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martes, 14 de julio de 2026

¡Y ahora, Pasto!

José Leonardo Rincón, S. J.
José Leonardo Rincón, S. J.

Solo estuve dos años como rector en el colegio Javeriano de Pasto, a finales de los años 90, pero los vínculos profundos que se crearon con estos amigos del sur equivaldrían a haber estado por lo menos 20. Hubo sintonía, química, feeling, empatía, simpatía …

Ya desde mis años de colegio en San Bartolomé y por correspondencia me hice amigo de un estudiante del Javeriano a quien vine a conocer solo 5 años después, cuando siendo novicio fui a Pasto a mi experiencia de trabajo en el hospital San Pedro. Alberto era hijo de Antonio Erlinto Eraso, médico cirujano, quien me invitó a presenciar en vivo y en directo en un quirófano una laparotomía de un paciente con cáncer estomacal.

Después supe que Luis Díaz del Castillo, el director, era hermano de dos que fueron estimados amigos: Emiliano, académico, historiador y también exgobernador del departamento, y Alfredo que me acompañaría en la administración del colegio. Las raíces de estas amistades tienen entonces más de 40 años.

La lista de pastusos amigos de aquellos años se hizo larga. En el noviciado Manuel, sobrino de Francisco Revelo, también exgobernador, y de Nury Unigarro, presidenta de la Cruz Roja. Julio Jiménez, entonces director de pastoral en San Ignacio fue mi mentor en la noble tarea de dar ejercicios ignacianos. Luego sería mi rector en la etapa de magisterio en Bucaramanga y después mi padrino de ordenación.

Repito, la lista es interminable y si me pongo a nombrar a todos de seguro que se me escapa algún nombre y no quiero perder esos amigos. Otro día les iré contando otros detalles.

El hecho es que ese don gratuito de la amistad cultivada por décadas, en este tiempo de receso vacacional me ha permitido volver al Valle de Atriz a gozarme una semana celebrando los 30 años de mi primera promoción de bachilleres, bautizando a María Valeria, hija de Mario y Cata, exalumnos; peregrinando a Las Lajas para celebrar la eucaristía a los pies de Nuestra Señora en compañía de Juan Carlos y Charo, pareja cuyo matrimonio presencié hace años; paseando a La Cocha para almorzar una deliciosa trucha, precedída de un buen hervido, en el puerto de El Encano, nuestra Venecia nariñense, con una veintena de amigos entre padres de familia, profesores y administrativos de mi tiempo; encuentros con amigos como Monseñor Enrique, obispo emérito… en fin.

Ya pasado de kilos, y sin remordimientos ni muchos detalles que generen perversas envidias, les cuento que saboreé otras delicias gastronómicas las cuales me tocó sufrir y padecer estos días: pastel de queso, aplanchados, quimbolitos, frito, hornado, lapingachos, empanadas de añejo, ají de maní y una que otra copita de aguardiente Nariño, versión rebajada del tradicional Galeras.

Todo eso muy rico, pero lo mejor: los amigos. Su afecto, su lealtad probada, sus detalles.

¡Gracias amigos de Pasto por tanto amor! ¡Los llevo en el corazón! ¡Gracias y bendiciones!

viernes, 4 de octubre de 2024

Mis amigos pastusos

José Leonardo Rincón, S. J.

No es la primera vez que desde esta tribuna hablo de Pasto y sus gentes, y no creo que sea la última. ¿Qué es lo que tienen esos pastusos que los hace tan especiales? En tres años cumpliré 50 de haber iniciado esa experiencia. Y fue gracias a uno de mis mentores vocacionales, José Carlos Jaramillo, jesuita que fue rector del Colegio Javeriano, el responsable.

Alberto Eraso, hijo de Erlinto y Consuelo, fue mi primer amigo y lo fue sin conocerlo y a la distancia, por correspondencia. Él, alumno de nuestro colegio y yo del Mayor de San Bartolomé. Nos unía José Carlos y la pastoral juvenil. A esta familia vine a conocerla cinco años después, cuando ya novicio fui a hacer el mes de hospital en San Pedro y una noche fuimos a cenar a su casa. Consuelo era dama gris de la Cruz Roja y Antonio Erlinto, médico cirujano, profesión que luego heredó Alberto. Recuerdo que esa noche Erlinto, que trabajaba en el hospital, me invitó a presenciar una laparotomía, experiencia maravillosa que nunca olvidaré porque me permitió admirar en vivo y en directo la fascinante obra de Dios con nuestro cuerpo humano.

Pero bueno, hablar de cada uno y las mil anécdotas que me unen a esta gente buena y maravillosa me puede llevar el equivalente a una enciclopedia Espasa de 50 tomos o varias teras en archivos digitales, así que esta vez, solo diré que en estos días, cuando he vuelto una vez más, hemos optado más bien, ante la imposibilidad de poderlos ver uno por uno, por un encuentro grupal donde nos podamos ver con muchos, nunca todos, alrededor de un café y algo más, que puede ser unas empanadas de añejo, un quimbolito o, alguna de sus delicias gastronómicas. Genial. Esta vez me regalaron esa dicha una veintena de ellos. Imposible estar todos y menos cuando se organizó la cosa 24 horas antes, por múltiples razones (viajes, salud) o porque ya no están en este mundo, pero los sigo llevando en mi corazón… injusto intentar nombrarlos a todos, porque siempre podrá escaparse de mi memoria alguno de ellos y no quiero dejar de lado a nadie cuando repaso uno por uno sus rostros.

Desde aquí, de nuevo y para siempre, les digo gracias de corazón. Desde entonces, como les comenté al inicio y obviamente impulsado exponencialmente por haber vivido allí dos inolvidables años, todas las semanas que he vivido, tengo que ver con Pasto y sus gentes: una llamada, un WhatsApp, una visita, un correo, mi espacio radial en Dinámica, en Ecos Pasto, algo. Algo hay siempre que me conecta con ellos, con sus vidas. Su afectuosa acogida, su inocultable cariño y la fidelidad en la amistad y la lealtad que son sus notas características. Y allá en el fondo, cual testigo mudo, pero no indiferente, se yergue majestuoso el Galeras, observando este devenir existencial del Valle de Atriz y esta gente querida.

Ya anuncié mi vuelta para carnavales, cuando venga con mi comunidad a admirar la riqueza incalculable de este pueblo que no deja de ser la ciudad sorpresa. ¡Los quiero mucho, bendiciones!