Hace algunos años, después de un
largo tiempo de conflicto interno en Colombia, algunos analistas hablaban de
que la guerrilla se había convertido en “parte del paisaje”, puesto que
nos habíamos acostumbrado a coexistir con ella.
Hoy por hoy, la guerrilla crece
y han aparecido nuevos actores del conflicto con distintas denominaciones y un
común denominador: el narcotráfico.
Es común que se presenten diariamente
actos terroristas, tomas de poblaciones, atentados permanentes contra la fuerza
pública y la población civil, aumentan las extorsiones, los secuestros, el
sicariato indiscriminado y el asesinato de líderes sociales, y todos tan
campantes, Gobierno y ciudadanía nos limitamos con conversar y comentar sobre
el “acontecimiento nefasto del día” y a comparar con las estadística o
datos oficiales del año anterior o del año en curso, es decir, aprendimos a
coexistir y convivir con los agentes que actúan por fuera de la ley y a tener
un Estado débil conformado por gobiernos torpes y timoratos.
No es que nos contentemos o nos
tranquilicemos con que el dato esté por encima o por debajo del período con el
cual se compara. Es que ese dato actual debe ser CERO para el total de
víctimas de cualquier tipo de agresión.
Yo ya estoy mamado de oír las
declaraciones y las explicaciones insulsas y repetidas ―como si fuera un guion
previamente preparado― del presidente de turno, de los ministros, de los
generales, de los comandantes de ejército y policía, de la Fiscalía, de la
Defensoría del Pueblo, de funcionarios de nivel alto, medio y bajo, de prelados
y de simples ciudadanos que anuncian lo de siempre: consejos de seguridad
extraordinarios, investigaciones exhaustivas, aumento del pie de fuerza
(trasladándola de un lugar a otro como Simón el Bobito que sugiere abrir un
hueco para poder echar allí un volumen de tierra que está expuesto), e
invitando a la convivencia.
Ni que hablar de la inseguridad
cotidiana en las distintas ciudades del país a través de la llamada
delincuencia común.
Este Estado fallido debe
reconocer que le quedó grande controlar el cien por ciento del territorio y lo
que se requiere son medidas extremas como la solicitud de ayuda a la ONU para
que mande los Cascos Azules, o solicitar de un “gobierno amigo”, ―comprometiendo
la soberanía nacional― a que nos ayude a salir del problema en términos
militares o de apoyo económico como ya lo hemos hecho con anterioridad, con
algunos resultados temporales.
La reubicación física de los comandos
del ejército trasladándolos a los epicentros del conflicto, la declaratoria de
Ley Marcial en territorios y departamentos neurálgicos, el llamado de la reserva
mientras se capacitan nuevos contingentes, son medidas que suenan como obvias
pero que no se han ensayado, creo yo, porque de pronto resolvemos el problema.
Y para complicar más el asunto,
el tema de la corrupción sigue creciendo de manera desbordada en todas las
instancias y en todos los niveles. Todos los días un nuevo escándalo y nuestro
aparato de justicia apenas si alcanza a judicializar, pero muy rara vez a
condenar.
En estos tiempos recientes el
asunto ha pasado de castaño a oscuro, se ha salido de madre y no pasa nada.
¿Nos volvimos todos cómplices de
la corrupción?
¿Qué medidas se están tomando?
¿Cuáles son los ladrones de
cuello negro, blanco o rosado que ya están en la cárcel?
¿Quién asume la responsabilidad?
¿Se imaginan ustedes un joven
que estará pensando de tener o intentar tener un futuro en Colombia?
¡Qué cansancio!
¡Qué país miserable!
Sin embargo, tratemos de
perseverar asegurando que ¡todo sea por Colombia y nada sea contra Colombia!
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