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jueves, 15 de octubre de 2020

Minga y la guerra de los garrotes

Coronel John Marulanda (RA)
Por John Marulanda*

Las minorías indigenistas regionales agitan desde hace años unas mingas Pamama (Pachamama-Marx-Mariátegui). Ahora, con total irresponsabilidad frente a la pandemia y queriendo someter al presidente a sus envanecimientos políticos a punta de garrotes, la nueva minga caucana avanza por enésima vez sobre Bogotá.

Dinero y tierras

En Colombia, explica el columnista Rafael Nieto, “La población indígena pasó de 1.392.230 personas, en el 2005, a 1.905.617, en el 2018. Del 3.4% al 4.4% de todos los colombianos, un milagroso crecimiento del 36.8% en apenas 13 años. Las poblaciones indígenas se multiplican por arte de magia y ya no son 93 sino 115. Es buen negocio”. Y agrega: “Los indígenas se han ido quedando con más y más ingresos de nuestros impuestos. Del paro de 2017 se fueron con el 1% del SGP, más de lo destinado a la alimentación escolar. En el Plan Plurianual de Inversiones del presupuesto nacional para este cuatrienio hay 10 billones de pesos para las poblaciones indígenas. De la minga del año pasado, las organizaciones indígenas que participaron obtuvieron $823.148 millones adicionales del Gobierno”. El rubro de inversión para los indígenas del Cauca pasó de 900 mil millones a 1.2 billones de pesos, de acuerdo a fuentes gubernamentales, y además poseen más de 32 millones de hectáreas, casi el 28% de la tierra rural del país: verdaderos terratenientes.

Esta renovada minga salió del Cauca, como es usual, y avanza hacia Bogotá sin explicar de dónde sale el financiamiento del transporte, la alimentación y el alojamiento para unos 4.000 indígenas, un alto costo para quienes plañideramente se quejan de su proverbial pobreza, mientras pelechan en medio de los mayores cultivos de coca del mundo. En la ciudad capital, mortificarán la ya complicada cotidianidad capitalina, pedirán más dinero y discutirán un nuevo “manejo del país” para 48 millones de colombianos.

Guardia y garrotes

Los garrotes con cintillas multicolores que agitan amenazadoramente son el símbolo de dotación de la guardia indígena, una estructura paramilitar aprobada en el negociado habanero. La tal organización, ejerce soberanía de seguridad territorial en los resguardos, expulsa a militares y policía de sus predios, y recluta niños a quienes entrenan en formaciones, en gritos, en el manejo del bastón y adoctrinan con que el rojo de su pañoleta significa “la sangre que han derramado algunos indígenas con la policía…”, entre otras cosas.

Aferrados a esos garrotes, los mingueros miran para otro lado cuando células de las FARC o el ELN, atacan la fuerza pública buscando víctimas que exhibir para deslegitimar y paralizar la defensa legal y legítima del Estado. En marzo del 2019, en medio de otra minga, ocho indígenas y un universitario murieron cuando manipulaban explosivos en uno de los resguardos y un policía fue asesinado por un francotirador.

La intentona es regional

Ya desde 1986, en el Cauca se juntaron indígenas de Colombia, Ecuador y Perú, en el Batallón América, una entelequia armada por Carlos Pizarro Leongómez del M-19. Por esos mismos meses, una disidencia de las FARC encabezada por su hermano Hernando y por alias Fedor Rey, torturaron y asesinaron a 164 muchachos y niños, precisamente en las montañas de Tacueyó, en donde hoy asesinan indígenas por cuenta del narcotráfico, las FARC, el ELN, y los carteles mexicanos. Los cohetes que lanzaron contra un helicóptero de la policía en Cali, durante la minga del año pasado, son del mismo tipo de los que dispararon contra la policía en los disturbios de Quito en octubre del 2019, siguiendo las instrucciones de Estallido, un manual para la desestabilización y la toma del poder e instauración del socialismo. El Ecuador está soportando nuevo vandalismo por cuenta de las organizaciones indígenas, Bolivia tiene cruciales elecciones el 18, Chile vota su constituyente el 25 y en Colombia coincidirán los indígenas caucanos con un paro nacional convocado por la federación comunista de educadores y con miles de venezolanos desarraigados, fáciles de usar. La estrategia de desestabilización regional diseñada por el Foro de Sao Paulo y aplaudida por el Grupo de Puebla, está en pleno desarrollo.

Comunidades fatigadas

A los garroteros socialistas indígenas, con jefes expectantes de ambiciones politiqueras, se opondrán comunidades estresadas por el coronavirus y sus consecuencias, hartas de los desafueros de los encapuchados incendiarios y cansadas de la hipocresía indigenista. En el sur de Bogotá mujeres organizadas y aperadas también con garrotes, rondan de noche y mantienen a raya a los delincuentes que merodean por sus vecindarios. Es previsible que ciudadanos organizados por sectores u otras afinidades, contengan las tropelías de los mingueros y de muchachos desinformados y manipulados por el ELN y las FARC. Empresarios, comerciantes, pequeños negociantes, vendedores, patriotas, ya están adquiriendo sus garrotes para impedir que estas minorías acaben con lo poco o mucho que han logrado levantar para la supervivencia de sus familias. Se puede armar una guerra de garrotes. Y los predios de la embajada de Cuba en Bogotá, como sucedió el año pasado, puede ser la chispa inicial.

Mientras los indígenas avanzan en su desatino, en Miraflores se frotan las manos. Para qué misiles si hay garrotes.

miércoles, 10 de abril de 2019

La minga del Cauca


Por Julio González Villa*

Julio González Villa
El Cauca ha sido una región especialmente particular e importante de Colombia. Fue a través del Cauca que Sebastián de Belalcázar, subordinado de Francisco Pizarro, fundó a Pasto, Popayán, Cali, e hizo la conquista y posterior colonización de todo el río Cauca, llegando hasta Antioquia a través de su subordinado el mariscal Jorge Robledo. La conquista y colonización antioqueña se hizo desde El Cauca y luego retornó a esa región con el café.

Por la protección a los indígenas llegaron los negros a Colombia y fue el Cauca una región especialmente poblada por esta nueva raza que fue utilizada como mano de obra en las explotaciones de oro y las grandes haciendas de esa región, y de todo ese valle ubicado entre las cordilleras central y occidental.

Los indígenas del Cauca fueron fieles al Rey de España durante la Guerra de Independencia y en consecuencia es comprensible que no fuesen bien tratados por los independentistas que ganaron la guerra contra España.

No es comprensible por qué razón los negros patianos que organizaron palenques huyendo de la esclavitud apoyaron también a los españoles en la Guerra de Independencia, pues la independencia los haría libres de cualquier sistema de esclavitud. Tal vez la presencia de lideres naturales como José María Obando, quien en los primeros años de la independencia estuvo del lado español, pueda explicarlo.

Lo cierto es que sin duda alguna existe una fuerte presencia indígena en el Cauca, lo mismo que de afrodescendientes.

En la Guerra de los Mil Días, entre 1898 y 1901, hizo su aparición, dentro de los ejércitos conservadores, un indígena caucano, Quintín Lame, quien después de la guerra se convirtió en el gran líder de los reclamos indígenas por sus tierras ancestrales en el Cauca y el sur del País. En 1980, veinte años después de su muerte, se organizó en el Cauca un movimiento guerrillero de izquierda protegido por el Partido Comunista colombiano, con alta presencia indígena, que toma el nombre de Quintín Lame.

Lamentablemente el Estado colombiano no ha sido capaz de satisfacer los reclamos indígenas, en primera instancia justos, pues una comunidad indígena sólo querría sus tierras ancestrales, pero el manejo inadecuado del Estado los ha puesto, a los indígenas, en manos de las guerrillas de izquierda, especialmente de las FARC y en su momento M19, que nace de las mismas FARC en el Cauca.

Ya se volvió costumbre la parálisis del Cauca por los indígenas reclamando. Sorprende en el acuerdo a que han llegado con el Gobierno Nacional de más de ochocientos mil millones de pesos para entregarlo a entidades que dirigen la llamada minga indígena, sin que se establezca un control efectivo sobre la inversión de esos recursos.

No se puede confundir una autonomía territorial en un territorio indígena, con la soberanía de que se está hablando. Los indígenas del Cauca no son soberanos, son colombianos, con derechos y deberes. Es verdad que Colombia es pluriétnica y que a las minorías hay que reconocerles sus valores, creencias, costumbres y garantizarles su supervivencia; pero de ahí a negociar como si fuese un estado diferente hay mucho trecho. Todavía ofende a la memoria del pueblo colombiano las imágenes de los soldados de Colombia desplazados por los indígenas del Cauca cuando custodiaban el Cerro Berlín.

Mucho tememos que exista detrás de los indígenas del Cauca otra intención manipulada por la izquierda y por las FARC, desmovilizada y no desmovilizada. Las visitas de Gustavo Petro y de Catatumbo a la minga, nos dejan muchas inquietudes.

Creemos que el Gobierno tiene la obligación de crear una superintendencia para verificar estos acuerdos con las minorías étnicas de manera que los dineros y recursos efectivamente se inviertan dentro de las comunidades y para las comunidades indígenas y negras, y no vayan a terminar administrados por personas o entidades como las FARC no desmovilizadas.

El Gobierno tiene que adelantarse a todas estas movilizaciones para impedir presiones de la naturaleza de las que estuvimos o estamos viendo. No puede volverse a permitir el cierre de la carretera que nos une con Suramérica. Es hora de que el Gobierno Nacional baraje y vuelva a repartir el gabinete ministerial.