Mostrando las entradas con la etiqueta Recuerdos. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Recuerdos. Mostrar todas las entradas

jueves, 20 de agosto de 2026

Las fotografías que todavía preguntan

Fredy Angarita
Fredy Angarita

Las pocas imágenes que guardábamos a las miles que olvidamos

Algunos de quienes leen este artículo quizá recuerden aquellas visitas a familiares o amigos en las que, tarde o temprano, aparecía un álbum de fotografías. Era casi un ritual.

Alguien sacaba el álbum y comenzaba a pasar las páginas. Las fotografías iban apareciendo una tras otra, algunas en blanco y negro, otras con esos colores particulares de las primeras cámaras a color. Y aunque ya las hubiéramos visto muchas veces, volvíamos a mirarlas.

Siempre había alguna pregunta o exclamación: ¿Y este quién es?, ¿dónde fue tomada esa foto?, ¡mire cómo ha crecido!, ¿ese sí es usted?, ¿y qué pasó con él?

Una fotografía podía convertirse entonces en una conversación familiar, no solamente mostraba un rostro; abría una historia.

Ayer, 19 de agosto, cuando se celebró el Día Mundial de la Fotografía, vale la pena preguntarnos qué ha pasado con esa relación que teníamos con las fotografías.

La fecha recuerda un momento fundamental para la historia de la imagen. El 19 de agosto de 1839, en París, se anunció públicamente el proceso del daguerrotipo, desarrollado por el francés Louis-Jacques-Mandé Daguerre. El invento permitía fijar una imagen mediante un proceso químico y abrió una nueva posibilidad: conservar visualmente aquello que hasta entonces podía permanecer solamente en la memoria, en un dibujo o en un relato.

Es difícil imaginar que Daguerre pudiera calcular lo que estaba poniendo en movimiento. Porque la fotografía no solamente cambió la manera de mirar, cambió también la manera de recordar. Al principio, hacer una fotografía no era algo cotidiano. Era un acontecimiento. Los primeros procedimientos eran lentos y exigían largos tiempos de exposición. En algunos de los primeros retratos, la persona debía permanecer inmóvil durante varios minutos para que su imagen pudiera quedar registrada.

Después llegaron nuevas cámaras, nuevos procesos, el rollo fotográfico y, con ellos, una nueva costumbre: había que pensar antes de disparar, no existían cientos de oportunidades. Había una, quizá dos, después había que esperar.

No sabíamos inmediatamente si habíamos salido bien, si alguien había cerrado los ojos, si la fotografía estaba movida o si el encuadre había quedado mal, Había que llevar el rollo a revelar y esperar para descubrir qué habíamos conseguido capturar.

Tal vez por eso aquellas fotografías tenían otro valor, tal vez por eso era tan importante mostrar el álbum familiar. No había miles de fotografías almacenadas, Había unas pocas. Cada una tenía una razón para estar allí.

Hoy ocurre exactamente lo contrario. Casi todos llevamos una cámara en el bolsillo. Podemos fotografiar una comida, una calle, un paisaje, una mascota, un amigo, un familiar o a nosotros mismos. Podemos hacer diez fotografías del mismo momento y escoger una, podemos hacer veinte selfis hasta encontrar el que nos gusta.

Y descartamos: una quedó con los ojos cerrados, otra no tiene el ángulo que queríamos, en otra no nos gusta cómo salimos, esta quedó torcida, la que sigue no tiene suficiente resolución, aquella está borrosa. Esta sí. Y seguimos adelante.

El teléfono inteligente nos permitió algo que durante mucho tiempo parecía imposible: fotografiar sin miedo a gastar el rollo. Quizá esa facilidad también cambió nuestra relación con las imágenes.

Antes teníamos pocas fotografías y las mirábamos muchas veces. Ahora tenemos miles y, posiblemente, muchas de ellas no volveremos a mirarlas.

Hay fotografías que permanecen durante años en la memoria de un teléfono sin que nadie vuelva a abrirlas; tenemos álbumes digitales que pueden contener cientos o miles de imágenes, pero ya no necesariamente tenemos el hábito de recorrerlos como recorríamos aquel viejo álbum familiar.

Quizá la paradoja de la fotografía contemporánea sea esa: nunca habíamos tenido tantas imágenes y, al mismo tiempo, quizá nunca habíamos mirado tan pocas con detenimiento. Antes una fotografía podía reunir a una familia alrededor de una mesa, hoy una fotografía puede perderse entre cientos de imágenes tomadas durante el mismo día.

Pero hay algo que no ha cambiado; seguimos fotografiando porque queremos conservar algo, un rostro. un lugar, una persona que apreciamos, un momento que no queremos que desaparezca.

La fotografía continúa haciendo lo mismo que hizo desde sus primeros días: detener, aunque sea por un instante, aquello que inevitablemente se va.

Por eso, en el Día Mundial de la Fotografía, quizá valga la pena hacer algo diferente. No tomar otra fotografía, sino volver a mirar algunas de las que ya tienen. Buscar aquella carpeta olvidada, abrir el álbum familiar. Preguntar quién aparece en esa fotografía antigua, recordar dónde fue tomada, volver a escuchar las historias que nacieron alrededor de una imagen.

Porque quizá una buena fotografía no sea solamente la que quedó bien. Quizá sea aquella que, muchos años después, todavía tiene algo que preguntamos.

jueves, 16 de julio de 2026

El día que una canción nos encontró

Fredy Angarita
Fredy Angarita

Cuando el sonido encuentra el alma

"¿Alguna vez se han detenido a pensar —entró a decir Sinatra— cómo sería el mundo sin una canción?... Sería un lugar bastante aburrido... Te da en qué pensar, ¿verdad?"

Gay Talese

La física dice que el sonido es una onda que viaja por el aire. El ser humano decidió llamarlo música cuando descubrió que esas mismas ondas también podían mover recuerdos.

Porque la música no entra primero por los oídos, entra por las emociones, hay sonidos que hacen mover los pies y otros que obligan a cerrar los ojos.

En la primera imagen, la vibración parece vencer al hombre. Cierra los ojos y deja que la música hable por él, en la segunda, la melodía termina y vuelve la realidad, en la tercera, la ciudad continúa caminando como si nada hubiera ocurrido.

Para muchos de nosotros, una canción termina convirtiéndose en el mejor diario que existe. No porque relate nuestra vida con exactitud, sino porque marca capítulos. Como cuando abrimos una página y, en lugar de escribir una fecha, basta con recordar una melodía.

Miércoles, 10 de mayo.

Martes, 18 de noviembre.

No siempre recordamos el día exacto, pero sí la canción que nos llevó hasta él, la música tiene esa extraña capacidad de transportarnos, nos devuelve a una calle, a un abrazo, a una despedida, a una persona que ya no está o a una versión de nosotros mismos que creíamos olvidada.

Los recuerdos funcionan igual. Pocas veces conservan la fecha exacta; casi siempre conservan la emoción. Por eso el despecho, la alegría, la nostalgia o la esperanza no tienen una frecuencia que pueda medirse. Sin embargo, todos los hemos sentido alguna vez cuando una canción nos encuentra justo en el momento indicado.

La ciudad escucha miles de sonidos cada día: motores, conversaciones, vendedores ambulantes, televisores encendidos, pasos que se cruzan sin mirarse, solo algunos de esos sonidos logran convertirse en música.

La diferencia no está en las ondas, está en el corazón que las hace vibrar, porque el sonido es una vibración del aire.

La música... es la vibración del alma. Y entre una y otra no hay solamente una guitarra, un piano o una voz, quizá por eso nadie recuerda exactamente dónde escuchó por primera vez una gran canción. Lo que nunca olvida es quién era cuando esa canción llegó a su vida.

Hay una vida entera convertida en acordes.

jueves, 28 de mayo de 2026

Lejos de ti

Fredy Angarita
Fredy Angarita

Sábado 23 de mayo, 11:40 de la noche. Estoy en la esquina de la estación Suramericana del Metro de Medellín. Había algo de bochorno y humedad, la ciudad parecía sudar incluso bajo la lluvia.

Se me arrima un señor de avanzada edad. Lleva una bolsa de D1 que utiliza como bolso y de pronto comienza a sonar una de las melodías que más me gustan del tango. Cerré los ojos unos segundos para asegurarme de que sí era la canción.

Desde una flauta, de las más económicas, de esas que venden en almacenes de cachivaches, salían las notas como si fueran tocadas por el mejor bandoneón.

Por un momento me sentí como Anton Ego. Tal vez se pregunten quién es. Es el crítico de cocina de la película Ratatouille: un hombre frío, arrogante, empeñado en destruir el restaurante Gusteau con sus críticas. Pero todo cambia cuando prueba el ratatouille de Remy. Un simple plato le devuelve la infancia, la memoria y algo que creía perdido.

Eso mismo sentí.

Me acerqué y le pregunté:

—¿Qué canción es la que toca?

Sin dejar de mirar el semáforo me respondió:

—“Lejos de ti”.

No hablamos más. Solo le di una moneda. Él me dijo:

—Mi Dios le pague.

Y siguió esperando bajo la lluvia hasta que el semáforo cambiara otra vez a rojo.

Alguna vez escuché que la música es el mejor diario que existe, porque tiene la capacidad de transportarlo a uno a momentos que creía olvidados. Y eso me pasó esa noche. Mientras aquel viejo tocaba tango en una esquina mojada de Medellín, recordé a mi padre dedicándole esa canción a mi madre, la única vez que tuvieron que separarse por motivos de salud.

Es extraño cómo funciona la memoria. A veces basta una melodía, una flauta barata y un desconocido bajo la lluvia para abrir puertas que uno creía cerradas.

La canción es una declaración de amor. Por si no lo sabían, la escribió Julio Erazo Cuevas. Después de escucharla y ver aquella escena, fue inevitable pensar en el amor y en sus males. Porque hay amores que se parecen al tango: hermosos, intensos y siempre con algo de despedida.

Además, el músico no pudo escoger mejor canción para esa noche, porque su letra comienza así:

“Hoy que la lluvia entristeciendo está la noche,

que las nubes en derroche tristemente veo pasar…”

Y mientras el semáforo volvía a ponerse en rojo, entendí que algunas canciones no se escuchan: se recuerdan.

Gracias, padre. Feliz cumpleaños.

viernes, 13 de octubre de 2023

Amigos pastusos en la eternidad

José Leonardo Rincón Contreras
Por José Leonardo Rincón, S. J.

Esta semana se nos fue al encuentro de Dios José Suárez, Chepe. Graciela, su esposa y muchos de mis amigos nariñenses, se apresuraron a contarme la dolorosa noticia. Hacía pocos días habíamos conversado telefónicamente y aunque me habían advertido que estaba delicado, lo escuché bien y con ánimos. Siempre lo tomé del pelo por negarse a verse “viejo”, desde ese agosto de 1995 cuando asumí la rectoría del Colegio Javeriano y él me secundaba como vicerrector académico.

El señor Bastidas, fotógrafo de marras del Colegio, era testigo de que se negaba sistemáticamente a actualizar la foto del mosaico. Le decía yo que la foto de la primera comunión la iba a utilizar hasta su muerte y no me equivoqué: en los obituarios aparece la misma. ¡Ay Chepito, viejito picaron, hasta el final te saliste con la tuya! Fuiste una mano derecha clave en esos dos años inolvidables en los que también fuiste asistente, consejero, cómplice de sueños pedagógicos y sobre todo amigo paciente para aguantar mis ímpetus en el liderazgo de tan importante colegio.

Chepe fue luego y por varios años rector del colegio de Comfamiliar, donde dejó también una huella imborrable en la memoria de muchas jóvenes generaciones. Me he emocionado leyendo los testimonios de profesores y estudiantes que sobre su actuar de maestro han compartido en estos días por las redes sociales y no puedo menos que darle gracias a Dios por su vida entregada a la educación, con gusto y pasión.

A propósito de su fallecimiento se me vino a la memoria el recuerdo grato de mis amigos pastusos de aquellos años y que hoy están en la eternidad.

Alfonso Rebolledo, médico, exalcalde de Pasto y quien fuera presidente de la Federación de Asociaciones de Padres de Familia de los Colegios Jesuitas; Javier Concha, presidente de la Asociación de Padres; Carmelita Bastidas, del Instituto Diocesano de Catequesis y Junta de Escalafón; Daniel Guerrero, jesuita, profesor de física y terco promotor del Proyecto Multipropósito Guamues; Mercedes Cabrera, matrona que hasta el final de sus días apoyó el sostenimiento del Templo de Cristo Rey, haciendo ella misma y vendiendo empanadas; Alfredo Diaz del Castillo quien me ayudó en la administración del colegio y su finca; Emiliano su hermano, exgobernador y académico historiador; Gerardo Dávila, abogado compañero de Esperanza Caicedo en Dinámica, programa radial; Tulio y Pacho Jojoa, colaboradores de servicios varios en el Colegio, Lucía Arteaga hermana de Guido, jesuita cuasi de leyenda; Guido Ortiz, rector del instituto Champagnat; El “Negro” Gonzalo Castro, jesuita párroco y vicario de pastoral social; Luis Astorquiza, ingeniero, descendiente de Raquel nuestra gran benefactora…

No eran pastusos pero trabajaron allí con pasión y entrega: el jesuita paisa Jaime Álvarez, con más de 40 años en el Valle de Atriz dejó para siempre huella con la Fundación Juan Lorenzo Lucero con sus maravillosos emprendimientos: Congregación Mariana y sus obras sociales, la Librería Javier, el Hogar de Cristo, el museo y la emisora Ecos de Pasto; mis colegas rectores religiosos y laicos: Helena López de Mesa, Bethlemita; Eibar Atehortúa, Carmelita Misionera; Pilar Zarzosa, filipense; Lorenza Romagnolo, José, filipense. El general de la Policía Nacional, Fortunato Guañarita; Diego Serrano, padre de familia; los jesuitas Santos Valseca en la casa de Ejercicios y Abel Zuluaga sacristán del Templo… Estoy yo mismo sorprendido de su elevado número. Y seguro que se me escapan algunos nombres por falla de memoria, que no por ingratitud. Todos ellos están con Dios y gozan de su eterna presencia y a todos ellos no solo los recuerdo, sino que tengo para ellos inmensa gratitud y afecto eternos.