José Alvear Sanín
En la interminable historia de las atrocidades disputan el
primer lugar el nazismo y el comunismo. Este último presenta diferentes y
aterradoras modalidades: leninismo, estalinismo, maoísmo, tan bien conocidas
como equiparables; y otros movimientos aún más radicales y sangrientos —si es
posible—, como los de Corea del Norte y los khmeres rojos, cuyos genocidios no
han tenido el alcance global de los primeros.
Escoger el peor comunismo no es fácil, porque todos han
sido atroces y conducen a los países, inexorablemente, a la opresión, la
miseria y el hambre, pero como lo único que saben hacer bien es propaganda
política y adoctrinamiento académico, en la percepción corriente los máximos
crímenes de la historia se atribuyen únicamente a los nazis, día y noche, y año
tras año, mientras de los cien y más millones de muertos del comunismo poco o
nada se habla en las universidades, y nunca en los millares de libros de “historia”,
que vomitan los diferentes mecanismos de “memoria histórica”, “comisiones de la
verdad”, la JEP y similares, y los museos sobre la violencia, que los gobiernos
marxistas dotan espléndidamente, no solo en Colombia…
Resumiendo: no podemos aceptar la narrativa de que los
nazis son lo peor de la historia universal, porque los comunistas han sido
iguales o peores…
Pasemos ahora a Colombia, donde se entregó el poder, desde
2016, a las guerrillas comunistas más fanáticas, sanguinarias, destructoras y
rapaces.
No vale la pena escoger cuál es la más perversa: FARC y ELN,
a la hora de la verdad son lo mismo, ejércitos de obediencia cubana, marxistaleninistas,
terroristas al servicio, tanto del ideal revolucionario como del narcotráfico.
Lo que nadie ha considerado es que las guerrillas
colombianas superan en maldad y perversidad los peores instrumentos nazis del
terror, porque las Schutzstaffel, las horribles SS, nunca reclutaron niños y
jamás han sido acusadas de organizar masivamente el aborto de niñas violadas.
Eran máquinas de muerte tan disciplinadas y fanáticas como las FARC y el ELN,
que las superan ampliamente y, por tanto, pueden reclamar para Colombia el
campeonato mundial del terror.
Cuando después de diez años de comedia los comanditarios de
la JEP reconocen impávidos 18.000 niños reclutados, corrompidos y abusados,
¿cómo es que un país indolente los tolera y a su principal orientador se lo
recibe como a un candidato presidencial normal?
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