Pedro Juan González Carvajal
La corrupción no es un
problema de “manzanas podridas”, sino de canastas mal diseñadas. Mientras
existan monopolios de decisión, discrecionalidad sin trazabilidad y baja
probabilidad de sanción, el incentivo a corromper persiste. Las leyes penales
solas no alcanzan. Se requieren mecanismos que cambien la arquitectura del
poder: que reduzcan la oportunidad, aumenten la detección y suban el costo. A continuación,
propongo cinco mecanismos factibles, novedosos y eficientes, pensados para
operar en contextos como el latinoamericano, con capacidad estatal limitada,
pero con alta penetración tecnológica.
Es obvio que la principal
herramienta para combatir la corrupción sería el aspecto cultural y educativo,
donde la sociedad y el individuo valoren en su verdadera dimensión los
comportamientos legales, morales y éticos y los apliquen y los vivan en su día
a día.
Otra herramienta sería el
castigo extremo, propio de ciertas culturas como amputar la mano al ladrón, azotes
o latigazos, la cárcel con trabajos forzados, la cadena perpetua o aún la pena
de muerte.
La sanción social, la
exposición pública, la humillación y la vergüenza pública deberían ser
herramientas para emplear contra el corrupto.
También pensar en la
extinción del dominio patrimonial hasta el tercer grado de consanguinidad para
los culpables de corrupción y la devolución completa de lo robado.
Hay que asegurar que la
Auditoría General de la Nación y la Contaduría General de la Nación cumplan
verdaderamente con su función técnica e independiente.
He aquí, algunas propuestas
de combate contra la corrupción:
1. Contratación pública 100 %
programable con “contratos inteligentes”
Problema: el 70 % de la gran
corrupción ocurre en contratación estatal. Pliegos amañados, adendas,
sobrecostos.
Mecanismo: migrar toda la contratación
menor y mediana a plataformas tipo blockchain (Un blockchain -cadena de bloques- es un libro de contabilidad
digital, descentralizado, distribuido e inmutable que
registra transacciones o datos de forma segura, transparente y cronológica.
Funciona mediante bloques encadenados criptográficamente, lo que impide
modificar o borrar la información una vez registrada, sin necesidad de
intermediarios). Es pública donde los pliegos, ofertas y pagos se ejecuten como smart
contracts (Un smart contract -contrato
inteligente- es un programa informático almacenado en una cadena de bloques o blockchain que se ejecuta
automáticamente cuando se cumplen condiciones predefinidas. Actúan como
acuerdos digitales autoejecutables, eliminando intermediarios, reduciendo
costos y garantizando transacciones seguras, transparentes e inmutables).
* El pliego se publica en
código abierto y cualquier cambio queda registrado.
* Las ofertas se cifran y
solo se abren cuando se cumple el plazo, eliminando filtraciones.
* El pago se libera
automáticamente contra verificación de entregables por sensores o terceros
auditores, sin firma de funcionario.
Factibilidad: Colombia ya tiene SECOP II
y cédula digital. Países como Estonia licitan infraestructura TI así. El costo
de implementación es menor que lo que se pierde en un solo cartel de
contratación.
Por qué es eficiente: elimina la discrecionalidad
del “me pagas y te firmo el acta”. Si no hay humano que detenga el pago, no hay
mordida.
2. Soborno inverso:
recompensas automáticas a denunciantes con trazabilidad financiera
Problema: quien denuncia corrupción
arriesga su empleo y su vida, y rara vez recibe algo.
Mecanismo: crear un fondo anticorrupción
financiado con un 10 % de lo recuperado en procesos por corrupción.
Cualquier ciudadano o funcionario que aporte evidencia que lleve a condena y
recuperación de activos recibe entre 5 % y 15 % del monto, con
identidad protegida y pago en criptomonedas o cuentas en el exterior si hay
riesgo.
Novedad: no es solo protección al
denunciante. Es convertir al ciudadano en auditor con incentivo económico
directo. EE.
UU. usa algo
similar con la False Claims Act y recupera 20 dólares por cada 1 invertido. La Ley de Reclamaciones Falsas (False
Claims Act o FCA, 31 U.S.C. §§ 3729-3733), también conocida como "Ley
Lincoln", es una ley federal estadounidense de 1863 que impone
responsabilidad civil y penal a personas o empresas que defraudan programas
gubernamentales. Es la principal herramienta contra el fraude, permitiendo a
denunciantes (whistleblowers)
presentar demandas en nombre del Gobierno bajo la cláusula qui tam, recibiendo entre el
15 % y el 30 % de lo recuperado.
Factibilidad: requiere solo una ley y
cooperación con UIAF (La
UIAF -Unidad de
Información y Análisis Financiero- es la unidad de inteligencia financiera de
Colombia, adscrita al Ministerio de Hacienda. Su función principal es prevenir
y detectar el lavado de activos, la financiación del terrorismo y el
financiamiento de la proliferación de armas de destrucción masiva, analizando
reportes financieros para identificar actividades sospechosas) y Fiscalía. La tecnología
para pagos anónimos ya existe.
Por qué es eficiente: sube el costo esperado de
corromperse. Hoy la probabilidad de castigo es baja. Si cada subalterno es un
potencial denunciante millonario, el riesgo se dispara.
3. Algoritmos de “bandera roja” en tiempo real sobre gasto público
Problema: las contralorías auditan años después, cuando la plata ya se perdió.
Mecanismo: obligar a que todo pago del
Estado pase por un sistema central que corra modelos de IA entrenados para
detectar patrones anómalos: fraccionamiento de contratos, sobreprecios vs.
mercado, proveedores recién creados con un solo cliente, giros a las 11:59 p. m.,
el 31 de diciembre.
Cuando salta una “bandera
roja”, el pago se congela 72 horas y se notifica a una veeduría ciudadana
rotativa y a la Procuraduría. Si no hay justificación, no se gira.
Factibilidad: la DIAN ya usa analítica
para evasión. Brasil usa el sistema Alice con este fin desde 2019.
Por qué es eficiente: pasa del control
post-mortem al control preventivo. Es más barato detener un giro de 500
millones que intentar recuperarlos 5 años después.
4. Servicio civil por
sorteo para cargos de alta tentación
Problema: los cargos que manejan
licencias, aduanas, permisos y contratación son botines políticos. Se nombra al
amigo del padrino.
Mecanismo: para direcciones de
contratación, inspección, licencias e interventoría, crear un cuerpo de
administradores públicos certificados. Quienes pasen pruebas técnicas y de
integridad entran a un pool. El cargo específico se asigna por sorteo público,
con periodo fijo de 3 años, sin reelección y con salario alto.
Novedad: copia la lógica de jurados en
EE. UU. o de la lotería de consejeros en la Atenas clásica. Rompe la cadena
padrino-ahijado.
Factibilidad: no requiere reforma
constitucional. Se puede pilotear en alcaldías y gobernaciones por acuerdo o
por ordenanza.
Por qué es eficiente: Si no sabes a quién vas a
sobornar porque el cargo se define mañana por balotas, el soborno precontrato
se vuelve inviable.
5. Transparencia radical de
beneficiarios finales en una capa ciudadana
Problema: el contratista es una SAS
creada ayer, cuyo dueño es otra empresa en Panamá.
Mecanismo: toda persona natural que
sea beneficiario final de un contrato estatal mayor de 50 millones debe tener
perfil público y verificable: foto, cédula, declaración de renta resumida y
conflictos de interés. Esa información va a una App donde cualquier ciudadano
puede ver “quién se ganó qué” en su municipio, cruzarla y reportar.
Novedad: no es solo registro en
Cámara de Comercio. Es ponerle cara y patrimonio al contratista. La vergüenza
pública y la presión social son disuasivos reales.
Factibilidad: la Ley de Beneficiarios
Finales ya existe, solo falta volverla visible y usable en móvil.
Por qué es eficiente: la corrupción ama la
oscuridad. Cuando el vecino puede ver que la empresa de la esposa del alcalde
se ganó 20 contratos, el costo reputacional aparece.
Como conclusión podríamos
decir que para combatir la corrupción no requiere más leyes, sino mejores
diseños. Los cinco mecanismos propuestos comparten tres principios: 1) Quitan
discrecionalidad al humano y la pasan al protocolo, 2) Suben la probabilidad de
detección antes de que el daño ocurra, y 3) Alinean incentivos para que
denunciar pague más que callar. Son factibles porque usan infraestructura que
ya existe. Son novedosos porque tratan al ciudadano como auditor, no como
víctima. Y son eficientes porque atacan la oportunidad, no solo el acto. La
corrupción no se elimina, pero sí se puede volver un mal negocio.
No solo se requieren
discursos y denuncias teóricas, si no verdadera voluntad social y política para
acabar con este grave problema.
Mientras los gobiernos
mediocres y los ciudadanos borregos sigamos proponiendo y aceptando
permanentemente reformas tributarias para aumentar los ingresos de los gobiernos
de turno en vez de atacar frontalmente la corrupción, todos, sin excepción,
deberíamos ser considerados como cómplices y obviamente como estúpidos.
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