Por John Marulanda*
“Si nosotros tenemos una guerra con Colombia, se
la vamos a hacer en su territorio” dijo Diosdado en un video del
2019, aunque el fiscal general en Bogotá dice, con la diplomacia característica
de los burócratas, que no tiene “pruebas materiales” de la participación de Venezuela
en estos días de violencia en Colombia.
El Paro Nacional convocado por los jefes de tres sindicatos
que suman aproximadamente un millón 200 mil afiliados (menos del 2% de la población
total colombiana) parece que ha convertido en realidad la amenaza de Cabello. Es
un tipo de conflictividad que aplica viejos métodos en los que son expertos los
comunistas, tales como reivindicar necesidades sociales que siempre existirán, prometer
futuros mejores que nunca llegarán, crear mártires efímeros de los jóvenes caídos
en la protesta y estigmatizar a la fuerza pública, que desde siempre ha sido, es
y será acusada de exceso de fuerza y brutalidad. A eso le dicen ahora guerra asimétrica.
Algo nuevo en esta centenaria estrategia, es la incontenible
difusión de mitos urbanos por las redes sociales. Gracias a esta tecnología, en
cuestión de días, a través de millones de tuits escandalosos y vídeos manipulados,
se creó una matriz de opinión global según la cual en Colombia opera un gobierno
dictatorial ‒algunos titulares lo equipararon con el de Birmania‒ y la fuerza pública
está masacrando inocentes civiles. Hasta las Naciones Unidas cayeron en la falacia,
que se ha venido desmontando paulatinamente al conocerse las plataformas de origen
de los mensajes y la realidad de los videos.
Llama la atención que, en cinco semanas de turbulencia, todas
las baterías propagandísticas han sido enfocadas contra la Policía Nacional, buscando
desalojarla de la calle, el teatro natural de esta nueva violencia urbana que no
es exclusiva de Colombia, pues ya la aplicaron exitosamente en Chile y en Ecuador.
Con todo, no se ha escuchado una sola queja contra el ejército, que ha salido a
la calle a apoyar a la policía. Ni la ira de la turbamulta se ha dirigido contra
las iglesias, como sí sucedió en Chile. Esto parece guardar sentido con estadísticas
serias y recientes que muestran cómo las instituciones más apreciadas por la opinión
pública son las Fuerzas Militares y a la Iglesia. Y si la tercera institución más
aceptada es el empresariado, pues, estadísticamente al menos, estamos frente a un
país conservador, en donde el futuro de la izquierda es muy complicado, mucho más
cuando cotidianamente en todas las calles se atestigua la mísera condición de venezolanos
limosneando algo que comer.
La situación se complica por la intervención directa de células
narcoterroristas del ELN y las FARC que han llegado del monte con su armamento y
con miles de millones de pesos en efectivo. Este dinero lo reparten entre cientos
de jóvenes ninis ‒ni trabajan, ni estudian‒, que por 70 mil pesos diarios juegan
a la destrucción, el incendio, el vandalismo y a los ataques letales a la policía.
Revolucionarios de alquiler por noche. Y claro, al estar las FARC y el ELN residenciados
en Venezuela, y fortalecidos con el narcotráfico y la minería ilegal, adquiere sentido
esa repetición de Diosdado en su discurso: “La guerra se la vamos a hacer en
territorio de ustedes”.
A la presencia de argentinos amigos de Maduro , quienes fueron
grabados cuando explicaban que estaban en Colombia era para tumbar a Duque, se agrega
la de activistas chilenos, ecuatorianos, y por supuesto venezolanos y cubanos, sin
olvidar a los rusos, como parte del centenario argumento del internacionalismo y
la solidaridad comunista, que solo sirve para justificar que agentes perturbadores
y ansiosos de ver en acción el odio de clases que tienen grabado en su inconsciente,
se paseen por el mundo bajo la engañosa fachada de luchadores por los DDHH. Pocos
países como ese, soportan estoicamente lo que en la mayoría de las naciones tendría
implicaciones penales o al menos la expulsión de los intrusos. Pero se trata, según
estos mercenarios, del parto de la gran patria bolivariana, con ciudad capital en
La Habana.
“Está soplando una brisa bolivariana”, “El
plan va en pleno desarrollo”, “Estamos cumpliendo el Plan, Foro de Sao Paulo”,
“Es absolutamente imposible que Colombia se quede tal como está”, son gritos
de guerra de Maduro y Diosdado aplaudidos rabiosamente por pingüinos socialistas.
Pareciera que esos lemas marcan el rumbo de los acontecimientos actuales. Falta
tener en cuenta el complicado carácter del colombiano joven, un naciente ciudadano
criado en un Estado con una falla de base, la educación y una fractura estructural:
la justicia.