jueves, 14 de mayo de 2026

Urbanopatía

Fredy Angarita
Fredy Angarita

Los que han leído muchas de mis columnas saben que suelo hablar del entorno, de la gente que no siempre tiene voz. Trato de mirar y compartir aquello que parece distinto, lo que normalmente pasa desapercibido. Pero la rutina termina consumiéndome, aquello en lo que antes me fijaba se vuelve costumbre, paisaje, repetición.

Y eso comienza a generar preguntas.

¿Por qué hay personas que se convierten en invisibles?

¿El habitante de calle, dormido siempre en el mismo lugar, con la misma sábana roída por el uso, ya hace parte de la esquina?

¿Y el vendedor de bananos a las cinco de la mañana, empujando la carreta por la misma calle? Antes lo veía con admiración: “qué teso salir a esta hora”. Ahora sigue ahí… y ya ni siquiera me lo pregunto.

Ya no veo a don Leo cruzando la Oriental, pero tampoco me pregunto ¿cómo está?, ¿cómo se encuentra?

El parque antes me asombraba con su entorno. Ahora quiero asombrarme y no encuentro nada distinto.

Muchos autores hablan de no perder la capacidad de asombro:

“Si no te ha sorprendido nada extraño durante el día, es que no ha habido día.” — John Archibald Wheeler

“El asombro es la base de la filosofía.” — Paul Tillich

“El asombro nos espera en cada esquina.” — James Broughton

Al leer esas frases, pienso que parece fácil, pero, desde mi experiencia, no lo es tanto.

Entonces empiezan las preguntas personales: ¿qué falla que esto pase?, ¿por qué perdemos una capacidad tan humana?

Parecen soluciones pequeñas: cambiar de ruta, mirar diferente, caminar más lento. Tal vez así volvamos a encontrar algo que nos sorprenda.

Después de pensar mucho en esto, me encontré con un término: urbanopatía.

Todavía no aparece como diagnóstico oficial en el CIE-11 (Clasificación Internacional de Enfermedades de la OMS), pero algunos especialistas la consideran una “eco-enfermedad” del tercer milenio. Surge cuando una persona pierde el impulso vital y desarrolla un profundo malestar psicológico y físico debido a la vida en entornos urbanos intensos.

La urbanopatía nace cuando la ciudad deja de sentirse humana, cuando el ruido reemplaza la conversación, la rutina reemplaza la curiosidad y las personas terminan convirtiéndose en parte del mobiliario urbano.

Después de leer todo lo que implica esta palabra, encontré un motivo más para pelear contra la pérdida de la capacidad de asombro. La urbanopatía se alimenta de la mecanización y del aislamiento; se combate recuperando la capacidad de mirar lo cotidiano como si todavía tuviera algo que decirnos.

Los especialistas incluso plantean algunas estrategias para combatirla:

— Paseos de asombro: caminar observando el entorno con curiosidad.

— Valorar lo inesperado.

— Fomentar la sensibilidad social.

— Practicar la gratitud.

La invitación, aunque parezca sencilla y no lo sea, es a no perder esa capacidad. A no convertir lo cotidiano en simple decoración de fondo.

Tal vez la ciudad no nos quitó la capacidad de asombro. Tal vez fuimos nosotros quienes aprendimos a caminar mirando sin ver. Y el día que todo nos parezca normal —la pobreza, el cansancio, la soledad, el ruido— quizá no sea la ciudad la que esté enferma.

Tal vez seamos nosotros.