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lunes, 7 de septiembre de 2026

El salario mínimo debe ser el motor del empleo…

Luis Alfonso García Carmona
Luis Alfonso García Carmona

Y de la formalidad en las relaciones laborales

La llegada del mes de septiembre ha significado para los colombianos que estamos cerca de diciembre, y que pronto podremos enjugar el dolor de las tragedias que vivimos con la celebración en familia de la Natividad del Señor, disfrutar de unas merecidas vacaciones y festejar la llegada de un nuevo año pletórico de esperanzas para nuestra querida Patria.

Al mismo tiempo, constituye un llamado de atención para que nos preparemos para las presiones de toda índole encaminadas a reincidir en la peligrosa senda de decretar un salario mínimo que nuestra economía, quebrantada por la torpe gestión del pasado cuatrienio, no está en condiciones de soportar.

No hay que desconocer que temas de la más apremiante urgencia demandan ahora las preocupaciones del gobierno: la catástrofe del terremoto, los dolosos incendios iniciados a partir del 7 de agosto para hacer “invivible” el país, la oleada terrorista, el monumental problema de la salud, el déficit fiscal que cada vez muestra cifras más escalofriantes, el saqueo del Estado revelado por el Libro de la Verdad… y la noche que llega.

Sin embargo, es típico de los líderes, no solamente enfrentar los retos con coraje, sino también convertirlos en oportunidades para enmendar las malas prácticas políticas y gubernamentales. Como lo ha reiterado el “tigre”: vinimos a cambiar la mala política para siempre”.

Que sirva este largo exordio para proponer que, para la fijación del salario mínimo del 2027 se tengan en cuenta las siguientes reflexiones:

1. Que sea un instrumento para motivar la generación de nuevos empleos, no para desestimularla como tradicionalmente ha ocurrido. La caída del crecimiento económico y las tragedias que afectan a un tercio del territorio, así lo imponen.

2. El salario mínimo debe corresponder al nivel económico del patrón y al grado de desarrollo de la región donde esté ubicado. No se puede comparar la capacidad de una empresa como Bavaria en Bogotá, con una tienda de barrio en Cajibío, Cauca. Con un salario unificado para todo el país, el salario deja de ser justo.

3. El salario no puede ser inflacionario, porque los más perjudicados con la inflación no son los más poderosos, ni la clase media, ni los que ganan sueldos por encima del mínimo. Son justamente, los pocos trabajadores que ganan el salario mínimo.

4. La fijación del salario mínimo debe depender de criterios eminentemente técnicos, no políticos y basarse en datos estadísticos que permitan tomar la decisión más acetada para el bienestar del trabajador y la subsistencia económica del país.

5. Durante décadas venimos discutiendo sobre la necesidad de formalizar las relaciones de trabajo, sin éxito alguno. Son tan pesadas las cargas laborales, parafiscales y tributarias que soporta el pequeño empresario, que lo obligan a permanecer en la informalidad. Con la fijación de un salario justo, técnico, flexible y basado en la realidad nacional, se podrá llegar a esa formalidad, si se acompaña con rebajas en los gastos parafiscales, cargas tributarias, etcétera, y supresión de inútiles trámites.

6. El meollo del asunto está en que tanto empresarios como trabajadores y gobierno, estén dispuestos a negociar un salario sobre las parámetros aquí mencionados o seguiremos con la misma fórmula de siempre.

7. Nos queda la duda razonable de cómo lograr que en el futuro no vuelva a ser aprovechada esta coyuntura con fines politiqueros, y no se nos ocurre sino una sola alternativa. Mediante una reforma normativa, señalar la fijación del salario mínimo a una entidad que cuenta con la mejor información sobre la realidad económica del país y es absolutamente independiente: El Banco de la República. No sería una función extraña a sus poderes constitucionales ya que el principal objetivo de la política monetaria es preservar la capacidad adquisitiva de la moneda, es decir controlar la inflación, en coordinación con la política económica general. Y, ¿qué mejor manera de preservar el poder adquisitivo de la moneda y controlar la inflación que fijando un salario mínimo legal que cumpla a cabalidad con tales objetivos?

lunes, 8 de febrero de 2021

Política monetaria vs. política fiscal

Santiago Cossio
Por Santiago Cossio*

A finales del año 2020 en Colombia se presentó la posibilidad de que el ministro de Hacienda fuera simultáneamente director del Banco de la República. El propósito de este escrito no es ni mucho menos cuestionar la capacidad del ministro. Simplemente hacer unas salvedades a la luz de las teorías y, especialmente, de la práctica social. Un economista por muy buen científico social que sea también es una persona normal que tiene familia, tiene que comer, dormir, se cansa, se equivoca, le da sueño, tiene presiones políticas y públicas, etcétera. Hasta un premio nobel de economía sucumbiría al tener que manejar, simultáneamente, la política monetaria y fiscal. Veamos algunos apartes de cada política.

En política fiscal con manejar las finanzas públicas ya es un sinónimo de estrés. Las presiones por el recaudo vía impuestos, que además son resultado del PIB generaría un estrés permanente. Con la pandemia el retroceso es innegable y el salvamento vía reformas tributarias no es tan popular que digamos. También hay que velar por llevar a cabo un plan de desarrollo donde el gasto y la inversión pública demandan giros permanentes. La Dirección de Impuestos y Aduanas, el crédito público y la presión por sostener el empleo del sector público también son competencias de Minhacienda, al igual que el déficit fiscal, regalías, la evasión y elusión, deben ser tenidas en cuenta.

En política monetaria es mucho más complejo el asunto. La inflación, el crecimiento, el empleo, tasas de interés, tipos de cambio, reservas internacionales, política interior y exterior, son apenas la punta del iceberg a mantener a flote. Las velocidades del dinero, la masa monetaria, el IPC, la expansión y contracción, las denominaciones, la impresión, las reservas internacionales, la política cultural del Banco como mecanismo de expansión, la información con el Congreso, el gobierno y los medios son bastante complejas. Esta última es decisiva a la hora de la efectividad que direccione la política monetaria. Las tareas son tan innumerables y complejas que no se necesita ser economista para saber que es bien difícil que una sola persona maneje todo acertadamente. Lo más sano es que la junta directiva debata y controle todo lo pertinente al tema monetario.

Todo esto sin contar que un ser humano con debilidades, responsabilidades y presiones de un pueblo que siempre quiere buenos resultados, además de la presión del Congreso y del presidente, tranquilamente puede caer en el llamado auto- préstamo. Emitir dinero para financiar el gasto público todos sabemos a dónde llega eso. El caos de inflación y pobreza no se vería en el momento de gobierno, pero sí sería insostenible a largo plazo.

Por esto la recomendación social es que los ministros de Hacienda no deben ser simultáneamente directores del Banco de la República. O se maneja bien la política monetaria o se hace bien la política fiscal. Ni Superman maneja las dos bien. Esto aún la ley lo permite y como según parece va a seguir pasando; es mejor legislar para detener la ignorancia y el deseo de poder.