viernes, 17 de abril de 2026

Gratitud por siempre

José Leonardo Rincón, S. J.
José Leonardo Rincón, S. J.

Guardaré gratitud por siempre, por todo el amor que he recibido a lo largo de mi existencia y particularmente en estos días una vez ha pasado la pascua de mi madre Blanca Cecilia.

Gratitud con Dios porque me regaló una madre que me reveló en persona lo que era su rostro misericordioso. Por auténtica ósmosis asimilé la fe, los principios y los valores. No hubo cátedras, no hubo discursos, menos cantaletas, sólo testimonio vivo. Para complementar su existencial sabiduría me prodigó los mejores educadores laicos y religiosos. Con los Ballesteros, los Valencia y los Sastres, con La Salle y Loyola, no pudo ponerme en mejores manos.

Gratitud con todos mis tíos y primos. Me acogieron con afecto, me enseñaron a trabajar en diferentes y nobles labores, fueron también en vacaciones los hermanos que no tuve. Cuando poco a poco fueron faltando, el vacío que dejaron en ella fue enorme. No pasaron en vano.

Gratitud con mi amada Compañía de Jesús. Los días más felices de mi realización personal fueron cuando fui aceptado en sus filas, me ordenaron presbítero y recibí la profesión solemne. La Compañía ha sido otra madre maravillosa que no ha escatimado conmigo lo mejor de sí misma: me ha formado, me ha confiado desde muy pronto misiones delicadas, me ha respaldado, me ha sostenido. Con mi mamá no ha podido ser más comprensiva y exquisita.

En estos días en los que se amalgaman paradójicos sentimientos: la alegre y muy feliz certeza de que mi madre está con Dios y su amada Virgen María y la humana sensación de vacío y tristeza por no poderla tener a mi lado, un tsunami de amigas y amigos, prestantes y humildes, provenientes de tantos lugares, me hacen sentir que no estoy solo. No han sido los pésames de protocolo social, han sido genuinas muestras de ternura y amor que me han conmovido hasta el extremo. Eso es lo que me ha hecho llorar con lágrimas que mezclan la tristeza de su ausencia y la alegría de ese cariño sincero que me han hecho sentir. Las palabras escritas y pronunciadas desde el corazón, las flores que quieren quedarse para siempre, las oraciones y eucaristías que confortan el alma, la masiva presencia física y también virtual con ocasión de las exequias con sus cenizas, los silencios que no se atreven a musitar palabras pero que lo dicen todo, los monitoreos periódicos de algunos para saber cómo voy, la preciosa eucaristía que mis amigos de Pasto bellamente organizaron, las velitas cuyas llamas al arder expanden luz y calor, las mariposas que nacen, la invitación a un café o el obsequio de un dulce, en fin, con tantas muestras de amor no puedo menos que tener gratitud.

Se los digo de corazón: guardaré con todos ustedes gratitud por siempre. “Solo se ve bien con el corazón, lo esencial es invisible a los ojos”, las palabras siempre se quedan cortas y resultan insuficientes. Gracias, gracias, gracias. Solo el buen Dios les recompensará con creces tanta bondad, tanto amor. Los llevo en mi ser y nunca olvidaré lo que hicieron por mi mamá, en vida regalándole tantos momentos felices y ahora, para que tenga vida eterna y resucitada, goce de la presencia de ese Dios que amó y de esa Santísima Virgen que la protegió hasta el final y para siempre. ¡Amén!