Fredy Angarita
Los
que han leído muchas de mis columnas saben que suelo hablar del entorno, de la
gente que no siempre tiene voz. Trato de mirar y compartir aquello que parece
distinto, lo que normalmente pasa desapercibido. Pero la rutina termina consumiéndome,
aquello en lo que antes me fijaba se vuelve costumbre, paisaje, repetición.
Y
eso comienza a generar preguntas.
¿Por
qué hay personas que se convierten en invisibles?
¿El
habitante de calle, dormido siempre en el mismo lugar, con la misma sábana
roída por el uso, ya hace parte de la esquina?
¿Y
el vendedor de bananos a las cinco de la mañana, empujando la carreta por la
misma calle? Antes lo veía con admiración: “qué teso salir a esta hora”. Ahora
sigue ahí… y ya ni siquiera me lo pregunto.
Ya
no veo a don Leo cruzando la Oriental, pero tampoco me pregunto ¿cómo está?, ¿cómo
se encuentra?
El
parque antes me asombraba con su entorno. Ahora quiero asombrarme y no
encuentro nada distinto.
Muchos
autores hablan de no perder la capacidad de asombro:
“Si
no te ha sorprendido nada extraño durante el día, es que no ha habido día.” — John Archibald Wheeler
“El
asombro es la base de la filosofía.”
— Paul Tillich
“El
asombro nos espera en cada esquina.”
— James Broughton
Al
leer esas frases, pienso que parece fácil, pero, desde mi experiencia, no lo es
tanto.
Entonces
empiezan las preguntas personales: ¿qué falla que esto pase?, ¿por qué
perdemos una capacidad tan humana?
Parecen
soluciones pequeñas: cambiar de ruta, mirar diferente, caminar más lento. Tal
vez así volvamos a encontrar algo que nos sorprenda.
Después
de pensar mucho en esto, me encontré con un término: urbanopatía.
Todavía
no aparece como diagnóstico oficial en el CIE-11 (Clasificación Internacional
de Enfermedades de la OMS), pero algunos especialistas la consideran una “eco-enfermedad”
del tercer milenio. Surge cuando una persona pierde el impulso vital y
desarrolla un profundo malestar psicológico y físico debido a la vida en
entornos urbanos intensos.
La
urbanopatía nace cuando la ciudad deja de sentirse humana, cuando el
ruido reemplaza la conversación, la rutina reemplaza la curiosidad y las
personas terminan convirtiéndose en parte del mobiliario urbano.
Después
de leer todo lo que implica esta palabra, encontré un motivo más para pelear
contra la pérdida de la capacidad de asombro. La urbanopatía se alimenta de la
mecanización y del aislamiento; se combate recuperando la capacidad de mirar lo
cotidiano como si todavía tuviera algo que decirnos.
Los
especialistas incluso plantean algunas estrategias para combatirla:
—
Paseos de asombro: caminar observando el entorno con curiosidad.
—
Valorar lo inesperado.
—
Fomentar la sensibilidad social.
—
Practicar la gratitud.
La
invitación, aunque parezca sencilla y no lo sea, es a no perder esa capacidad.
A no convertir lo cotidiano en simple decoración de fondo.
Tal
vez la ciudad no nos quitó la capacidad de asombro. Tal vez fuimos nosotros
quienes aprendimos a caminar mirando sin ver. Y el día que todo nos parezca
normal —la pobreza, el cansancio, la soledad, el ruido— quizá no sea la ciudad
la que esté enferma.
Tal
vez seamos nosotros.
