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viernes, 19 de enero de 2024

¡Que 50 años no es mucho!

José Leonardo RIncón Contreras
Por José Leonardo Rincón, S. J.

Gardel y sus tangos quedaron arraigados en nuestra cultura, particularmente en la paisa, donde hasta hace poco se escuchaban a alto volumen en los buses, los bares y las casas de barrios populares, pero mi gusto por el ritmo argentino se me fue pegando en la casa del tío Pedro, el mismo que falleció a sus 103 años y donde pronto aprendí a tararear letras de canciones como la de la famosa “Volver”… con un afecto que no oculto por las tierras y su gente gaucha.

“Bajo el burlón mirar de las estrellas” que han estado brillando eternamente, “con indiferencia” al ver que el paso de los años “las nieves del tiempo platearon mi sien”, efectivamente se confirma “que es un soplo la vida” y que si “20 años no es nada” pues 50 no mucho y que en esta semana me hicieron volver a los claustros del Colegio Mayor de San Bartolomé pues “siempre se vuelve al primer amor”. Sinceramente no “tengo miedo del encuentro con el pasado que vuelve a enfrentarse con mi vida” pues allí fui muy feliz en esos años últimos de la niñez y los plenos de la adolescencia. Allí llegué en 1974 a esos “viejos claustros veneros de ciencia”, como canta su himno, a aprender de mis profesores y en estos días he vuelto a enseñar a sus profesores. ¡Cómo es la vida!

Para el 8 de diciembre pasado les conté cómo esta historia comenzó en mi primera misa en San Ignacio (que en realidad han sido dos, la de niño en 1973 y la de 1993 al otro día de mi ordenación sacerdotal) y cómo se fue cuajando mi vocación de jesuita. Coincidencias, porque en 2024 el colegio fundado en 1604 cumple 420 años y nuestra provincia colombiana 100 de haber sido restaurada, precisamente un 8 de diciembre.

“Y aunque el olvido que todo destruye” no me ha afectado todavía, aprovecho para evocar tantos seres, tan queridos, que discurrieron por mi vida en esos años maravillosos. Imposible mencionarlos a todos, pero sí a algunos, aquellos que conmigo fueron tan especiales: Pepe Donado, mi primer director de grupo, Urbano Duque, el hermano jesuita que me inspiró para serlo también, los Hermanos Alfonso Sandoval con sus melcochas y Morales el viejo sacristán de las capillas. Teresa Montoya en la portería y luego lavandería; Ramitos en oficios varios; Nicolas Hernández progresando cada día desde el joven mensajero al maduro directivo; Esther Molano en la sacristía del Templo; José Carlos Jaramillo, director de pastoral y Jesús Sanín, rector de la Iglesia quien fue mi mecenas pues creyó en mí como pocos; los Carlos Vásquez, Posada y Quintero, tan geniales como exigentes; Mario Mejía tan arriero como orador pedagogo… son muchísimos, cargados de historias e inolvidables anécdotas.

Con mis compañeros de entonces hoy se mantiene viva la amistad gracias al WhatsApp. Con ellos no solo estudiamos y compartimos pupitres, también fundamos AJUO, teníamos grupo juvenil y oficina propia: Jaramillo, Goyeneche, Escalante, Cordero, Martínez, Guzmán, solo por citar unos pocos de tantos tan queridos, Ocampo, Cruz, Fernández, Baquero, Arias, mejor dicho…

No me gradué con ellos, pero como sigue el tango “guardo escondida una esperanza humilde”, la de portar orgulloso la beca bartolina, de fondo azul, rojo, azul, con sus tres letras doradas: JHS, las mismas de Jesús, al que sigo como jesuita, pues como sigue también el himno “son augurio de eterno laurel, a esta herencia de glorias pasadas, nuestra vida promete ser fiel”, lo escribo hoy 19 de enero, aniversario 43 de mi ingreso a la Compañía de Jesús. He dicho.

miércoles, 21 de diciembre de 2022

Entrevista con Carmen Úsuga

La invitada a la entrevista semanal de El Pensamiento al Aire es Carmen Úsuga Samudio, cantante de boleros, tangos y música colombiana. Agremiada a la USM Colombia (Agremiación Unión del Sector de la Música), tiene más de 20 años de trayectoria artística. Como productora independiente fue prenominada a los Latin Grammys gracias a su trabajo discográfico "Carmen canta tango - Letras a Piazzolla" (2017). No dejes de escucharla.

viernes, 4 de octubre de 2019

Argentina


José Leonardo Rincón, S. J.*

José Leonardo Rincón Contreras
Hace 20 años vine por primera vez a este país austral con motivo de hacer mi Tercera Probación, última etapa de formación que tenemos los jesuitas. Ambas resultaron ser experiencias fascinantes: por un lado, porque tuve la oportunidad de consolidar mi amor por la Compañía y, por otro, corroborar mi afecto por este país maravilloso.

Y es que desde niño algo en mi vida tenía que ver con Argentina: la admiración por Gardel y sus tangos famosos que el tío Pedro colocaba a todo volumen en su radiola; el fútbol que semana a semana nos hacía vibrar con las importadas estrellas de ayer como Pedernera, de entonces, como Lóndero y Navarro y de hoy como Armani, por citar apenas estas cuatro, cuando en realidad fueron toda una constelación; la historia convertida en leyenda de Perón y su esposa Evita, las dictaduras nefastas, las madres, hoy abuelas, de la Plaza de Mayo, las Malvinas; tantos artistas… Quino con su proverbial Mafalda, cantantes como Sandro, Leonardo Favio, Palito Ortega, Piero, Mercedes Sosa; grupos como Le Luthiers, Los Chalchaleros, Soda Stereo, por citar estos pocos; sus icónicas construcciones: la Casa Rosada, el Obelisco, la Avenida 9 de julio, Caminito, la Bombonera y el Monumental, Recoleta, Palermo, el Luna Park; los escritores: Sarmiento, Lugones, Sábato o Borges. Además, como dato curioso, tres colombianos han sido provinciales jesuitas aquí: Moreno, Gaviña y Restrepo, y también futbolistas colombianos aquí han hecho historia con los bosteros de Boca y las gallinas de River. A propósito, fue Restrepo quien me regaló un libro de Félix Luna, “Historia de los argentinos”, que fue decisivo para consolidar mis afectos gauchos.

De manera que al partir, siempre he tenido la convicción de que volveré y así ha sido desde entonces una vez por año, en promedio. Siempre ha habido motivos. La vida me los ha presentado y yo, feliz, no los he rechazado. Buenos Aires tiene su seductor encanto: da gusto caminar largas horas por sus calles y avenidas construidas amplias y sin mezquindad, con andenes parejos y uniformes, con las mismas baldosas por doquier: Corrientes hasta encontrar “348, segundo piso ascensor”; Córdoba, Santafé, Callao, Florida o Costanera… y parar, mirar cada 100 metros hacia arriba y encantarse con esos viejos pero bien mantenidos edificios de los años 20, 30 del siglo pasado, con su derroche de buen gusto arquitectónico en sus fachadas, puertas gigantes y enormes ventanales, torres y cúpulas que los convierten en auténticos palacios. Pero también barrios y sectores: San Telmo, La Boca con su Caminito, Puerto Madero moderno y pujante, Chacarita, Flores o San Isidro. Eso, en capital, porque las provincias también tienen su encanto: Córdoba y sus estancias, Mendoza y sus vinos, Puerto Iguazú y sus cataratas, Posadas y el Paraná, Misiones y las Reducciones, Ushuaia y el Calafate, Bariloche con su chocolate en rama, el Tronador y sus lagos; el delta del Tigre y el viaje en catamarán por el Río de la Plata.

No es hora de complejos, pero Buenos Aires tiene metro, o Subte, como aquí le dicen, desde 1913 y no una línea o dos sino seis. No tiene un estadio, tiene una docena (cada club con el suyo). Dos aeropuertos (Ezeiza y Aeroparque). Las calles, todas señalizadas, bien pavimentadas y sin huecos. La cultura ciudadana da gusto: ni los autos se te tiran encima, ni los peatones a los autos, ante todo respeto. La ciudad es bastante limpia y su gente la cuida. Hay pobreza creciente dados los altibajos de su economía, por cierto, la más inestable de la región, pero así como se deprime, así se recupera. Hay cultura y educación y en ellas se invierte: las librerías y las bibliotecas, los colegios y las escuelas, las universidades públicas y privadas, los teatros, la música en shows o conciertos ofrecen un panorama esperanzador.

¿Como olvidar un buen asado en Siga la Vaca con sus chinchulines, morcilla y chorizo, matambre, costilla y colita de cuadril, acompañado de un buen malbec? ¿O un choripan con una Quilmes? ¿Y cerrar con un buen helado de frutilla o una porción de dulce de leche? ¡Ay, mi querida Argentina! En modesto lunfardo, espero que los políticos y los chorros no te hagan un quilombo y se afanen tus dineros, que haya guita para todos, y que tus bellas minas sigan tan hermosas como siempre. Finalmente, una palabra de gratitud para mis amigos de estas tierras, jesuitas y laicos, a quienes llevo en el corazón por ser siempre tan especiales. “Mi Buenos Aires querido, ¿cuándo yo te vuelvo a ver?”.