Rafael Uribe Uribe
En Colombia, la dignidad humana dejó de medirse por los derechos y comenzó a medirse por el mobiliario en los centros de salud. Esta dolorosa realidad se hizo evidente cuando mi hijo, en fase terminal de cáncer, tuvo que pasar cuatro días sentado en una silla, porque no había camillas. Durante ese tiempo, el dolor era una constante, y la respuesta de las instituciones se repetía como un mantra: no hay, no alcanza, no se puede. Así, la resignación parece haberse convertido en una política pública. Después de mover cielo y tierra se logró su traslado a una habitación compartida mientras puede remitirse a otra clínica de cuidados paliativos, si es que la suerte ayuda con una habitación disponible.
En
una de mis visitas a la clínica, la desesperación me llevó casi al infarto. Por
los pasillos había más de cien pacientes en camillas y sillas en un espacio
colapsado que recordaba a un escenario de guerra. El país entero se ha
transformado en una sala de espera interminable. Como tantos otros, mi hijo fue
condenado a una silla, porque el sistema así lo decidió. Se trata de una
verdadera tragedia, un crimen de lesa humanidad.
Lo
que presencié es la consecuencia directa de un sistema de salud que está siendo
desmantelado pieza por pieza. No hace falta ser un experto; basta con entrar a
una clínica y percibir el colapso. Mientras se habla de “transformación”, lo
único que de verdad cambia es la desesperación de los enfermos. Las promesas de
“salvar el sistema” solo salvan el discurso, y se culpa al pasado, el presente
se deteriora en los pasillos de los hospitales.
La
destrucción del sistema de salud no es una metáfora, es una realidad tangible.
Se manifiesta en la falta de insumos, la improvisación permanente, la
burocracia asfixiante y la incapacidad de garantizar lo mínimo indispensable.
En cualquier país civilizado, lo mínimo sería que un paciente terminal no
tuviera que pasar cuatro días en una silla.
Lo
que vi fue una radiografía brutal: un Estado que juega a la revolución poniendo
en riesgo la vida de los ciudadanos, un sistema que se desangra y una
ciudadanía obligada a agradecer lo que antes era básico. La silla de mi hijo
dejó de ser una simple anécdota para convertirse en un símbolo del derrumbe de
un país, donde la ideología prevalece.
Duele
escribir estas palabras, pero duele mucho más vivir esta experiencia. Duele ver
que la vida de un ser querido depende de un sistema que ya no funciona. Duele
saber que, mientras los discursos se inflan, los pacientes se sientan, y
esperan, y esperan, y esperan.
A pesar del colapso
y la precariedad, la clínica a la que acudimos sobresale por la calidad de
atención y el compromiso de médicos y enfermeras, quienes se esfuerzan
diariamente por ofrecer el mejor cuidado posible a los pacientes. Sin embargo,
su labor se ve gravemente dificultada por la falta de recursos, la burocracia y
la decadencia del sistema sanitario, que impide el cumplimiento de lo mínimo
necesario.
El Rincón de Dios
“Bienaventurados
los que lloran, porque ellos recibirán consolación” Mateo 5:4.
