miércoles, 17 de junio de 2026

De cara al porvenir: normalizar lo que se repite

Pedro Juan González Carvajal
Pedro Juan González Carvajal

Hace algunos años, después de un largo tiempo de conflicto interno en Colombia, algunos analistas hablaban de que la guerrilla se había convertido en “parte del paisaje”, puesto que nos habíamos acostumbrado a coexistir con ella.

Hoy por hoy, la guerrilla crece y han aparecido nuevos actores del conflicto con distintas denominaciones y un común denominador: el narcotráfico.

Es común que se presenten diariamente actos terroristas, tomas de poblaciones, atentados permanentes contra la fuerza pública y la población civil, aumentan las extorsiones, los secuestros, el sicariato indiscriminado y el asesinato de líderes sociales, y todos tan campantes, Gobierno y ciudadanía nos limitamos con conversar y comentar sobre el “acontecimiento nefasto del día” y a comparar con las estadística o datos oficiales del año anterior o del año en curso, es decir, aprendimos a coexistir y convivir con los agentes que actúan por fuera de la ley y a tener un Estado débil conformado por gobiernos torpes y timoratos.

No es que nos contentemos o nos tranquilicemos con que el dato esté por encima o por debajo del período con el cual se compara. Es que ese dato actual debe ser CERO para el total de víctimas de cualquier tipo de agresión.

Yo ya estoy mamado de oír las declaraciones y las explicaciones insulsas y repetidas ―como si fuera un guion previamente preparado― del presidente de turno, de los ministros, de los generales, de los comandantes de ejército y policía, de la Fiscalía, de la Defensoría del Pueblo, de funcionarios de nivel alto, medio y bajo, de prelados y de simples ciudadanos que anuncian lo de siempre: consejos de seguridad extraordinarios, investigaciones exhaustivas, aumento del pie de fuerza (trasladándola de un lugar a otro como Simón el Bobito que sugiere abrir un hueco para poder echar allí un volumen de tierra que está expuesto), e invitando a la convivencia.

Ni que hablar de la inseguridad cotidiana en las distintas ciudades del país a través de la llamada delincuencia común.

Este Estado fallido debe reconocer que le quedó grande controlar el cien por ciento del territorio y lo que se requiere son medidas extremas como la solicitud de ayuda a la ONU para que mande los Cascos Azules, o solicitar de un “gobierno amigo”, ―comprometiendo la soberanía nacional― a que nos ayude a salir del problema en términos militares o de apoyo económico como ya lo hemos hecho con anterioridad, con algunos resultados temporales.

La reubicación física de los comandos del ejército trasladándolos a los epicentros del conflicto, la declaratoria de Ley Marcial en territorios y departamentos neurálgicos, el llamado de la reserva mientras se capacitan nuevos contingentes, son medidas que suenan como obvias pero que no se han ensayado, creo yo, porque de pronto resolvemos el problema.

Y para complicar más el asunto, el tema de la corrupción sigue creciendo de manera desbordada en todas las instancias y en todos los niveles. Todos los días un nuevo escándalo y nuestro aparato de justicia apenas si alcanza a judicializar, pero muy rara vez a condenar.

En estos tiempos recientes el asunto ha pasado de castaño a oscuro, se ha salido de madre y no pasa nada.

¿Nos volvimos todos cómplices de la corrupción?

¿Qué medidas se están tomando?

¿Cuáles son los ladrones de cuello negro, blanco o rosado que ya están en la cárcel?

¿Quién asume la responsabilidad?

¿Se imaginan ustedes un joven que estará pensando de tener o intentar tener un futuro en Colombia?

¡Qué cansancio!

¡Qué país miserable!

Sin embargo, tratemos de perseverar asegurando que ¡todo sea por Colombia y nada sea contra Colombia!