el abandono. Cuando amanece, las
bóvedas permanecen vacías y los andenes continúan llenos.
Los muertos ya encontraron dónde descansar.
Los vivos todavía no.


